El valor de la crítica

El mes pasado leí la columna de Gustavo Colorado Grisales titulada La Trampa Eterna en la que hace una crítica a su gran amigo Matador, el caricaturista pereirano. El texto me gustó no por el tema que desarrolla, del cual no puedo en realidad lanzar ningún juicio pues no he seguido la trayectoria de Matador porque las pocas caricaturas que alguna vez revisé de él, no me gustaron. Realmente son pocos los caricaturistas que admiro y disfruto. El humor no es fácil y el mejor no abunda.

Lo que me llamó la atención de la columna fue su propósito: hacer una crítica y a ello quiero referirme, al valor intrínseco que ésta entraña.

La crítica, bien lo sabemos todos, no es fácil de asimilar porque por ligera que esta sea de alguna manera nos sentimos lastimados en nuestro ego, sin embargo, ella es necesaria para el desarrollo personal, para crecer como seres humanos y para avanzar profesionalmente.

Sin la crítica enmoheceríamos inevitablemente, nos estancaríamos por entero.

La crítica sacude, despierta, alerta, nos invita a mirarnos con otros ojos, a examinar profundamente nuestro actuar y pensar, a poner en cuestión nuestras ideas y creencias. Es también una provocación, un llamado, una incitación al cambio, un sutil recordatorio de que permanecemos en construcción.

La crítica nos lleva a la reflexión. Nos obliga a interrogarnos. Nos impele a volcarnos sobre nosotros mismos. Nos activa, nos mueve, nos despierta, nos pellizca.

La crítica, guiada por la razón y la lógica, ayuda a ver aquello que de otro modo permanecería invisible, de ahí su valor, de ahí su importancia. Aunque dolorosa e incómoda en muchos casos, es preferible a permanecer acomodados y tranquilos.

Es la crítica y no el aplauso complaciente la que nos hace avanzar. Es la crítica y no la lisonja la que nos saca del conformismo. Es la crítica y no la aceptación pasiva de lo existente, de lo dado, de lo hecho, de lo pensado, la que ha contribuido al progreso de la sociedad.

Finalmente, la crítica realizada por nuestros amigos no es más que una demostración y una prueba más de afecto sincero.

Los niños, los más indefensos

Toda violencia, psicológica o física, daña. La violencia intrafamiliar daña a todos los integrantes de la familia, sea que esta se ejerza contra la mujer o contra los hijos, de ahí la gravedad que socialmente reviste esta problemática.

La violencia es además, como ya lo hemos dicho en muchos otros escritos, una manifestación de poder y en términos generales y tradicionales, el poder en el ámbito familiar ha sido detentado por el hombre.

Pues bien, a pesar de que la violencia intrafamiliar recae en la mayoría de los casos sobre los integrantes de la familia como y se dijo, mujer e hijos, el daño más importante y más lesivo, lo reciben los niños por su condición de vulnerabilidad extrema.

Los niños, incluso los jóvenes, son los más vulnerables dentro del hogar por su dependencia psicofísica y económica de sus padres en el primer caso y, casi exclusivamente económica, en el segundo.

Los niños de ambos sexos son pues seres indefensos, necesitados de protección, afecto y guía. No son seres humanos completamente desarrollados y por lo tanto no pueden ni asimilar ni defenderse de la misma manera que los adultos. Esta total indefensión los convierte en víctimas fáciles de todo tipo de violencia y abusos, entre ellos, el sexual.

Ahora bien, el sexo en todas sus manifestaciones, es agradable y saludable cuando es consentido y además placentero para quienes lo realizan. Cuando es producto de una decisión mutua. Condiciones que definitivamente no aplican para los niños. Estos no tienen ni la consciencia ni la capacidad para acceder a ningún tipo de expresión sexual. Solo mediante el engaño o la coacción los niños son involucrados en prácticas sexuales, prácticas por completo ajenas a su sentir, a su desarrollo cognitivo y físico.

Los niños se encuentran así pues expuestos a los depredadores sexuales que se hallan en su entorno familiar en medio de una total impotencia y soledad porque en general o son amenazados por sus victimarios, o no se les cree, o, en el peor de los casos, no son objeto de atención por los demás miembros de la familia sencillamente porque no importan.

En verdad es muy doloroso saber, si nos atenemos a las cifras más recientes arrojadas por Medicina Legal, que en nuestro país se producen 48 abusos sexuales por día en niños de entre 0 y 17 años de edad. Cifras que por supuesto solo son un pálido reflejo de la realidad puesto que son muchos los casos que no se denuncian. Son muchos los niños que viven la tragedia del abuso en completo silencio y soledad; niños a los que se les está destruyendo su vida sistemáticamente; niños inmersos en la más brutal indiferencia de la sociedad y del Estado.

Esta indiferencia que en la sociedad se debe también a la impotencia para actuar y en el Estado, muchas veces, a la inoperancia de las instituciones encargadas de vigilar estas situaciones, no hace más que facilitar al abusador su ejercicio depredatorio.

