¿Liberación femenina?

Muchas personas, hombres y mujeres, han afirmado que el mayor cambio que se ha producido en la sociedad ha sido la liberación femenina, entendiendo por esta, la transformación que se ha dado en la vida de las mujeres en lo político, social y económico.

Para argumentar dicha idea, se suele mencionar una larga lista de actividades y derechos de los que hoy gozamos las mujeres y que hace 100 años eran impensables. Efectivamente, la vida de la mujer ha cambiado pero no en lo fundamental, si así fuera no tendríamos que estar convocando a marchas, haciendo llamados, creando campañas y denunciando la irrefrenable violencia que se ejerce en contra nuestra.

Sí, la violencia la padecemos todos los seres humanos pero la violencia de género, aquella que se ejerce en contra nuestra por el hecho de ser mujeres, es diferente y lo es porque se ejerce como una forma y expresión de dominación masculina. Cualquiera sea el nivel económico, social e intelectual de la mujer, se ejerce violencia contra ella porque se considera inferior y subordinada al hombre.

¿Cómo podemos hablar entonces de liberación femenina cuando seguimos siendo violentadas por ser consideradas inferiores a los hombres; cuando seguimos siendo tratadas como objetos que se tienen como propiedad, que se lucen como trofeos o se castigan como esclavos; cuando por sobre todos los valores que tenemos, se continúa insistiendo y resaltando las características físicas sexuales: senos y caderas, que nos hacen objetos de consumo deseables?

Así que, de cierta manera, la violencia contra las mujeres es una consecuencia lógica de una sociedad que a pesar de los “progresos” en todos los campos sigue pensando que el valor de la mujer reside en sus curvas; una sociedad que sigue educando a las mujeres como objetos de adorno y de placer, como animales necesarios para la procreación y el trabajo doméstico, como objetos que se adquieren y se usan a conveniencia.

No estoy exagerando.

En la publicidad de los medios masivos de comunicación, en las vallas y tableros publicitarios, en las redes sociales, las mujeres siguen siendo tratadas como adornos, como mercancías, como cosas.

Muchos hombres, a pesar de ser padres y tener hijas, siguen enseñándole a sus hijos varones que las mujeres o están muy buenas (cuerpos exuberantes) o son muy buenas (sumisas, dóciles), “cualidades” que las hacen apetecibles o para usarlas sexualmente o para convertirlas en las futuras esposas de sus hijos. Y lo enseñan a veces de modo explícito con consejos, y otras, implícito con sus comentarios o ejemplo.

Muchas mujeres, a pesar de ser madres y tener hijas, siguen enseñándole a estas y a sus hijos, que las mujeres además de ser frágiles, delicadas, bellas y “hogareñas”, están destinadas a ser madres y esposas ejemplares. Si se las educa profesionalmente, eso es un valor agregado que para nada las debe desviar de su destino.

En una sociedad así, en la que muchos hombres busquen en cada mujer un objeto de propiedad pero no una compañera de vida, una par sino un añadido útil y necesario, busquen un reemplazo de la mamá y no un ser humano hecho de fortalezas y debilidades como él; en la que muchas mujeres busquen en cada hombre un amo, alguien que decida por ellas, que les proporcione su seguridad económica, un reemplazo del papá, la violencia contra la mujer seguirá presente.

Si las uniones maritales o de cualquier tipo siguen basadas en la desigualdad, es decir, en la consideración de superioridad de uno y la inferioridad de otro; la violencia contra la mujer seguirá viva.

Si la sociedad sigue empeñada en convencernos de que las mujeres solo valemos por nuestro cuerpo y que somos mercancía, y nosotras les hacemos el juego y priorizamos la vanidad, la dedicación exclusiva en estar bellas y sexys por encima de todo lo demás, la violencia contra la mujer seguirá cobrando víctimas.

Si no queremos más mujeres golpeadas, insultadas, acosadas sexualmente, abusadas, humilladas, violadas, agredidas sicológicamente y asesinadas, si no queremos más violencia contra las mujeres, si queremos realmente alcanzar la liberación femenina, luchemos individual y colectivamente en todos los frentes posibles (económico, cultural y político) por destruir todas aquellas condiciones y obstáculos que nos mantienen atadas a un sistema patriarcal que alienta el menosprecio y odio hacia las mujeres.

Finalmente, si la sociedad persiste en educar a las mujeres, en nombre de la tradición, la consideración de lo que es “natural” o la religión, en la sumisión, en la minusvalía, en el sacrificio, en el sometimiento al hombre, la violencia contra la mujer continuará existiendo y la liberación femenina no dejará de ser más que una ficción.

