De brujas y poderes

Para empezar, las brujas no existen, éstas no son más que seres imaginarios que la cultura popular mantiene vivos como todos los demás mitos que se han creado a lo largo de la historia.

Esto no quiere decir que no existan personas que afirmen tener conexión con el inframundo, con las fuerzas ocultas que gobiernan el universo, con los espíritus y demás energías que de acuerdo a sus creencias, determinan el destino de los seres humanos.

Por supuesto que estas personas existen, pero no son brujas ni tienen los poderes que afirman tener; no son más que vividores que hacen uso y abuso de la ignorancia, las carencias, las ilusiones y esperanzas de la gente que acude a ellos.

Sin embargo, el asunto de las brujas no es para nada infantil e inocuo. Y no me refiero a esa celebración cada vez más popular por lo comercial, y viceversa, en la que los adultos, no solo los niños, se disfrazan y festejan; no, me refiero a la creencia de la gente en dicho personaje.

La razón es que en la medida que avanza la superstición y el mito, retrocede la ciencia y eso para la sociedad, es una verdadera calamidad. Hoy no estamos en la infancia de la humanidad en la que todo aquello que se desconocía era atribuido a fuerzas extrahumanas, mágicas, divinas. Hoy la ciencia ha dado respuesta a muchos interrogantes y ha explicado muchos misterios. Falta mucho por descifrar y conocer pero el método riguroso y fiable utilizado por la ciencia es el camino correcto en esa búsqueda de respuestas.

El que la gente se mantenga en las garras de la superstición dificulta en mucho, la comprensión que pueda ganar del mundo en el que vive. Y no hablo solo de asuntos de la naturaleza en el que abunda la especulación sino especialmente, de la sociedad. Si la gente sigue creyendo que su destino está guiado por la voluntad de un ser divino o por los designios de una supra conciencia universal, no intentará entender y descubrir quiénes realmente manejan los hilos del poder, quiénes y por qué se toman las decisiones que nos afectan a todos, quiénes y cómo modelan nuestro destino, quiénes y con qué fin propagan mitos de todo tipo.

El mito de la existencia de las brujas por ejemplo, no solo es la manifestación más burda de la misoginia que comparten en general las religiones, sino que fue usado además en los tiempos de cacerías de brujas, para extirpar la disensión y el pensamiento crítico, mantener controladas bajo una moral única a las personas, imponer una sola visión del mundo. Fue también utilizado en muchos casos, con fines políticos.

Un ejemplo conspicuo de esta última motivación fue la muerte de Hipatia de Alejandría en el siglo V, quien al parecer fue acusada de practicar magia negra por orden de Cirilo, opositor político de Orestes, prefecto imperial sobre quien la filósofa, astrónoma y matemática ejercía una gran influencia. Dicha acusación lanzada al pueblo provocó que una turba fanática la asesinara violentamente. De esta manera Cirilo consiguió eliminar no solo una aliada poderosa de su mayor contendor político, sino que propinó un duro golpe contra el pensamiento intelectual y científico de la época.

La cacería de brujas fue, y sigue siendo de manera remozada, un instrumento de poder no solo eclesiástico sino también civil utilizado a conciencia para perseguir a todas aquellas personas, que por diferentes razones, resultaban inconvenientes o molestas a los señores del poder.

Las brujas no existen, pero su pervivencia en la cultura de la gente como encarnaciones del mal, sigue siendo un gran aliado de quienes detentan el poder, sino pregunten a Trump, a Bush, a Reagan…

El miedo rojo

El miedo ha sido utilizado, con bastante éxito, para cohibir, limitar, paralizar y someter a los seres humanos. Ha sido una herramienta muy eficaz para quienes tienen poder sobre otros en la medida que frena y muchas veces corta de raíz, cualquier iniciativa de transgresión al orden establecido.

Los gobiernos lo han usado como una estrategia para preservar el statu quo, para mantener neutralizada cualquier tentativa de cambio, por supuesto, en combinación con otras formas de coacción, todas las que se consideren necesarias para mantener el poder.

En esa dirección se creó lo que se llamó el miedo rojo, que no es más que una estrategia mediática utilizada por los estados capitalistas para combatir toda simpatía o posible adhesión del pueblo al socialismo-comunismo. Así “el fantasma del comunismo” del que hablaran Marx y Engels en su manifiesto, sirvió, como bien lo expresaron, para acusar toda oposición al poder, de comunista, es decir, de enemiga.

