Ellas

Caminaba sin dificultad montada sobre unos tacones muy altos que la hacían ver más espigada de lo que en verdad era. Sus piernas largas y delgadas estaban expuestas casi por completo pues la minifalda roja que llevaba puesta escasamente le cubría un poco más abajo de sus caderas. Su torso se dibujaba con gran fidelidad bajo una blusa elástica de color negro y generoso escote. Su cuello blanco sostenía una cadena cuyo dije era una especie de saeta plateada que apuntaba sin equivocación al nacimiento de sus pechos. Su cabello dorado, largo y lacio caía sobre sus hombros libremente. Sus brazos desnudos terminaban en unas manos bien cuidadas de uñas muy largas. En su rostro, sepultado bajo una capa gruesa de maquillaje, se destacaban sus labios brillantes y rojos así como sus ojos enmarcados por unas cejas repintadas y unas enormes pestañas que parecían pesar una tonelada por las numerosas capas de rímel puestas sobre sí.

Iba a encontrarse con un amigo.

No llegó a su destino. Fue arrastrada por un hombre que amparado por la oscuridad, la derribó con fuerza, le arrancó su ropa interior y la agredió hasta quedar saciado.

Vestía de negro de pies a cabeza. Caminaba sepultada bajo una túnica amplia que ocultaba su cabeza, su rostro, su cuerpo. Parecía, como muchas, un fantasma, una aparición, una condenada camino al cadalso. El único pedazo de piel que dejaba ver era el de sus manos. Ni siquiera sus ojos podían verse porque una rejilla de tela los cubría. Su figura resultaba un total enigma para los ojos ajenos. Caminaba con afán junto a las otras que como ella, parecían sombras chinescas en medio de una puesta en escena. Bultos negros diferentes solo por el tamaño. Bultos negros sin edad, sin gestos, sin identidad.

Iba a visitar a su hermana enferma.

No llegó a su destino. Al cruzar por una calle estrecha y solitaria, la última que le faltaba para llegar, fue agarrada por un hombre quien después de golpearla, le desgarró su ropa interior y la agredió hasta saciarse.

Despedida

Y se marchó con mi sombra y su dolor
y de sí huyeron su pequeña e importante alegría de saberme sola
tal vez recordándolo
de saberme allí, a su lado, aun sin palabras pero mejor con ellas
mejor con amor te quiero, deseo volver a ti.
Aun sin palabras con mi presencia le bastaba para ser un poco menos desdichado
para tener un poco más de fe
para evadir la soledad que yo le regalé
y que él aceptó con lágrimas y con la certeza de que esa vez era para siempre.

Una sociedad de mierda

A la prostitución llegan las mujeres, en su mayoría, impulsadas por las necesidades económicas o por la coacción que sobre ellas ejercen quienes tienen el poder de hacerlo. No es cierto que ellas elijan esa vida porque les gusta, eso hace parte de la justificación que da la sociedad para tolerar su existencia.

Esas explicaciones burdas y sin sentido que apelan al gusto de las mujeres por el sexo de igual manera que por la violencia (a las mujeres les gusta que las traten mal, que les peguen), no son más que mitos creados para justificar la explotación y opresión de las mujeres.

En ambos casos, el de la prostitución y la violencia, lo que hay detrás de ellos es la vulnerabilidad, el miedo y la falta de oportunidades para salir de ambas situaciones. Por supuesto que existe el masoquismo como una patología que afecta a muchos seres humanos, pero esa es otra razón que no puede convertirse en la explicación de la persistencia de los dos fenómenos.

Tanto la violencia como la prostitución son el resultado lógico de una sociedad que subordinó la mujer a la voluntad del hombre.

Ahora bien, no hay que confundir la prostitución con la promiscuidad. Hay mujeres promiscuas, sí, pero eso no las hace prostitutas y sin embargo a aquellas también las desprecia la sociedad, a tal punto que las llama despectivamente putas, sin serlo.

Y es que la sexualidad femenina ha sido valorada socialmente con un rasero bastante estricto y particular: a la mujer se le condena cualquier iniciativa sexual, se le exige el ejercicio de su sexualidad con un solo compañero, se le cuida con gran celo su virginidad, se le priva de su libertad sexual. No pasa así con la sexualidad masculina.

Aclaremos: las prostitutas son aquellas mujeres que venden un servicio sexual por dinero y en casos extremos de pobreza, por comida. Al menos la mayoría, lo repito, lo hace por necesidad, porque no encuentran otra manera de sobrevivir, no porque les “encante” el sexo.

