De oídas, 1

Cuando acabó su almuerzo, don Rogelio se levantó con la lentitud propia de una persona de su edad, bastante avanzada, y de su corpulencia, alta y obesa. Se dirigió con paso lento al cuarto de baño del lujoso restaurante y después de desfogar las urgencias de su vejiga, se aproximó a uno de los lavamanos. Con parsimonia lavó muy bien sus manos y luego sin preocuparse de quien lo estuviera observando, extrajo con toda naturalidad, su caja de dientes. La tomó con delicadeza y casi con amor, empezó a lavarla. De repente un niño que estaba en el lavamanos contiguo, soltó la pregunta con un evidente tono de asombro: ¿usted puede sacarse los dientes? Don Rogelio, con la caja de dientes en sus manos, sin dar muestra de sorpresa alguna, se la puso de nuevo, abrió bien la boca para que el chico pudiera verla perfectamente ajustada dentro de su boca y de nuevo la sacó para seguir con su limpieza. Ante el rostro admirado y aterrado del niño que seguía mirándolo sin pestañear, le contestó: ¿Y es que tú no puedes sacártelos? El niño muy asustado salió corriendo del cuarto de baño.

¿Orgullo gay?

No hay acto más anodino que sentirse orgulloso de algo que no se busca, de algo que simplemente es sin el concurso de la voluntad. Uno no dice me siento orgulloso de tener dos ojos, a lo sumo diría me siento feliz. Nadie se siente orgulloso de ser humano o alto o flaco o lo que sea que no se haya elegido. Se siente contento o descontento pero nada más. Uno se siente orgulloso de aquello que ha construido con esfuerzo, con paciencia, con tenacidad, con persistencia.

Por esta misma razón resulta un sin sentido que una hembra humana o un heterosexual dijeran sentirse orgullosos de serlo. Nada de esto tiene ningún mérito. En ello no hay ninguna hazaña, ninguna proeza. Es un hecho que simplemente se asume y ya. Es más, y ya lo he dicho muchas veces antes, quien en esta sociedad machista se sienta orgulloso de ser hombre o mujer (entendidos estos conceptos como construcciones sociales), deja mucho que desear a mi juicio, porque ambos roles, producto de una rigurosa educación sexista, son una desgracia. Esa separación tajante entre lo que la sociedad ha dicho que es ser mujer o ser hombre, no ha traído más que desdicha a los seres humanos.

De nuevo, por qué en lugar de decir y sentir estupideces como esa del orgullo gay o del femenino o del masculino, no nos asumimos como seres humanos. Ese sí que es todo un reto. Relacionarnos como pares, aceptarnos con nuestras debilidades y fortalezas sin adjudicárselas por naturaleza a unos, respetarnos recíprocamente como personas independientemente de las diferencias, de eso sí sería lógico sentirnos orgullosos.

Las orientaciones o gustos sexuales no son motivo de orgullo o vergüenza, son hechos escuetos que en sí mismos no tienen ninguna trascendencia, de tal suerte que las marchas por el orgullo gay no sólo carecen de sentido sino que tácticamente pueden resultar contraproducentes.

Ahora bien, si lo que se busca con tal actividad es conmemorar la lucha por el derecho a la igualdad o reclamar tolerancia y respeto de la sociedad hacia las personas pertenecientes a las llamadas comunidades LGTBI, su nombre resulta totalmente errático, de igual manera que la marcha misma, tal como se hace.

La lucha por la no discriminación de las personas basada en su orientación sexual no solo es prioritaria por necesaria y urgente, sino justa y válida, sin embargo, las mencionadas marchas al privilegiar la forma sobre el contenido lo único que consiguen es sepultar las verdaderas y serias reivindicaciones que se persiguen; ocultan con su superficialidad, los argumentos de peso que existen para exigir no ser discriminados ni estigmatizados. La artificialidad y la excesiva afectación de la mayoría de los marchantes no hacen más que banalizar su lucha, poner el acento donde no lo debe tener.

Es como si para exigir el respeto a la mujer como ser humano, para reclamar sus derechos, se utilizara un reinado de belleza. Obviamente habría allí una contradicción que no haría más que desvirtuar la lucha. La defensa por los derechos humanos, cualesquiera sean los que se reclaman, tiene que concentrarse en la reflexión, en la concientización, en la discusión de lo que se considera fundamental, y marchas tan carnavalescas y folclóricas como la del orgullo gay no son precisamente una manera efectiva de lograrlo.

Por supuesto estoy convencida de que los homosexuales no son enfermos ni personas raras ni seres especiales ni dañados, ni nada que se les parezca. Son seres humanos con una orientación sexual tan válida como cualquier otra. No hay en esto nada de reprochable pero tampoco motivo de orgullo.

Lo que hay que resaltar, por lo que hay que marchar, es por la defensa del derecho a ser tratados todos como humanos, sin discriminaciones de ningún tipo. Independientemente de cualquier hecho o circunstancia, todas las personas estamos formadas de lo mismo, todas pertenecemos a la misma especie y por lo tanto, debemos ser tratadas con la misma consideración. En eso es en lo que hay que concentrarse y la manera de hacerlo no es a través de desfiles en los que se derrocha extravagancia y se exacerban estereotipos que en nada contribuyen a la reflexión seria.