De este modo, para combatir cualquier germen, real o imaginario, de avance hacia este sistema en cada rincón del planeta, no solo se ha perseguido, condenado y eliminado toda oposición al poder, sino que se han fabricado una serie de mitos acerca de este poderoso enemigo del capitalismo, enemigo que puede llevarlo a su destrucción.

Tales mentiras, fabricadas consciente y pacientemente por los guardianes y defensores del capitalismo, aunadas al desconocimiento generalizado de la población sobre la ideología y experiencias del socialismo del siglo pasado, a la desinformación propagada por los medios de comunicación y por la historia oficial, y no puede negarse, a los errores cometidos en ambas revoluciones, la rusa y la china, magnificadas por sus enemigos, toda esta serie de conjunciones repito, ha generado una enorme resistencia popular al comunismo, es decir, ha creado y alimentado, el miedo rojo.

Ahora bien, al mismo tiempo que se despliega dicha estrategia de descrédito hacia el enemigo, el capitalismo se ha dedicado con igual empeño en inculcar en la gente, por todos los medios a su alcance: físicos e ideológicos, que este es el mejor sistema, es lo mejor que podemos tener, es el territorio de prosperidad y libertad en donde todos anhelamos vivir. Para decirlo en términos cristianos tan sencillos de entender, el capitalismo es el paraíso y el comunismo es el infierno.

Sin embargo, bastaría en ciertos casos, con un mínimo análisis de la realidad y de lo que el lenguaje dice, para evidenciar lo que verdaderamente se esconde detrás de todo el discurso anticomunista: el miedo de quienes detentan el poder, de perderlo; el miedo de quienes gozan de todos los privilegios, de perderlos; el miedo de sentir en carne propia lo que significa ser un paria, como los millones que hoy habitan esta tierra.

Empecemos por analizar mínimamente “el paraíso” en el que vivimos, la realidad en la que el capitalismo tiene hundido a millones de seres en el mundo: hambre por doquier (el número de personas que sufren hambre en todo el mundo alcanzó los 815 millones en 2016); explotación económica y sexual (más de 40 millones de personas en el mundo fueron víctimas de la esclavitud moderna en 2016, y de ellas, el 71 por ciento del total -casi 29 millones- son mujeres y niñas); desigualdad laboral y social de la mujer (el 60% de las personas que pasan hambre en el mundo de forma crónica son mujeres y niñas; sólo un 50% de las mujeres en edad de trabajar tienen un empleo, frente al 77% de los hombre); concentración de la riqueza en pocas manos (en el mundo el número de grandes fortunas aumentó un 7,5% y su riqueza un 8,8%, los datos más altos de la historia)… esto sin hablar de la tortura, humillación y desprecio al que viven sometidos millones de seres humanos.

Esta es apenas una muestra del sistema que nos dicen debemos defender contra el fantasma del comunismo. Pero claro, como la realidad no se puede esconder, nos mantienen seducidos y adormilados con la promesa que todo va a mejorar, que el progreso va a cobijarnos a todos, solo es cuestión de esperar con paciencia, apretarnos el cinturón y aguantar el chaparrón.

De otro lado, se nos asusta con el “infierno”: la “dictadura del proletariado”, donde todo es uniforme, aburrido, igual, la libertad brilla por su ausencia y la escasez abunda. Nos aterrorizan con eso como si en este momento no viviéramos en una dictadura, la de la burguesía, solo que mientras unos no camuflan sus intereses, no utilizan eufemismos para declarar lo que persiguen, los otros, los defensores de este sistema nunca afirmarán ni aceptarán que vivimos bajo una dictadura que está al servicio de quienes tienen el poder económico.

No nos engañemos, el Estado no es neutro, se pone siempre al servicio de una clase, de la clase que se halla en el poder: para ella legisla, para ella gobierna, de ella se alimenta, por ella se sostiene aunque en su discurso se afirme todo lo contrario. El Estado cuida y defiende los intereses del poder económico, es decir, de las empresas privadas, de las nacionales y las multinacionales; no se opone a su omnímodo poder, se arrodilla ante él y no hará nada que pueda menguar en algo sus intereses. Por lo tanto, aunque no se diga, aunque se niegue, estamos bajo la dictadura de la burguesía.

