Aborto, un acto responsable

28 de septiembre
Día por la despenalización del aborto en América Latina y El Caribe

Niños maltratados, violados, explotados, asesinados por sus padres o familiares; niños en la calle, en fila de espera para ser adoptados, huérfanos de amor y cuidado; niños que crecen de modo silvestre, que pasan de mano en mano, que imploran atención sin conseguir respuesta; niños en las garras de las drogas y la delincuencia, vendidos a la industria del sexo, que no importan a nadie, olvidados; niños sin futuro, desamparados, solos, angustiados, con el miedo pintado en su cara; niños indeseados, odiados, convertidos en una carga, despreciados… Niños que nacieron por error, por obligación, por irresponsabilidad, pero sobre todo, porque se les negó a las mujeres la posibilidad de abortar.

Hay errores muy graves en la vida pero tal vez el peor que se puede cometer, es traer hijos al mundo sin querer hacerlo, sin desearlos, sin estar preparados para recibirlos. Y no se desean por muchas razones: porque el instinto maternal es una mentira, porque las condiciones económicas no son adecuadas, porque emocional y psicológicamente no se está preparado, porque el embarazo es producto de una relación forzada, porque los métodos anticonceptivos no están al alcance de la mano o fallan, porque no se toman las precauciones necesarias… Así que una solución para prevenir el error de botar seres al mundo, es el aborto.

Ahora bien, contrario al dictado del sentido común, el aborto es un acto responsable, de cordura, de sensatez. Parir no es algo intrascendente, no es como escupir o soplar botellas. Dar vida es un acto que exige la mayor responsabilidad pues se trata de formar a un nuevo ser humano, una tarea que requiere todo el cuidado y atención posibles. Lo realmente irresponsable y moralmente inaceptable es parir sin planeación, sin consciencia, sin sentido, sin considerar las consecuencias graves para la mujer, para la sociedad entera, pero principalmente, para el futuro niño.

Una sociedad responsable y de verdad preocupada por el bienestar de los seres humanos, debería garantizar y poner a disposición de las mujeres, sin traba alguna, la práctica del aborto; debería garantizar el derecho de las mujeres a decidir si quieren o no, ser madres. La maternidad como el aborto deberían ser opciones, en ningún caso, obligaciones.

Así pues, el aborto no es un crimen, lo que realmente lo constituye, es obligar a las mujeres a parir hijos que no desean, hijos que luego serán abandonados a su suerte y que carecerán de todo el amor y cuidado necesarios para convertirse en personas sanas física y mentalmente.

Defender el derecho al aborto es defender la vida: la vida digna, la vida plena, la vida sana. Defender el derecho al aborto es luchar porque cada ser humano que llegue a ese mundo, sea bien recibido y como tal, encuentre realmente un hogar en el cual pueda crecer con el afecto y cuidados de quienes responsablemente se embarcaron en esa enorme tarea de formar una nueva vida.

Por la vida, despenalización total del aborto.

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El color de la oscuridad

Mis ojos se cansaron del mundo más pronto que mi propio pensamiento. Las cosas fueron perdiendo consistencia de una manera gradual y mucho antes de lo esperado, todo cambió sin que yo pudiera hacer nada para remediarlo. Fue entonces el comienzo del fin.

Ocurrió una mañana. Yo estaba sentada en un pequeño salón en el que solía refugiarme desde que las sombras empezaron a poblarme. Intentaba leer un libro que había elegido solo porque sus letras eran de un gran tamaño pero el esfuerzo exigido era tan grande, que pronto me cansé. Se escuchaba la algarabía de niños jugando en la calle. Cerré el libro y miré a través de la ventana. No logré distinguir ninguna figura, me fue imposible reconocer algún rostro o gesto, a duras penas alcancé a ver unas manchas rojas y verdes que bailaban ante mis ojos. La nitidez de las voces contrastaba con la indefinición de las formas que las producían. En ese momento sentí de golpe todo el dolor de una ausencia ya prevista. En un instante el mundo se esfumó, la niebla que venía anunciándose, había llegado al fin. Me levanté y con pasos inseguros caminé hasta el umbral de la puerta. Los gritos de los niños pesaban en mis oídos. Empecé a sudar de modo incontrolable y un miedo, a esas alturas ya adulto, me paralizó por completo. No supe qué hacer, intenté decir algo, llamar a alguien y lo único que conseguí fue que un llanto viejo y atascado, se me deslizara sin recato. Sentí que la soledad me devoraba por completo. Comprendí que había llegado el fin, no había ya nada y en adelante, no habría más, solo una niebla de colores ocupando el lugar que antes había llenado el mundo.

El capitalismo funciona

Como si hicieran falta evidencias del estruendoso fracaso que es el capitalismo, la ONU en su nueva edición del informe anual sobre seguridad alimentaria, afirma que un total de 815 millones de personas padecen hambre, con millones de niños amenazados de malnutrición. De acuerdo a este informe el aumento es el resultado de los conflictos y el cambio climático.