De acuerdo, la lucha de los gay por ser tratados como seres iguales a los demás, es válida y habrá que darla hasta que la sociedad lo acepte en el terreno de lo privado y lo público. Pero no más. Dejemos el orgullo para aquellos logros que nos destaquen como mejores seres humanos, como excelentes en cualquier campo intelectual o físico, como personas destacadas en el arte o en cualquier habilidad que constituya un aporte para el conjunto de la sociedad.

Reivindico, apoyo y defiendo los derechos de los homosexuales pero no aplaudo para nada su fiesta del orgullo gay.

Contra la virginidad

Las mujeres tenemos muchos enemigos, la mayoría con rostro amable o maquillaje grueso, de ahí la dificultad para identificarlos, desenmascararlos y combatirlos. Uno de estos enemigos, quizás el más peligroso por el peso enorme que tiene en todos los seres humanos, es la religión.

Los discursos y textos religiosos de toda laya no hacen más que vomitar odio en contra de las mujeres, eso sí, disfrazado de amor y consideración. Las culpan de todas las desgracias del hombre cuando no de la humanidad, por esta razón llaman a sus feligreses a ejercer un control férreo sobre el cuerpo y pensamiento de aquellas. Por eso llaman a controlar al demonio encarnado en la mujer.

El cuerpo de la mujer pasa a ser el instrumento del pecado. De este modo ella no sólo es la pecadora sino quien incita a los hombres a seguir el camino del mal, de ahí que haya necesidad de encontrar una salvación y esa no es otra que ejercer control absoluto de la vida de la mujer, es decir, de su pensamiento y cuerpo, más específicamente, de su sexo.

Esto explica la urgencia de vigilar permanentemente el sexo de la mujer, ese oscuro objeto del deseo. La virginidad se convierte así en el valor más alto, en la prenda de pureza mayor. Se crea entonces todo un discurso en torno a la virtud de la mujer virgen, la que no tiene mácula, la que se eleva por encima del mundo terrenal y se convierte en modelo de amor, sacrificio, santidad. De este modo se enaltece la castidad femenina como bien supremo.

Así, desde las primigenias mitologías politeístas hasta las más recientes monoteístas, desde las vestales romanas pasando por la islámica Mariam y la cristiana María, la mujer es sacralizada en la figura de la virgen, es convertida en el símbolo de la fidelidad. Al mismo tiempo en el terreno de lo profano, la virginidad es entronizada como la más alta virtud moral exigible para el matrimonio.

Con este concepto tan conveniente para el ejercicio del patriarcado, la mujer queda reducida a su sexo y toda su valía reside en él. En ciertas culturas vigentes las mujeres literalmente valen por su virginidad, es decir, por su himen intacto, no solo en términos sociales y culturales sino económicos, y para garantizar tal cosa, la virginidad, se recurre a la práctica cruel y denigrante de la ablación del clítoris y/o la infibulación.

Y aunque en nuestra cultura, en gran medida, gracias a los movimientos sociales de los 60s, las reglas morales con respecto a la virginidad han venido perdiendo vigor, de manera desigual hay que aclararlo, aún está muy arraigada, tanto entre hombre como entre mujeres, la idea que la mujer que se ha liberado de las garras del control religioso y hace libre uso de su sexualidad, no vale nada, es una escoria a la que se puede insultar, aislar, castigar socialmente.

De otro lado, nuestra sociedad terriblemente desigual y opresiva ha llevado a que mujeres subasten su virginidad, muchas de ellas impulsadas por la miseria; y ciertas madres vendan al mejor postor la virginidad de sus niñas. De cualquier modo, al mismo tiempo que se exige la castidad de la mujer, se la incita a comerciar con su sexo. He aquí de nuevo, una muestra de la doble moral que impera en nuestra cultura y del doble rasero que se tiene: uno para medir la conducta del hombre y otro muy distinto para medir, la de la mujer.

Aun hoy pues, la virginidad de la mujer sigue teniendo una importancia inusitada, una trascendencia enorme dentro de la cultura. Recordemos, este prejuicio sexista que va en contra de la libertad sexual de la mujer, no busca otra cosa que justificar el control de su vida a través de su cuerpo. En lugar de limitar su actividad sexual con ideas ridículas se debería propugnar por una educación sexual, tanto para hombres como para mujeres, libre de mitos, responsable y basada en los conceptos científicos que señalan los peligros y consecuencias físicas y psicológicas de una sexualidad desbordada y sin límites.

La virginidad femenina no debería ser estimada bajo ningún punto de vista, un valor o una virtud. Ese es un concepto caduco que obedece a intereses muy precisos y convenientes para el statu quo. La virginidad no tiene nada tiene que ver con la dignidad, honra o valía de la mujer. No importa que la religión la eleve a la más alta categoría, tal idea no tiene ningún fundamento real ni reviste ninguna relevancia y bajo ninguna excusa debe aceptarse como medida de consideración y/o valoración de la mujer.