En fin, capitalismo y comunismo son dos sistemas económicos, políticos y sociales diametralmente opuestos y por ello es entendible su pelea pero mientras el primero maquilla su propósito e interés, el otro lo devela. He ahí una de sus diferencias, pequeña pero muy ilustrativa de lo que cada uno es.

Pero como vivimos en un mundo de apariencias y de hipocresía, preferimos no ver la realidad y creer ciegamente que aquello que nos muestran es lo que nos dicen que es y no una posible fachada que algo oculta; como aceptamos acríticamente todo lo que se nos enseña, no hacemos el esfuerzo por indagar bajo qué mentiras vivimos, qué hay de verdadero o falso en aquello que se repite, qué intereses hay detrás de aquello se hace en nombre de todos; como vivimos presos del miedo rojo, no intentamos cuestionar el sistema que impera y preferimos aceptar todo tal cual está que intentar vivir de otra manera.

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Una tarde iba caminando por la calle cuando noté que una mujer, sentada en el andén de enfrente, hablaba a la gente que pasaba por su lado pero nadie se detenía a escucharla, entonces yo me acerqué y ella simplemente me señaló hacia el cielo y me dijo: ¿qué es eso? Miré en la dirección que apuntaba su dedo y vi un nítido y gran arco iris. Un arco iris, le respondí un poco extrañada por su pregunta. Y ella insistió, ¿pero qué es? Me encontré en un aprieto buscando la respuesta más adecuada. Vacilante le contesté: es agua…  y luz. Me miró y de inmediato supe que mi respuesta no le había satisfecho. Entonces le dije: eso es una sonrisa de la vida. Miró de nuevo el arco iris y luego, con su rostro ahora iluminado de alegría, me miró a mí por un segundo. Me sonrió. Después se quedó en silencio mirando arrobada el firmamento y yo un poco confundida, seguí mi camino.

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Vanitas

¿No pueden ofrecerme otra solución? No, no la hay. Lo único que podemos hacer por usted, y esto teniendo en cuenta su prestigio y su urgencia, es garantizarle una reserva absoluta por parte de nuestra tripulación. No se preocupe, siga nuestras recomendaciones y todo saldrá como usted quiere. Ya hemos tenido experiencias similares con excelentes resultados. Recordemos: Usted abordará el avión antes que todos los demás pasajeros, de esta forma tendrá tiempo de camuflarse mejor, ocupará la última silla junto a la ventanilla del ala derecha… el resto corre por su cuenta. Su discreción es fundamental. Ah, y con respecto a su acompañante, no se preocupe, es una clienta habitual de carácter bastante reservado.