Esta explicación aunque tiene su lógica, no es más que un buen ejemplo de la llamada Falacia del accidente, argumentación que en lugar de aportar claridad, oscurece. Dicha falacia confunde lo sustancial con lo adjetivo, la esencia con el accidente.

En efecto, los conflictos y el cambio climático son características (accidentes) del sistema económico imperante, el capitalismo (esencia). Del mismo modo, la miseria, la desigualdad, la explotación y toda una larga lista de calamidades que sufren millones de seres en el mundo, son producto de un sistema cuya razón de ser es la acumulación, expansión y concentración de la riqueza.

Así que el hambre es el resultado lógico de un sistema que va ensanchando aceleradamente la brecha entre los dueños de todo y los dueños de nada, entre los países dominantes y los dominados. No es casual, por tanto, que el hambre, de acuerdo al informe, golpee principalmente a África, Asia y Latinoamérica.

De otro modo no puede entenderse que precisamente en este momento histórico de la humanidad, en el que el desarrollo tecnológico da la posibilidad de producir más alimentos que en cualquier otra época anterior, en el que los medios de transporte y comunicación han hecho de este planeta una aldea, en el que podemos estar enterados de lo que ocurre en cualquier rincón del mundo gracias al desarrollo de las telecomunicaciones, la gente muera de hambre o padezca innumerables enfermedades producto de la desnutrición.

En otras palabras, hoy existen los recursos tecnológicos para: llegar a cualquier lugar del planeta, conocer exactamente el lugar donde la gente requiere urgentemente ayuda, producir toda la comida que se necesita, y sin embargo, el hambre aumentó en 38 millones de personas, con respecto al año pasado. Siguiendo las cifras proporcionadas por las Naciones Unidas, el equivalente a 17 veces la población total de nuestro país, hoy padece hambre.

Y no alberguemos esperanzas, mientras el capitalismo siga reinando, no hay metas ni objetivos de desarrollo sostenible (ODS), que puedan cambiar las cosas ni a mediado ni a largo plazo. Aunque el problema está perfectamente diagnosticado (además de hambre y desnutrición hay aberrantes formas de pobreza en todo el mundo, educación de mala calidad, desigualdad de género, falta de agua potable y energía, esclavitud moderna, racismo… y un largo etcétera), no es posible dentro de este sistema efectuar cambios reales, estructurales, y no lo es, porque todos los cambios requeridos para solucionar este estado de cosas, son incompatibles con la esencia de un sistema que crece y se robustece a expensas de la miseria de la mayoría.

De la misma manera, dichos cambios son impensables dentro de una cultura, hija del sistema, que promueve y privilegia el individualismo, exalta la caridad, culpabiliza a los pobres de su pobreza, mercantiliza absolutamente todo, crea distractores por millares para evitar que la gente piense, premia la conformidad y castiga la crítica, fomenta la competencia y fabrica dioses a pedido.

En fin, lo que demuestra realmente el informe de la ONU es que el capitalismo está funcionando perfectamente para quien tiene proyectado hacerlo: los dueños del mundo.

Pareja indígena

Adelante, con paso lento pero seguro, iba la mula cargada con las pocas cosas obtenidas en un largo viaje de ida y regreso desde esas tierras altas en las que todo queda sepultado por el silencio. Detrás, borracho, iba él. Alto y seco. En el rostro viejo de piel curtida sus ojos luchaban por mantenerse abiertos. Llevaba un traje blanco, oscurecido por el polvo de muchos días, y dos mochilas terciadas en su pecho. De un gorro colorido que coronaba su cabeza, escapaba desdeñoso su cabello. Siguiendo sus pasos, menudita y llorosa, iba ella, con su cara de niña y una mirada desbordada de tristeza. Llevaba puesta una túnica que parecía, alguna vez, haber sido blanca. De su estrecho cuello colgaban, sin alegría, una decena de collares de chaquiras rojas. En un peinado que evidenciaba no haber sido retocado por días, su cabello negro, largo y abundante caía descuidado sobre sus hombros.

Él con alpargatas, ella descalza. Él al mando, ella obedeciendo. Mula, marido y mujer, subían como por inercia un estrecho y empedrado camino que amenazaba no tener fin.