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Cuando le abrieron la puerta, con timidez susurró: quiero enviar un saludo de cumpleaños a una persona que mañana lo celebra.

Muy bien, ¿quiere que las felicitaciones vayan con un mensaje especial?

No, simplemente quiero que digan Feliz cumpleaños para Enrique Marín.

Muy bien, dígame su nombre para nuestro registro

Mi nombre es Enrique Marín.

Sin mirarme dijo gracias y salió antes de que pudiera decirle algo.

Al día siguiente, en las horas de la mañana, en los saludos habituales de la emisora, el locutor con una pompa poco usual, anunció que la familia, todos los allegados y amigos de don Enrique Marín, le deseaban un feliz cumpleaños.

Una paradoja inexistente

Hace poco leí un texto que un buen amigo me compartió: La paradoja sexual (https://evolucionyneurociencias.blogspot.com.co/2017/10/la-paradoja-sexual.html), una reseña del libro del mismo nombre escrito por Susan Pinker, una psicóloga canadiense. La reseña la hace el psiquiatra Pablo Malo.

De acuerdo a Malo, “la tesis central del libro es que, según el feminismo, el hombre es el estándar y la mujer es una variación de ese modelo con añadidos por aquí y por allá” y la paradoja es “que, aunque se están eliminando las barreras, las mujeres (las que tienen más talento y libertad de elección) no están eligiendo lo mismo que los hombres y no se están comportando como clones de los hombres”.

Pues bien, en realidad esta paradoja es inexistente por varias razones. La primera de ellas es que se asienta sobre un presupuesto equívoco. El feminismo no es un movimiento unificado, al contrario, dentro de él se arropan posiciones muy diversas en torno al camino para lograr la emancipación de la mujer, por lo tanto es un error, o por lo menos una imprecisión, hablar de feminismo sin especificar desde cuál de ellos se está haciendo.

En segundo lugar, si bien el feminismo a secas no existe, ninguna de sus vertientes plantea que el hombre es el estándar o el modelo a seguir. En absoluto. Esa es una mala interpretación que se ha hecho. Lo que desde las diferentes posiciones se reclama es que las mujeres tengamos las mismas posibilidades y condiciones que tienen los hombres para desarrollar todas sus capacidades físicas, morales e intelectuales. Las mujeres no queremos ser como los hombres, algo además imposible porque somos biológicamente dos sexos diferentes, ni lo hemos tomado como patrón a seguir.

Tercero, y como consecuencia de lo anterior, las mujeres no pretendemos elegir lo mismo que los hombres; pretendemos que se creen las posibilidades y se den las garantías para que las mujeres podamos ejercer nuestra humanidad sin restricciones; luchamos porque el camino nuestro no sea más estrecho que el de los hombres, luchamos porque sea igual. En nuestras elecciones podemos o no coincidir con lo que eligen los hombres, pero ello no se debe, repito, a que deseemos copiar lo que ellos hacen y cómo lo hacen.

No, las mujeres no pedimos ni buscamos ser clones de los hombres, pedimos y buscamos la igualdad de oportunidades, el derrumbe de todas las restricciones que la sociedad nos pone por el hecho de poseer una vagina.

Ahora bien, para quienes creemos que efectivamente las elecciones que hacen las mujeres no son producto de su libertad sino que son guiadas sutilmente por la cultura y condicionadas por el sistema patriarcal, la afirmación que se hace en la reseña: “hoy el lavado de cerebro va ahora en la otra dirección, hay programas y libros en los colegios promocionando carreras de ciencias para las chicas…”, solo es válida en apariencia.

Habría que mirar con lupa cómo se está haciendo ese “lavado cerebral”. Solamente para dejar la inquietud les sugiero que miren el llamado que en el 2012 hizo la Comisión Europea (https://www.youtube.com/watch?v=zj–FFzngUk) a las chicas que estaban próximas a iniciar su formación profesional. Dicha institución mediante un “festivo” videoclip quiso llamar la atención de las jóvenes para que estudiaran ciencia, un llamado en sí muy encomiable y en otra dirección como diría el autor de la reseña, solo que para hacerlo la institución no hizo más que reforzar el estereotipo con el que se ha asociado a la mujer: belleza, banalidad, ligereza, diversión.

Mientras no se rompa el cascarón en el que nos han metido, nada de lo que “nos ofrezcan” puede resultar verdaderamente liberador. Lo que ha ocurrido es que se nos han duplicado las obligaciones, se nos han añadido más responsabilidades y nos hemos cargado de culpas.