Aceptó la propuesta de mala gana porque no tenía otra opción. Qué más podía hacer si ya estaba sobre el tiempo y era urgente el viaje. Tal vez los de la aerolínea tenían razón: unas gafas oscuras, una bufanda y una gorra podrían disimularlo mucho. Subió al avión diez minutos antes que los demás, se arrellanó en su silla y se dedicó a hurgar el panorama exterior. Le molestaba la idea de viajar con tanta gente. El avión se fue llenando poco a poco mientras esperaba con cierta ansiedad a su anónima acompañante. Quería verificar lo más pronto posible que todo estaba bajo control como se lo habían repetido. No tuvo que esperar mucho tiempo, una mujer delgada, bastante delgada, de cara angulosa y cabello negro se sentó a su lado sin siquiera mirarlo, se acomodó en su silla e inmediatamente comenzó a leer un libro. Esto lo tranquilizó, después de todo el capitán estaba en lo cierto, la mujer parecía no querer llamar la atención de nadie. Se tranquilizó un poco, cerró los ojos y deseó que el tiempo pasara rápido. Ya en pleno vuelo y al percatarse de que su acompañante lucía efectivamente imperturbable, se aflojó la bufanda que lo tenía sofocado, soltó su cinturón de seguridad y respiró con alivio. A pesar de las circunstancias, las cosas iban desarrollándose bien. Sin embargo, la calma no duró mucho porque justo en el momento en que empezaba a sentirse totalmente relajado se encendieron las luces de advertencia. Al parecer una pequeña turbulencia estaba próxima. Nadie pareció tomarlo en serio hasta que un fuerte zarandeo los sorprendió. Enseguida el rumor de los comentarios, de los ruegos, del nerviosismo, se escuchó y las miradas entre todos empezaron a cruzarse. De nuevo otro sacudón, un poco más fuerte que el primero, estremeció el avión y el murmullo aumentó. El pánico empezó a asomarse en el rostro de los pasajeros. Él también se perturbó ligeramente, la única que permaneció en absoluta calma fue se acompañante, quien se limitó a cerrar los ojos. Cuando la turbulencia terminó y los avisos de advertencia fueron apagados, todo volvió a la normalidad excepto por el incesante murmullo de la gente que no terminaba de referirse a lo sucedido. Pero claro, la mujer de al lado, no musitó una palabra, otra vez se había concentrado en su lectura. Fue entonces cuando se atrevió a mirarla sin disimulo pero ella no se dio por enterada. Empezó a sentirse incómodo, ¿quién era esa mujer?, ¿qué la mantenía como por encima del bien y del mal?, ¿qué clase de libro estaba leyendo, qué la absorbía de ese modo? Cobró aliento, se cubrió un poco con la bufanda y sin recato comentó, estuvo algo fuerte el remezón, ¿no? Ella le sonrió y sólo dijo, sí. Enseguida volvió a enfrascarse en el libro. Él, recriminándose su imprudencia, tomó la revista que estaba en el espaldar de la silla delantera y empezó a ojearla. En medio de sus páginas encontró la reseña de su último libro y una fotografía suya del día del lanzamiento. Inmediatamente la cerró e intentó concentrarse en el motivo de su viaje. No habían pasado unos minutos cuando de nuevo sintió el impulso de voltear a mirar a su acompañante, esta vez se detuvo en su rostro y le pareció que era una mujer interesante. Tenía además unas manos largas, finas y unas uñas muy cuidadas. Sin consultar a su razón y dejándose llevar por un arrebato se quitó sus gafas y se aflojó totalmente la bufanda, dejando su rostro libre. Sin pensarlo mucho, se oyó preguntándole por la hora. Ella amablemente miró el reloj y le contestó con suavidad, las 6:30, después de lo cual, retornó a las páginas del libro. A esta altura, ya la molestia se le había convertido en intriga, ¿era posible que esa mujer no lo hubiera reconocido? No lo creía. Si justo antes del abordaje del avión en el programa de variedades que tenían sintonizado en los televisores del aeropuerto habían presentado una nota sobre él y su libro, además en todos los noticieros de la semana su último éxito había sido ampliamente difundido. Ella tendría que haberlo visto. Se sintió estúpido, ¿no era eso lo que él quería, que nadie lo reconociera? Ya estaba cansado de las preguntas tontas de la gente, de las falsas sonrisas, de las frases huecas, de las insinuaciones de las mujeres, de los halagos de todos los que se cruzaban por su camino. Y ahora estaba allí, enfadado porque una mujer de tantas, no lo determinaba. Decidió ignorarla. Trató de pensar en otra cosa y cuando ya lo estaba logrando, su compañera de vuelo, se levantó, cerró el libro, lo dejó sobre la silla y caminó en dirección del baño. Entonces se le cruzó una idea por la mente, averiguar un poco quién era ella. Ahí estaba el libro y seguramente tenía su nombre y tal vez alguna dedicatoria. Dudó un momento pero finalmente con el movimiento rápido de quien es consciente de hacer algo indebido, tomó el libro, y cuál no fue su sorpresa cuando descubrió que era el SUYO, el que estaba de moda. Lo abrió, en la solapa estaba inconfundible su fotografía y una breve biografía suya. Buscó torpemente en las primeras páginas algún nombre o dedicatoria pero no lo encontró. Presintiendo el regreso inminente de su acompañante acomodó el libro como ella lo había dejado, y ya decidido a que fuera reconocido, se quitó la bufanda, la gorra y las gafas. Cuando ella se acercó él la miró directamente a los ojos y le sonrió, ella después de devolverle cortésmente la sonrisa, se sentó e inmediatamente recomenzó la lectura. ¿Quién se creía esa mujer? ¿Cómo no lo abordaba, acaso no era un honor que él estuviera sentado junto a ella? ¡Qué arrogancia! Se sintió furioso. Menos mal que el viaje estaba próximo a terminar. Cerró los ojos y deseó llegar pronto. Pensó de nuevo que tal vez… ¿está interesante el libro?, se oyó decir muy a su pesar. No hubo respuesta. ¿ESTÁ INTERESANTE EL LIBRO?, repitió ya fuera de sí. Un poco asombrada por lo inesperado y el tono de la pregunta, ella lo miró con detenimiento y con la resolución de quien decide de una vez por todas aclarar las cosas le dijo pausadamente: como para entretenerse mientras se viaja. Sin ningún gesto en particular y en espera de una réplica, ella le miró fijamente a los ojos. Él, intimidado por la seguridad de la mujer y lo absurdo de la situación, no supo qué decir, se sintió humillado y fue él, esta vez, quien esquivó la mirada fingiendo preocuparse de lo que pasaba al otro lado de la ventanilla. ¡Qué respuesta era esa! A todas luces se veía que era una ignorante en cuestiones de literatura. ¡Un libro para pasar el rato! Tonta. Hasta ni sabría quién era el autor, ni siquiera habría leído la solapa. ¡Vaya acompañante! Las luces de alerta lo sacaron de sus pensamientos. El avión estaba próximo a aterrizar. Con una rabia incontenible volvió a camuflarse, sabía que tenía que esperar a que todos los pasajeros salieran para deslizarse sin ser visto por nadie. Bueno, al fin y al cabo, las cosas habían salido sin traumatismos, excepto… ¿Usted sabe quién soy? La pregunta le había salido sin querer. Por supuesto, cómo ignorarlo, usted es el autor de este libro, respondió mostrándole la carátula. Hubo un silencio que él deseaba fuera roto por ella. Así, con todos los sentimientos atravesando su cuerpo y ante la inminencia de la separación fue él quién se vio obligado a ceder ¿Y? ¿Quiere un autógrafo? No, fue la respuesta recibida… ESCUCHEN TODOS, AQUÍ A MI LADO ESTÁ NADA MENOS QUE EL FAMOSO ESCRITOR AUGUSTO LLANO quien acaba de publicar este libro, dijo ella en voz muy alta levantando el libro y girando la portada para que todos pudieran verla, y tiene mucho gusto en regalarles su autógrafo Y EN CRUZAR ALGUNAS PALABRAS CON QUIENES QUIERAN, UNA VEZ EL AVIÓN SE HAYA DETENIDO COMPLETAMENTE. La mujer volteó a mirarlo y sin decir nada más guardó el libro en su bolso y se levantó mientras que un tumulto se formaba junto a las silla que había ocupado.