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Angustia

Las angustias llegan
Algunas se desvanecen
con la rapidez de un pestañeo
Otras más lentas
anidan algunos días
pero luego son arrasadas
por la caricia del llanto

Hoy una angustia nueva
ha venido para quedarse
llegó con pies de plomo
y furia de huracán
con garras que destruyen
lo que antes era firme

Ha venido para quedarse
Y ha trastocado todo
Ha vuelto del revés
mis días
mis noches
mi vida

Ha venido para quedarse
Y ha roto mi cuerpo

Ha venido para quedarse
Y ha desarmado mi mundo

Se va, regresa
Me mira, se esconde
Regresa, me quiebra
Se va, me alivia
Regresa, me dobla
Se va, respiro
Regresa, me remata

Ha venido para quedarse

Ya mi cuerpo no responde
ha ganado la batalla
se sabe mi ama
me sé su esclava
Ahora camino a tientas
mis pasos ya no son seguros
las sombras me ganan
el miedo no me abandona
El mundo se me escapa
Y yo estoy tan sola

Ser o no ser… madres, esa es la cuestión

A las mujeres nos han educado bastante mal. Nos han hecho creer, y por supuesto a los hombres también, que por tener todo lo biológicamente necesario para procrear, ese es nuestro destino. Pero eso no es así.  Nuestra calidad de hembras de la especie humana ha sido puesta como un imperativo del cual no podemos salir, y lo peor, debemos seguir felices sin hacer el menor reparo. Esta es una gran trampa, tal vez la mayor que nos han tendido y de la cual cuesta tanto salir porque se ha aceptado no solo como algo natural sino además como una gran “bendición”. En efecto, la maternidad se ha exaltado tanto que ha llegado a ser mostrada como un enorme privilegio y una gran ventaja sobre los machos. La verdad, cedería gustosa, de poderse, tal privilegio a cualquier hombre. La maternidad es, para mí, un gigantesco obstáculo que no pocas veces ha malogrado la vida de brillantísimas mujeres como el caso de Mileva Maric, la gran física serbia, recientemente recordado por la serie Genius producida por Natgeo.

La mayor esclavitud a la que se ha podido someter a la mujer ha sido a través de la maternidad. Una mujer dedicada a ser madre deja en la mayoría de los casos, su vida en suspenso, es decir, los sueños, ambiciones, proyectos y oportunidades quedan relegados a un segundo plano y a una larga espera, muchas veces de toda la vida. Pero ante esta catástrofe para la mujer hay todo un discurso elaborado con el concurso de muchas voces, todas ellas provenientes del conservadurismo y la tradición religiosa, acerca del valor de las “cualidades esencialmente femeninas” como la abnegación, el sacrificio, la entrega, el servicio. En resumen, resulta enaltecedor para la mujer, vivir para el otro, no para sí misma. Pero por más romanticismo que se le ponga al asunto, el resultado siempre es el mismo, las mujeres quedan atrapadas en vidas ajenas, muchas, añorando aquello que quisieron ser y no pudieron por hacer lo que de ellas se esperaba. La maternidad roba tiempo, esfuerzo, energía y capacidad a la mujer. La ata de pies y manos, en muchos casos, para siempre.

De otro lado, no es cierto que ser madre sea un motivo de felicidad. Para algunas mujeres indudablemente sí, pero para muchas otras quedar embarazada es una catástrofe; para otras tantas, es una desgracia colosal; para algunas más, un impedimento y una limitante terrible en su desarrollo profesional y personal.

De ahí que la lucha por el aborto sea tan importante para la liberación de la mujer pues mientras esta siga atada irremediablemente a la maternidad, no podrá realizarse como ser humano pleno. El poder controlar los efectos de la sexualidad, garantiza a aquellas mujeres que han decidido no se madres, la posibilidad de construir una vida mucho más cercana a la medida de sus sueños. Tener acceso fácil, gratuito y oportuno a la anticoncepción así como la posibilidad de practicarse un aborto en el caso en que las prevenciones fallen, asegura una gran porción de libertad a la mujer.

La maternidad como el aborto deberían ser opciones para las mujeres, en ningún caso imposiciones. Ni en nombre de la biología –porque estamos dotadas para eso– o la religión –porque para parir y acompañar a los hombres, fuimos creadas-, debe obligarse a la mujer, así sea sutilmente, a ser madre. Quien realmente decida que quiere serlo, que lo sea y sea felizmente acompañada por la sociedad y atendida responsablemente por el Estado en todo el proceso, pero quien no lo quiera, que igualmente, sea también respaldada en su decisión, respetada, no señalada y estigmatizada.

Lograr esto implica un monumental y mancomunado esfuerzo educativo desde la casa hasta la escuela pasando por todos los espacios formadores que existen, especialmente los medios masivos de comunicación. Hay que dejar de repetir hasta el cansancio el cuento del “instinto maternal”; parar de inculcar a las niñas la feminidad –que no es otra cosa que un eufemismo de debilidad-; dejar de enseñarles a las niñas que su valor reside en la belleza o en la virginidad; darles libertad de movimiento y exploración; encaminarlas a desarrollar su intelecto y sus capacidades físicas; educarlas para afrontar la vida no para que sean esclavas del hogar; dejar de ahogarlas en el mundo rosa de las muñecas y los juguetes de cocina; formarlas para que ejerzan una sexualidad libre de tabúes y de miedos; y lo más importante, explicarles que ser hembra no significa estar obligadas a ser madres pues una de las ventajas de pertenecer a la especie humana, es que en nuestro camino evolutivo, la conciencia (¿debería decir inteligencia?) nos permite liberarnos de ciertas ataduras biológicas.