Ya lo he dicho antes en otras columnas, el sexo es placentero pero cuando hay condiciones para que lo sea y la prostitución no genera precisamente tales condiciones, entre otras cosas, porque la mujer que se vende está sometida a los términos de quien la compra, está para satisfacer los deseos del cliente, no los propios.

Por supuesto que existen mujeres que llegan a la prostitución por otras razones, porque quieren dinero rápido y una manera de obtenerlo es venderse al mejor postor. Modelos y actrices famosas, “niñas bien”, se prostituyen para obtener más dinero, más comodidad, más lujo. Aunque gozan de un estatus económico bueno quieren vivir en la opulencia, en el mundo de fantasía que la cultura ha creado.

Pero ese no es caso de la mayoría de mujeres, sobre todo de las que proceden de países pobres como el nuestro en los que la miseria lanza a millones a la prostitución y en los que el turismo sexual es uno de sus principales atractivos, lo que no es más que la oferta de explotación sexual de seres humanos para el solaz de los visitantes.

Por supuesto, la competencia de este lucrativo negocio ha llevado a que se ofrezcan paquetes cada vez más “completos” de diversión, lo que incluye además de sitios hermosos, droga, rumba y sexo. Por eso no resulta extraño a pesar de lo aberrante, que haya surgido una nueva manera de entretenimiento sexual llamado el “tour de la violación”.

En la búsqueda de lo exótico, fantástico e inimaginable para atraer a turistas extranjeros, se ha creado una pervertida y demoledora forma de ofrecer sexo: drogar a jóvenes sometidas a la prostitución, desde los 12 años en adelante, administrarles sustancias usadas para avivar en los animales el deseo de reproducción, y soltarlas en la madrugada en campo abierto para que los turistas salgan a perseguirlas y a accederlas sexualmente incluso entre varios.

Esta práctica que al parecer está siendo realizada en Cartagena por turistas israelíes principalmente, utiliza jovencitas prostituidas, las cuales son engañadas para lograr reunirlas en un sitio y prepararlas, sin que ellas lo sepan, para el tour.

El hecho además de escabroso, denigrante, infame, vejatorio, cruel al extremo, es una muestra de la degradación de la mujer en la sociedad, es una prueba fehaciente de que en esta cultura patriarcal, la mujer es solo un objeto a pesar de todos los discursos que lo niegan.

Lo peor de todo es que esas niñas y adolescentes lanzadas a la prostitución no le importan a nadie porque pertenecen a los sectores más deprimidos de la sociedad; hacen parte de los ninguneados, del ejército de reserva para la explotación; son la cloaca de una sociedad a la que no le duele que millones de seres en el mundo se les trate como mierda.

Una sociedad que permite se negocie con la necesidad y el daño de los más débiles, con el dolor ajeno, es no solo una sociedad asquerosa sino inviable.

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El indeseado

Después de un largo silencio que ya nos dolía a todas, me aventuré a decir en voz alta lo que llevaba pensando por muchos años: bueno, y por qué en lugar de lamentarnos cada vez que él nos lastima y de repetir las mismas quejas de siempre, no pensamos en poner fin a esta situación.

Todas me miraron esperando que me explicara mejor. Hay que librarnos de su presencia y para siempre, dije sin vacilación.

¿Y cómo? Preguntó Ana.

En tono más confidencial les dije: de la única forma definitiva que puede hacerse.

Fue Elsa quien con voz nerviosa dijo, la única solución definitiva que conozco es…

La muerte, susurré yo. Esta idea no es nueva, continué hablando ante las caras estupefactas de mis dos hermanas, desde hace mucho la vengo pensando. Ustedes no saben de él muchas cosas que yo sé y probablemente yo no sé muchas que mamá calla. No es justo para ninguna de nosotras seguir soportando su presencia.

¿Estás loca? Interrumpió de nuevo Elsa, estamos hablando de un…

Sí, lo sé, corté yo, pero díganme ¿hay otra forma? Además…

Yo también… lo he pensado, dijo repentinamente Ana, pero…

Es horrible, yo no sería capaz, farfulló Elsa.

Yo tengo una idea pero necesito ayuda, dije en tono muy bajito.

¿Qué clase de ayuda?, preguntó Ana.

Ya les diré a su tiempo, concluí.

Yo no podría ayudarte sentenció Elsa.