Nada qué celebrar

El 12 de octubre, día de la llegada de Colón a estas tierras hace 525 años, ha sido llamado  de muchas formas: Día de la raza, Encuentro de culturas, Columbus Day, Día de la Hispanidad… Todos ellos nombres eufemísticos detrás de los cuales se esconde el genocidio, inicialmente de indígenas y un poco más tarde, de nativos africanos, ambos grupos considerados “salvajes”, por los “civilizados” españoles. Desde ese día hasta hoy, el etnocentrismo propio de los europeos, asimilado sin reparo por la élite criolla que ha dirigido nuestra nación, ha significado muerte, explotación y dolor para miles de hermanos nuestros.

Ese día de 1492 partió la historia de nuestros ancestros indígenas en dos. La violencia, el despojo de tierras, el saqueo de la riqueza, la esclavitud, el engaño, el arrasamiento de sus culturas autóctonas: lenguas, costumbres y dioses, llenaron de sangre y dolor los días de los indígenas. Mismas prácticas utilizadas para tratar a los negros secuestrados en África y embarcados como reses hacia tierra americana para ser vendidos como mercancía.  Así, lo que para Europa significó ese 12 de octubre, una fuente de riqueza y prosperidad, para millones de seres humanos fue el comienzo de su exterminio, un exterminio que todavía continúa.

Y continúa a través de los mismos medios que fueron utilizados desde el comienzo: se les sigue arrebatando las tierras, se les sigue matando su cultura y sus creencias, se les sigue desplazando, se les sigue despreciando, se les sigue arrinconando, se les sigue explotando y, por supuesto, se les sigue eliminando.