Yo diría más bien que el “nuevo lavado cerebral” al que se refiere el autor, no tendrá ningún efecto mientras el “de ayer”, siga soterrado y subrepticiamente presente. El lavado cerebral “de ayer”, continúa, no ha sido reemplazado, convive con el nuevo. Por todos los medios se nos quiere encasillar en un rol típicamente femenino, el cual excluye las rudezas del mundo para las cuales no “fuimos creadas”.

En efecto, las mujeres intelectuales y altamente cualificadas sobre las cuales se realizó el estudio de la doctora Pinker, siguen atadas a su rol de madres, a su rol de cuidadoras. Las mujeres hemos incursionado en la ciencia, no ahora, desde siempre, pero con enormes dificultades, casi todas ellas derivadas de nuestra condición sexual. Algunas científicas, las más decididas, han fracturado con esfuerzo el cascarón y se han librado del destino de la maternidad y todo lo asociado a él (p.e. Rita Levi Montalcini); otras lo han ejercido al mismo tiempo que su profesión pero almacenando en su conciencia una carga enorme de culpa por no ajustarse al modelo de madre esperado (p.e. Maria Curie). Ni qué hablar de otros casos tristes, antes mencionados, que por asumir el rol esperado de ellas, desperdician toda su capacidad intelectual (p.e. Mileva Maric).

Al tiempo que se hace el llamado a la mujer a elegir la ciencia como profesión, la sociedad se encarga de recordarle que ante todo, ella es mujer, y primero lo primero.

Finalmente, queda claro para el lector de la reseña que el mundo en el que se mueven las grandes intelectuales, es bien distinto del que viven millones de mujeres, la mayoría. En este mundo, la “guerra de hoy” no existe, ellas están ancladas a “la guerra de ayer”. En este mundo de pobreza y carencias de todo tipo, a diferencia del Dr. Malo, yo sí conozco quien educa a sus hijas “diciéndoles que no estudien y que se dediquen a buscar un marido y a quedarse en casa” y no lo dicen por decirlo sino porque la realidad en que viven no les deja más opción. Yo creo que sí hay que seguir peleando la llamada por el autor, “guerra de ayer”, porque a diferencia de él, no considero que está ganada. Al contrario.

En fin, más que la paradoja sexual señalada en el texto, yo leo una realidad que sigue poniendo camisa de fuerza a la potencialidad de la mujer.

La sombra

Alta y avara de cuerpo, llevaba puesto como siempre, un vestido suelto que le permitía moverse sin tropiezo y ocultarse de ojos inquisidores. El blanco que la cubría de pies a cabeza la recortaba como una sombra del otro lado de la vida, como un fantasma iluminado en una noche de luna limpia. Sus brazos derrotados luchaban todavía por apartarla de todo lo que no fuera ella misma. Su cuello largo, pálido y estrecho sostenía con timidez su rostro negado, su cara escurrida, sus rasgos fugados. Sus diluidas líneas impedían adivinar cómo había sido su sonrisa, cuál había sido su geografía particular, qué caminos la surcaban. Sus ojos remotos y muertos no contaban nada. El ácido arrojado a su cara por una mano cientos de veces acariciada por ella, besada por ella, asida por ella, le había arrebatado en un segundo la vida entera.

Siento aguar la fiesta

Hace pocos días llegó a mi correo la invitación a leer el texto Mediatizar a Catalunya (http://blogs.elespectador.com/cultura/yo-veo/mediatizar-a-catalunya) escrito por el colega Diego Leandro Marín Ossa. El tema me interesó de inmediato así que no dudé en empezar la lectura.

Básicamente la idea que defiende el autor es que la contribución que pueden hacer los educadores y alfabetizadores mediáticos para modificar las cosas, “es mediar los textos, los discursos y los relatos que conducen a la acción transformadora del mundo”.

Bien, esta tesis y toda su argumentación tienen un fuerte tufillo posmoderno, tan presente hoy en las universidades y tan caro para muchos de sus intelectuales.

En efecto, una de las principales características del posmodernismo, esa moda intelectual ligada inicialmente a las artes, la cultura, la filosofía y luego extendida a las ciencias, especialmente a las sociales, es poner al lenguaje como categoría central de análisis de los fenómenos de la sociedad.

Creer que la realidad se transforma por medio del lenguaje, un planteamiento tan propio de los defensores del llamado “giro lingüístico”, es desconocer que el lenguaje es una representación de la realidad, es una mera simbolización que hacemos de ella para poder interactuar entre nosotros y entendernos. El lenguaje está subordinado a la realidad, si esta se transforma, cambiará el lenguaje, no al contrario.