No soy especialista en el tema pero estoy convencida de que la única solución para que un niño no siga siendo abusado es apartarlos del victimario. En este como en otros casos, no es posible y no funciona aplicar terapias psicológicas para ayudar al niño si éste tiene que seguir conviviendo con su victimario. Tampoco es posible ni lógico, como propuso un docente en medio de una búsqueda colectiva de acciones y soluciones para acabar con este flagelo en San Isidro (Puerto Caldas), “empoderar” a los niños para que superen la situación.

Si por cualquier razón (económica, política y social), el abusador no puede ser penalizado judicial y socialmente y el niño debe permanecer en el mismo lugar que éste, no hay otra salida que apartar al niño, sacarlo de ese entorno malsano.

La solución resulta sin embargo, muy compleja, lo sé, sobre todo cuando el abuso se da en los sectores más pobres de la sociedad. ¿Quién se haría cargo de esos niños? ¿Bienestar Familiar, una institución de dudoso desempeño en estos casos?

¿Qué podemos hacer nosotros? ¿Qué puede hacer la sociedad? No tengo la respuesta pero sí creo que el tema debería preocuparnos por encima de cualquier otro porque no podemos seguir tolerando una sociedad en la que los niños son dejados a su suerte.

post

El escape

Recuerdo el momento exacto en que el mundo comenzó a ser más grande. Yo acababa de entrar a casa y al instante de ganar el primer peldaño de una escala que da acceso al segundo piso, miré hacia arriba y de repente tuve la extraña pero precisa impresión que la casa era más amplia. Sentí o que me sobraba espacio o que me hacía falta más cuerpo. Inmediatamente vino a mi memoria el recuerdo de la sensación que con frecuencia me llegaba en ciertas noches antes de dormir: ante mis ojos ya cerrados y preparados para el sueño aparecía, de entre la oscuridad, la imagen de una mano con la palma vuelta hacia mí, aproximándose a mi rostro, haciéndose cada vez más grande en este recorrido mientras que el resto de mi cuerpo se iba disminuyendo. Yo sentía entonces que esa mano, que me resultaba ajena aun sabiéndola mía, podía tragarme toda: mis pechos se convertían entonces en dos diminutos puntitos, mi abdomen se adelgazaba hasta desdibujarse y el resto de mi cuerpo se reducía a tal extremo que todo él podría caber, sin ningún problema, en la palma de mi mano que permanecía gigante y amenazadora. Hasta allí llegaba esa visión. Yo quedaba suspendida en el vacío, pequeña, inerme, totalmente a merced de la voluntad de mi mano.

Dejé de lado mi recuerdo e intenté subir el escalón que tenía al frente pero me fue imposible alcanzarlo. Mi pie resultaba tan pequeño que dudé que pudiera llevarme a algún lado. Miré nuevamente hacia arriba, al final del camino que me quedaba por recorrer y con terror lo hallé distante, la escala parecía haberse alargado. Comprobé con mis ojos asombrados cómo todo había perdido su tamaño. El cuadro que estaba colgado en la pared del descanso, al final del primer tramo de la escala, se encontraba tan lejos de mí que apenas si lo distinguía, la enorme maceta que lo acompañaba, con dificultad se dibujaba. Cada objeto se encontraba tan separado uno del otro que no lograba adivinar su talla exacta. Intenté gritar pero mi voz se perdió, no salió de mi boca. Con angustia pensé que el mundo se estaba escapando y yo iba a quedarme sola. Desistí de la intención de llegar al segundo piso y decidí salir, al fin y al cabo, la puerta debía hallarse a mi espalda puesto que no había podido pasar ni siquiera del punto inicial de mi llegada. Giré con la esperanza de ver la puerta pero ésta también se había alejado, escasamente podía adivinarla. Desesperada miré a todos lados pero ya no encontré límites, era como si todo se hubiese esfumado. Empecé a caminar en dirección hacia la que suponía debía ser la salida en medio de esa inmensidad pero no la encontré. La angustia me devoró. Corrí, corrí desesperada ¿hacia adelante?, corrí lo más rápido que pude, corrí sin detenerme sobre un piso que también sentí alejarse de mí. De repente ya no estuve tan segura de estar sobre tierra firme, más bien me pareció que volaba sobre una estela blanca, pero cómo saberlo si la luz ya no me mostraba nada y yo parecía no existir. Me detuve, era inútil seguir, mis ojos no encontraban ningún objeto al cual aferrarme, el mundo me había abandonado.

No sé cuánto tiempo transcurrió sin que sucediera nada, lo único cierto era la angustia que me carcomía. Cerré fuertemente los ojos con la esperanza que al abrirlos todo estuviera en su lugar. Imaginé, con morbosa delicia, cómo disfrutaría el ver de nuevo mis viejas cosas: el sofá de flores, la mesa que fielmente le hace compañía, la lámpara, los cuadros, el tapete… todo se me antojaba nuevo y hermoso en la imaginación, hasta el más simple, pequeño, raído, sucio, olvidado y feo de mis objetos; todo sería recibido por mí con la alegría de la primera vez, con la festividad del reencuentro; el mundo, pedazo a pedazo, sería recreado por mí. Abrí muy despacio los ojos con el propósito de prolongar el momento de enfrentarme a la verdad. Invariablemente todo seguía igual. Continuaba sola sin nada a mi alrededor, perdida en la claridad. Yo insistía sin embargo en arrancarle alguna forma al vacío pero el esfuerzo resultaba inútil. Tenía conciencia de ser pero mi cuerpo no estaba. Todo era vacío. Ni tiempo ni espacio, no había nada, excepto la certeza de estar y una insoportable sensación de eternidad.