Su exterminio continúa además, con el mismo pretexto: el desarrollo y el progreso.

Y todo ello ocurre a pesar del universal y gastado discurso de los “derechos humanos”; y todo ello ocurre a pesar del “humanismo” de los prohombres de nuestra patria; y todo ello ocurre frente a nuestros ojos; y todo ello ocurre y no pasa nada.

Y no pasa nada porque seguimos pensando obedientemente que los indígenas y los afros son seres inferiores, “memes” y “negros”, bárbaros, salvajes a quienes hay que domesticar (amansar, reducir, civilizar, pacificar), perezosos, ladinos, guerrilleros… en fin, los vemos como la élite de este país ha enseñado a verlos:

seres de menor valía, inferiores: “Nuestra raza proviene de la mezcla de españoles, de indios y de negros. Los dos últimos caudales de herencia son estigmas de completa inferioridad” (Laureano Gómez);

fuerza de trabajo para ser explotada: “brazos para las industrias extractivas, pastoril y de transportes internos” (Rafael Uribe Uribe);

obstáculos para el desarrollo: “300.000 bárbaros dominando la mayor parte del territorio colombiano donde no puede penetrar la civilización” (Rafael Uribe Uribe );

bestias de carga y mano de obra forzada y gratuita a las que había que someter física y espiritualmente, como nos lo enseñaron los misioneros con el aval del gobierno;

animales para cacería como en su tiempo se hizo en los llanos orientales con los indios guahibos;

irracionales a los que era menester incorporarlos a la civilización a punta de látigo, cepo y las innumerables torturas que fueran necesarias para lograr este noble propósito…

Y nos enseñaron a verlos así no solo por motivos ideológicos (la supremacía de los blancos) sino sobre todo, por motivos económicos y políticos: la urgencia de arrebatarles las tierras a cualquier precio y la necesidad de mano de obra esclava, es decir, gratuita. De este modo, después de utilizar todos los medios “legales” y por la fuerza para usurpar las tierras donde habitaban, “negros” y “memes” fueron obligados a trabajar en las minas, en el campo, en la cauchería, en la construcción de vías, en el desmonte de la selva, allí donde fuera imperioso llevar el progreso. Desde entonces y hasta la fecha, sometidos al poder del blanco.

En nombre del progreso, de un progreso que no alcanza sino para algunos, mucha sangre india y negra ha bañado la geografía de nuestro país.

Por la sangre y el dolor de nuestros hermanos, por la violencia y el horror de innumerables indígenas y afros cuyos nombres se desconocen, por sus muertes viejas y las nuevas, por la opresión sin tregua de estos pueblos, desvelemos toda la mentira tejida y el romanticismo con los que se ha querido arropar esta fecha. El 12 de octubre es una fecha en la que no hay nada qué celebrar.

Más que tetas y vagina

Utilizar el cuerpo desnudo de la mujer para publicitar todo tipo de mercancías es ya una lamentable costumbre, lo más reciente ha sido utilizarlo para protestar: para demandar servicios como luz, agua potable…, para exigir titulación de tierras, para rechazar políticas y gobiernos, para solidarizarse con causas de múltiples propósitos… No importa la edad ni el aspecto físico, lo importante es mostrar el cuerpo para llamar la atención.

Hoy en día esto se ha vuelto tan popular que muchas, inspiradas en el “exitoso” ejemplo de las 11 mujeres inglesas mayores de 50 años quienes en el 2000 se fotografiaron desnudas para un calendario con el fin de obtener recursos a beneficio de la lucha contra la leucemia, han dado continuidad a esta iniciativa llamada chicas del calendario, en el que mujeres posan desnudas para todo tipo de causas.

Un cuerpo desnudo en verdad no debería ser motivo de crítica o escándalo, menos cuando su propósito no es prohijar o promover la pornografía, práctica esta muy censurable en la medida que cosifica al extremo a la persona despojándola de toda dignidad. Sin embargo considero nefastas todas esas estrategias publicitarias que utilizan el cuerpo desnudo para obtener algo, aunque sean causas “nobles”, especialmente si se trata del cuerpo de la mujer.