¿Pero puedes apoyarnos y prometer no decirlo nunca a nadie? No tienes que hacer nada más, te lo juro, le respondí.

Claro que lo hará. Ella lo hará porque está tan hastiada como nosotras, ¿verdad Elsa? Agregó en tono suplicante Ana.

Elsa hizo un gesto afirmativo. Luego añadió, solo haré eso, callar, nada más.

De nuevo el silencio pero esta vez tenía un sabor diferente. Habíamos acabado de hacer un pacto. Cada una de nosotras tenía numerosos motivos para aceptar lo que yo proponía, y si no fuera suficiente con eso, estaban las razones de mamá y esas sí eran contundentes.

Nuestra casa se había convertido en un infierno y él era el demonio. Cada vez que llegaba a casa traía consigo el invierno. Su presencia hacía que la atmósfera pareciera más densa, el espacio se estrechara, las palabras se enredaran en la boca y nuestra respiración se hiciera fuerte y difícil.

Ante su presencia hablábamos lo estrictamente necesario. No nos permitíamos ningún atrevimiento, era como si todas nuestras voluntades se apagaran. Yo tenía la convicción de compartir con todas el anhelo que las horas corrieran a prisa para que el pretexto de la noche nos salvara de encontrarnos con sus ojos, con su voz, con su presencia, con su mano recia. Sólo a mamá le era negado este descanso. En ella sabíamos la angustia de la oscuridad pues la noche le significaba la reducción total de su espacio y el abandono de su cuerpo a la voluntad de otro que no le consultaba su deseo. Nosotras no necesitábamos palabras para saber lo que mamá sentía, sólo bastaba con mirar la angustia de sus ojos para comprenderlo todo.

Ana y yo fuimos evaluando y puliendo mi plan ante el silencio de Elsa. El asunto central, la forma, no era tan complicada, más o menos ya lo teníamos resuelto; dependíamos de la consecución de una droga a la que yo fácilmente, con un poco de astucia, podría tener acceso en el hospital. Lo que más nos inquietaba, era que el suceso resultara limpio, rápido y, sobre todo, ‘natural’. Además, estaba claro para nosotras que no podíamos cometer ningún error.

Ya estaba decidido que yo fuera quien le arreglara a él su desayuno ese día y que todas actuaríamos como siempre hasta que yo diera la voz de alarma. Yo no tenía miedo sino de ser descubierta por mamá antes de que pudiéramos lograr nuestro cometido pues estaba segura que ella a pesar de toda una vida de sufrimiento junto a él, jamás aprobaría nuestro plan, así que había que hacer las cosas muy bien y sin equivocación para que ella no sospechara nada.

Durante el velorio tuve mucho temor por mis hermanas, me preocupaba que Elsa no fuera capaz de cumplir su promesa de silencio y lo echara todo a perder. También tenía miedo de que nuestras miradas o cualquier gesto, alertara a alguien, que cualquier cosa nos delatara.

El sepelio fue mucho más largo de lo esperado, el tiempo parecía obstinado en deslizarse con una pereza exasperante. Me sentía en verdad extenuada, el día había resultado muy pesado y la excitación había sido muy fuerte sobre todo en el momento de espera en que el doctor emitiera su dictamen acerca de la causa de la defunción. El alivio sentido cuando éste resultó como esperábamos no disolvió por completo la ansiedad que me contenía, quería que el tiempo volara y todo esto que estaba ocurriendo fuera, lo más pronto posible, cosa del pasado.

Cuando por fin llegamos a casa después del entierro y tratábamos de hacer lo acordado: evitar cualquier comentario sobre lo que había pasado, no cruzar nuestras miradas y fingir con nuestro silencio un dolor por lo menos creíble, nos sorprendió la llamada de mamá a su cuarto. El pánico se apoderó de todas cuando la encontramos sentada sobre su cama con el frasco de la droga que yo había utilizado para el ‘plan’, y aunque su rostro no dejaba vislumbrar reproche o furia, yo sentí que todo se venía abajo, que en nuestro perfecto plan yo había cometido el peor de los errores, dejar al descubierto la evidencia mayor.

Mamá era una mujer bastante religiosa. Ella, igual que su mamá y su abuela y bisabuela y tatarabuela y… se sentía obligada a sobrellevar con resignación la vida que como mujer le había tocado. Ellas habían sido enseñadas a aguantar y a cargar en silencio la cruz del matrimonio. Ella, al igual que todas sus antecesoras, era capaz de soportar una vida oscura y de constante maltrato en obediencia a unas leyes divinas que le impedían cualquier manifestación de desacato. Ella tenía bien aprendido que su marido era quien ordenaba y disponía todo, era él la cabeza del hogar y su palabra era la última. Si ella había descubierto nuestro plan, de seguro que estábamos perdidas.