4

Tuvo que llorar la muerte de su marido con lágrimas prestadas porque las suyas ya las había agotado cuando violaron y mataron a su pequeña niña.

El ranchito no fue lo único que les robaron. Les arrebataron los días de sol, las noches de luna y todas las penas y alegrías cosechadas durante los veinte años que vivieron en la montaña.

Cuando le pregunté el porqué su llanto, recibí como respuesta: estoy llorando mi propia muerte. Al día siguiente el amanecer me sorprendió sin su presencia.

2

Por ti hice lo impensable: me tiré al suelo, me revolqué, gemí, te dediqué exclusivamente mi mirada y mi amor y lo único que recibí como respuesta, fue que me mordisquearas una oreja. Mascota ingrata.

No hay momento del día más placentero que aquel al despertarme en la madrugada, media hora antes de tener que levantarme y poderme quedar en la cama bajo las cobijas, en una mañana mordida por el frío.

En esos días de calor intenso solo necesito un árbol generoso en sombra y un libro que me lleve a otros mundos.

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Regreso

Despertó con la sensación de haber llegado de un viaje muy largo. Sentía el cansancio en todo su cuerpo, sus párpados se negaban a desperezarse del todo, con dificultad lograba abrirlos un poco. Pensó por un momento que hubiesen podido transcurrir muchos años entre la noche anterior y ese despertar. El tiempo no era igual en la vigilia y en el sueño. Él hubiera podido jurar que acababa de regresar de un sitio muy lejano en el tiempo y en el espacio. Miró el reloj despertador que apenas ahora se percataba, no dejaba de sonar. Mierda, dijo en voz alta, si estoy bien cogido de la tarde. Se levantó con prontitud a pesar de la pesadez que aún le acompañaba. Tomó un baño de esos que se hacen por cumplir la norma, se vistió y salió corriendo sin tomarse el tinto mañanero que tanta falta le hacía, tendría que esperar hasta llegar a la oficina. El día se mostraba sereno y el sol, que ya se había levantado, parecía también retardado porque el frío penetraba hondo su cuerpo. Se frotó los brazos y apuró el paso, el retraso no era insignificante y ya bastante problemas se había ganado por lo mismo. Estuvo tan concentrado en su andar que fue sólo después de recorrer varias cuadras cuando se percató de que la ciudad permanecía como en la noche. No había una sola alma en las calles. No había ruido, en realidad no había ninguna señal de vida. Miró su reloj pero no lo encontró, su muñeca estaba desnuda, había salido tan apurado que olvidó ponérselo. Pero no podía estar errado, según sus cálculos tendrían que ser cerca de las ocho y treinta, además el sol tampoco mentía, no era el amanecer, algo raro sucedía, la ciudad estaba desierta. Se detuvo, miró a su alrededor, el vacío era total, ni siquiera los incansables habitantes de la calle paseaban como era costumbre. Imaginó que tal vez estaba en un sueño: se pellizcó, se frotó con fuerza los ojos, agudizó sus sentidos, saltó, dijo su nombre, golpeó una puerta… Todo resultó inútil. Ninguna respuesta del exterior y en su mente una lucidez completa del momento. Se sintió desamparado y tembló de miedo. Su cabeza estaba confundida, los pensamientos se le agolparon, soltó entonces un grito ensordecedor pero no sucedió nada diferente al vacío, a un insoportable silencio. Comenzó a correr, no atinaba otra cosa qué hacer. Corrió en dirección a su oficina y tan pronto la alcanzó empezó a golpear la puerta con toda la furia que su temor le infundía. No halló respuesta, la ciudad estaba muerta, todas sus puertas y ventanas se encontraban cerradas. A pesar del sol brillante el frío empezó a hacerse más intenso y su mente a extraviarse más. Vencido, se dejó caer sobre su cuerpo y abrazándose a sus piernas se soltó en llanto. La humedad lo envolvió por entero. Se encogió lo más que pudo y cuando se hizo lo suficientemente pequeño, cerró los ojos con fuerza en un intento desesperado por anularse. Enseguida un desgarrón lo arrastró con violencia y ya sin fuerza, sin voluntad, sin pensamiento, sin esperanza, sin miedo, sin conciencia, sin nada, sintió que su existencia se diluía en un mar de luz.

Adentro, en un cuarto blanco, estrecho y claro, se escuchó una voz recia que repetía con indiferencia: es un varón, señora, acaba usted de dar a luz a un varón.