Mostremos un ejemplo claro y sencillo de esto. Algunas feministas, seguramente convencidas de que si se cambia el lenguaje se transforma la realidad, se han dado en la tarea de ser inclusivas en el lenguaje. Así se pudo muy de moda en el discurso utilizar las siguientes fórmulas: bienvenidos y bienvenidas, niños y niñas, estimados y estimadas, los y las estudiantes… ¿Qué dice la realidad? Las cosas no han cambiado para las mujeres: la violencia, la discriminación, el estigma de inferioridad siguen indemnes y seguirán presentes en nuestra cultura mientras ésta siga siendo una sociedad patriarcal. La inclusión en el lenguaje no ha modificado la exclusión de la mujer, no ha transformado su realidad.

Ahora bien, el lenguaje es por supuesto, un reflejo de cómo piensa, vive y actúa una determinada cultura y por ello, es siempre parcial. Y en eso sí tienen la razón las feministas cuando hacen la crítica al lenguaje. Lo que refleja el lenguaje que tanto las incomoda, es la ideología machista de esta sociedad. El problema es que buscan la solución donde no está. Repito, para que el lenguaje deje de expresar el patriarcalismo, hay que acabar con éste y no es cambiando el lenguaje como lo vamos a lograr.

Siguiendo esta línea de poner al lenguaje como protagonista, Diego en su texto afirma que “cada historia está hecha de palabras”. No, no confundamos las cosas: la historia se hace con acciones, con hechos. Las palabras relatan la historia, la cuentan y lo hace de diferentes maneras porque el lenguaje lo que permite es trasmitir la interpretación que de ella hacemos. En otras palabras, aunque la historia necesita del lenguaje para ser contada, existe independientemente de éste.

De otro lado, pareciera que para el autor los cambios sociales y culturales a los que estamos llamados los seres humanos, se hubieran efectuado y según su línea de pensamiento, se seguirán efectuando, de modo dialogado, concertado. En sus palabras, “… el Estado… lo transforman (sic) las sociedades que participan del diálogo y modifican lo que a su parecer les permite asegurar su vida satisfecha y en paz”.

Nada más lejano a la realidad. Los cambios sociales trascendentales en la sociedad humana han sido producto de guerras, de lucha, de violencia. La historia, esa que está contada a través del lenguaje, da cuenta de ello. Ninguna transformación ha sido pacífica ni concertada. Sí tiene razón el autor cuando dice que al Estado lo transforma la sociedad, es decir, nosotros los seres humanos, pero no mediante el diálogo. Eso no ha ocurrido.

Enseguida Diego asegura que en la tarea de transformar el Estado todos participamos de diferente modo y todo ello “está orientado al bien común, por lo que no siempre todas las necesidades individuales quedarán satisfechas, y la sociedad y sus instituciones tendrán que arreglárselas para que cada ciudadano tenga la capacidad de transformar su mundo y adaptarse al cambio”.

Si la transformación del Estado en la que el autor dice que todos participamos se refiere al acto de votar, en nuestro país este ejercicio no es más que una pantomima porque los votos se compran, porque los políticos se reciclan, porque existe una maquinaria aceitada por los partidos tradicionales y patrocinada por los empresarios más ricos. El Estado ha sido creado para proteger los bienes y honra de quienes han manejado este país desde los días de la patria boba.

Por esto mismo los ciudadanos, es decir el pueblo, no tienen satisfechas sus necesidades individuales y muchos de ellos viven en la pobreza absoluta, sin ninguna opción de “transformar su mundo”. En cuanto a la exigencia de “adaptarse al cambio”, entendiendo por cambio “… incorporar la norma, el lenguaje, la historia, pero a la vez protagonizar los cambios sociales y culturales que exige el grupo al que pertenecemos…”, los ciudadanos a los que no les alcanza el bienestar, están más que adaptados, porque el sistema no admite otras normas, otro lenguaje y otra historia que la establecida, todo lo que vaya en otro sentido se señala y criminaliza. Del mismo modo, cuando estos ciudadanos quieren ser protagonistas de los cambios sociales, se les persigue, se les desaparece o se les elimina.

Para terminar, no entiendo si el objetivo del lenguaje y de “la educación y la alfabetización mediática” es al fin modificar las cosas, es decir la realidad, o, “recuperar la estabilidad simbólica en la sociedad mediatizada”, objetivo este que confieso no logro descifrar.

En fin, siento aguar la fiesta de los comentarios elogiosos del texto citado pero a mí no solo me confundió sino que además no me aportó ninguna pista para entender el complejo fenómeno social por el que atraviesa Cataluña.