No había yo aún acabado de asimilar la situación y de fabricar en mi imaginación una excusa convincente y apropiada para explicar la presencia de ese frasco, cuando escuché su voz diciendo: “gracias a Dios que lo descubrí antes de que el médico pudiera verlo”.

Lo mismo de antes

Nuestra sociedad es realmente paradójica. A pesar del avance y progreso científico y tecnológico, las ideas que circulan y rigen la sociedad siguen siendo en gran parte, las mismas de hace miles de años: la sociedad sigue creyendo que los dioses son los causantes de todo cuanto ocurre en la tierra y los discursos sobre el sexo, el amor, la muerte, las relaciones humanas, lo malo y lo bueno son casi idénticos a los que se han pronunciado en el más remoto pasado.

Un buen ejemplo de ello puede encontrarse en la descripción precisa y detallada en la novela histórica Sinuhé, el egipcio del escritor finlandés Mika Waltari, de la vida cotidiana en el antiguo Egipto. Los parecidos con la actualidad son impresionantes. En su descripción de las creencias y pensamientos de la gente de la época, guardadas proporciones, parece estar hablando de nuestra sociedad.

Así pues, en muchos aspectos, puede afirmarse que la sociedad actual sigue atada a principios y mandatos prejuiciosos haciendo caso omiso de las explicaciones racionales y lógicas dadas por la ciencia, explicaciones que demuestran, con numerosas evidencias, lo errático y sin fundamento de buena parte de las creencias populares.

Es por ello que en los tiempos de mayor información y conocimiento del mundo que nos rodea, millones de personas siguen creyendo en mitologías e irracionalismos de toda laya; la moral sigue rigiéndose por relatos mágicos, leyendas y mitos del pasado; la pésima educación pública, la nefasta influencia de las religiones, el control de la información masiva y la banalización de la realidad a través de la “cultura” del entretenimiento, son estrategias todavía utilizadas por los dueños del poder para evitar que el resto de humanos se acerque a la verdad, mire con ojo crítico la realidad que lo circunda, reflexione y actúe; se sigue amenazando a quien ose pensar o poner a pensar a los demás; se continúa estigmatizando a quien piensa diferente; se sigue señalando al que no sigue el camino trazado…

Sí, las viejas ideas siguen reinando en los tiempos modernos y cuando se logran avances, toda la godarria y sus influyentes aliados, buscan la manera de burlarlos y revertirlos. Los derechos obtenidos con la lucha por la clase obrera, las mujeres, los homosexuales, los pueblos nativos, los afros…, los llamados derechos civiles como la libertad de expresión, de pensamiento, de asociación, de movimiento, de culto… y ni qué decir sobre el derecho a la vida digna, son permanentemente vulnerados y en muchos casos, borrados.

En la actualidad hay una oleada mundial de entronización del conservadurismo más radical y una tendencia a suprimir, por cualquier medio, las ideas más progresistas tanto en lo cultural como en lo socio-económico. La mayor paradoja es entonces que mientras la tecnología avanza hacia adelante con pasos agigantados, las ideas que se pretenden imponer sobre el comportamiento humano van hacia atrás hundiéndose en una peligrosa oscuridad que se creía ya superada.

Es por eso que hoy en buena parte del globo terráqueo la censura está de pláceme en la cultura: el arte, la literatura, los medios de comunicación, la expresión gráfica…; mandatarios consideren que guiarse por la Biblia les asegurará un buen gobierno; el patriarcado, el racismo y la xenofobia sean parte de las políticas elegidas para gobernar los países más poderosos.

La represión frontal o solapada de la derecha extrema sigue, como en tiempo antiguos, prohibiendo textos, matando líderes sociales, descolgando desnudos de museos, callando voces inconformes, limitando el pensamiento, amenazando con fábulas de castigo divino, sometiendo voluntades, paralizando acciones, avivando el miedo.

Indudablemente en los últimos cinco mil años ha cambiado mucho la faz de la tierra pero no desgraciadamente el pensamiento humano, no la cultura del terror y la ignorancia que tan cara y útil resulta a los poderosos. El conservadurismo más extremo sigue ganando la batalla y triunfará sino reaccionamos.