La razón es simple: a la mujer históricamente se la ha despojado de toda dignidad al convertirla en un objeto, en una herramienta para el disfrute y solaz del hombre. Reducir a la mujer a un par de tetas y una vagina, no ha hecho más que degradarla. Cosificar la mujer de esta manera ha facilitado el que socialmente se la haya considerado como un ser inferior, cuyo valor reside en lo que puede ofrecer su cuerpo.

Es por esto que obras como Climaxxx, una apología al placer del grupo Diabolique Cabaret, dirigida por Elvira Lavey, resultan irritantesy contraproducentes. El interesante propósito de desafiar una moral que consuetudinariamente ha censurado y en muchos casos vetado, el placer sexual de la mujer, es opacado a mi juicio, por la forma.

Estoy de acuerdo en que hay que buscar la manera de debatir sobre el tema, de denunciar la imposición de una sexualidad centrada en el placer masculino, de zafarnos de tantos tabúes y tantos prejuicios en torno a la sexualidad de la mujer, de la necesidad de reivindicar nuestro derecho al placer, de vivir la sexualidad sin culpas, pero no utilizando las mismas armas con las que nos han sometido: convertir nuestro cuerpo en meros cascarones en los que no habita nadie. Cuerpos sin cabeza. Objetos descartables.

“Se trata de dar un grito de libertad” afirma la directora del colectivo cuando defiende su obra. El problema es que la libertad no se consigue reiterando, reforzando, resaltando aquello que se ha sido utilizado para dominarnos. La libertad debemos buscarla destruyendo precisamente la idea que las mujeres somos cuerpo y no mente, somos objeto y no sujeto.

Sí, somos cuerpo y no queremos negar el erotismo y la sensualidad que de él se deriva, queremos cuidarlo y mantenerlo en forma, pero no somos solo eso. No somos un cuerpo decapitado, no somos muñecas, no somos el adorno ni el premio de gratificación de nadie, somos mucho más: seres con pensamiento, con capacidades, con sueños, con proyecciones, con sed de conocimiento, con inquietudes intelectuales… Si en ese molde nos ha metido la cultura patriarcal hay que salir de él, hacerlo estallar en pedazos y tal cosa no vamos a lograrla exhibiendo nuestro cuerpo y concentrándonos en él, convirtiéndolo cada vez más en trofeo, en mercancía sexual.

Claro que hay que reivindicar una sexualidad femenina diferente, libre, como pretenden las integrantes del grupo Diabolique Cabaret pero no a través de formas equivocadas.

Repito, eso no se va a lograr utilizando fórmulas tan poco creativas y tan alineadas con el modelo que se pretende derribar: “a los que se atrevan a censurarnos, acallarnos o juzgarnos, les responderemos con tetas erectas, culos jugosos, coños en llamas y vergas chorreantes”. No, definitivamente no es ripostando de la misma manera vulgar y burda en que se ha tratado a la mujer como vamos a lograr cambiar las cosas.

La que soy y no soy

Soy, no puedo negarlo
Una privilegiada

No he padecido hambre
No he aguantado frío
No he dormido en la calle
Mi cuerpo no ha sufrido el dolor de la miseria
Mis ojos no han sido obligados a llorar barro
La sangre no ha sido arrancada de mis poros
Mi espalda no ha sido doblada por látigo alguno
Mi rodilla no se ha hincado para implorar misericordia
Ni mi mano se ha extendido en espera de limosna

Mi lengua no ha barrido el suelo lustroso de ningún palacio
No han clavado agujas en mis dedos
No hay huellas de tortura en mi piel
No he arrastrado grilletes ni cadenas de hierro
No hay palabras que hayan roto mis oídos
No soy uno de los millones de seres que gimen
No soy, ni de lejos, una paria

Pero hoy mi corazón está roto
Mi razón no aguanta más
Ya no puedo cerrar mis ojos porque unos ojos hambrientos me persiguen
El peso de unas cadenas que no cargo me aniquila
El horror de un cuerpo mutilado me revienta
El hambre de las bocas ajenas desgarra mis entrañas
El llanto de mil gargantas como un eco me persigue
El dolor de los días sin esperanza me despierta
Me cubre la oscuridad de un cielo de pantano
Me lastima el vacío de unas manos en espera
Me humillan cientos de cuerpos despreciados
Me avergüenza la limpieza de los sueños más humildes
Y la fuerza con que labran el mañana