Algo sucedió entonces. De repente, vi la puerta que antes no estaba, el cuadro, la escala, la maceta, todo reposaba otra vez en su sitio. Fue como si hubiese nacido por segunda vez. Quise subir de prisa al encuentro del mundo que creí perdido. Gané peldaño tras peldaño pero me tardé tanto en llagar al segundo piso que quedé exhausta. Con dificultad alcancé el sofá de flores y me acomodé sobre él. Eché una ojeada, todo estaba en orden, sin embargo al momento de agarrar un cigarrillo de la pitillera que permanecía sobre la mesa, debí realizar un gran esfuerzo, ¡estaba tan lejos! Fumé saboreando a plenitud cada pitazo que di, necesitaba descansar para poner mis ideas en orden. Algo había sucedido, el mundo parecía el mismo pero al momento de vivirlo se hacía esquivo. Tuve de nuevo la sensación de estar disminuida a pesar de encontrar que mi cuerpo, ahora, tenía la talla normal. Los objetos habían regresado pero de una manera distinta. Yo misma me sentía diferente. Las formas estaban de nuevo cerca de mí pero al tratar de tomarlas con mi mano, se hacían distantes.

A partir de ese momento, todo cambió en mi vida. Desde entonces cada día resultó para mí un combate feroz entre mi deseo y necesidad de permanecer, y el extraño empeño de la vida por excluirme de ella. Para ir a cualquier lado de la casa debía recorrer una distancia impensable, para agarrar un objeto o realizar cualquier movimiento me demoraba una eternidad. Hasta la más mínima y simple acción que pretendiera realizar demandaba de mí tanto esfuerzo que la fatiga me ganaba aun antes de comenzarla, cada acción me exigía un penoso trabajo. Era una tortura habitar en un mundo que se mostraba renuente a dejarse vivir.

No pude volver a salir de la casa. No intentaba ni imaginarme cómo haría para moverme en el amplio espacio del mundo exterior cuando en el estrecho en el que yo habitaba, me resultaba tan penoso hacerlo, por otra parte la situación empeoraba con correr del tiempo. El espacio se había dilatado tanto que hasta los pensamientos debían recorrer un largo camino para llegar completos y precipitarse a mi boca. Sin quererlo me vi obligada a aislarme de todos, perdí todo contacto con el mundo.

El único terreno ajeno a esta “nueva manera de existir”, fue el del sueño. Cualquier cosa que sucedía allí tenía la dimensión de lo real, sucedía con el ritmo normal. En los sueños, mi relación con el mundo era próxima y natural otra vez. La vida seguía su curso conocido. Mis pasos, mis pensamientos, mis acciones, los objetos… todo tenía el peso, la posición, el tamaño sabido. Los sueños se convirtieron para mí en el único escape posible, por terribles que fueran los prefería a ese vivir casi ausente.

Y fue precisamente, allí, en el último de mis sueños, en donde pude rescatarme de manera definitiva: regresé, no sé si por fuerza de mi deseo o por cuestión del azar, a la claridad absoluta, al momento exacto en que dejé de ser, en que no había nada, pero esta vez algo me envolvió y yo quedé instalada para siempre en este otro lado de la vida que se parece tanto a aquella otra que ya no extraño.

Desde el otro lado

El centro comercial, esa caja enorme de cristal a través del cual se podía ver un mundo limpio, perfecto, lleno de colores y olores exquisitos, estaba más lindo que siempre porque todo él era una explosión de luz y música. El trencito que recorría todo el primer piso estaba también más bello que nunca y su conductor, vestido de rojo y blanco, ahora parecía más amable y alegre: reía y tomaba en sus brazos a los más pequeños para después dejarlos instalados en una de los puestos anhelados de ese mágico tren en el que se repartían dulces y se daban vuletas al ritmo de los villancicos.

Afuera y pegado al cristal lo más que podía, un niño de pelo revuelto, mal vestido y con unos tenis rotos en la punta por la que se asomaban sus dedos, devoraba las imágenes que veía. Su mirada no se apartaba ni un instante de ese trencito al que deseaba subirse pero no le dejaban hacerlo. A pesar de estar allí, al alcance de sus pasos, ese mundo le era ajeno y tenía que contentarse solo con contemplarlo y soñar con él, de la misma manera que lo hacía con los juguetes maravillosos que exhibían las vitrinas y los comerciales de televisión.

6

Toda muerte es siempre una muerte doble. Una personal y una colectiva. Tú moriste y ya no estuviste más para nosotros, pero al mismo tiempo, cada uno de los que habitábamos en tu memoria dejamos de existir para ti en el momento exacto que cerraste finalmente los ojos.