¡Que vivan las madres!

Ser madre es algo maravilloso seguramente, sin embargo, en ciertos aspectos, la función de madre resulta ser un lastre muy pesado que muchas mujeres no reconocen como tal porque han sido educadas para asumir su rol de ama de casa y madre como algo natural y hasta hermoso.

No niego que pueda ser muy gratificante y bello dar vida a un ser, ver crecer los hijos y después ayudarles a volar. Pero esto que románticamente se ve muy bien tiene su lado bien oscuro.

En primer lugar, la responsabilidad de criar los hijos, tanto material como cultural y sicológicamente, en muchos casos queda solo en las mujeres porque en esta sociedad es muy frecuente el abandono de los padres. Muchos hombres van por el mundo engendrando hijos como si fuera un deporte sin preocuparse para nada después de estos.

Es decir, muchas mujeres, esos seres buenos para nada, mediocres e inferiores, quedan con la obligación de “levantar” a sus hijos, solas y en muchos casos, con una nula o escasa preparación profesional, lo que las condena a una vida de trabajos precarios y mal remunerados, expuestas además en muchos casos, a todo tipo de abusos por parte de sus empleadores, incluidos los sexuales.

En esta tarea, se les va la vida, la propia, como seres humanos. Sus prioridades, sus sueños, sus ambiciones se esfuman en la medida que toda su dedicación, inclusive la de su tiempo “libre”, deben ponerla al servicio y cuidados de los hijos. Tanto fuera de casa como dentro, su trabajo y esfuerzo tienen que dirigirlo hacia otra vida, no a la suya.

Muchas otras mujeres, estas sí con compañero, bien imbuidas de la ideología patriarcal, asumen su rol de madres como se las ha enseñado: educan a sus hijas para que se conviertan en sus réplicas cuando lleguen a adultas, es decir, servidoras y solícitas con los hombres de la casa, y a sus hijos, como príncipes y futuros reyes del hogar, del de sus padres cuando sean adultos y la figura del padre haya menguado o falte, o del que funden por su cuenta cuando formen su hogar.

Así muchas madres, alejan a sus hijos de cualquier responsabilidad de trabajo en el hogar porque para eso está la mamá que todo lo hace, o en su defecto, las niñas de la casa. Al niño no se le permite hacer nada que sea “propio” de mujeres: hacer aseo, cocinar, lavar ropa, etc. Ellos están para cosas más grandes. Los niños son del mundo; las niñas, de la casa.

De este modo, mientras los nenes, a pesar de ser adultos, permanezcan en casa, son atendidos como reyes y las madres se convierten en sus esclavas. Las excusas están: si no trabajan todavía los nenes, hay que dejarles tranquilos para que vayan a la calle, socialicen con sus amigos y busquen trabajo o hagan “cosas de hombres”; si ya trabajan, no es justo que después de un día de duro trabajo, los nenes tengan que llegar a hacer algo, no, ellos deben descansar.

Al final, sea cual sea la situación, el nene, aunque esté viejo, tiene todo lo doméstico solucionado y no solo eso, ellos mismos, en lo que consideran “lo que debe ser”, se atreven a reclamar y exigir perfección en las atenciones de las que son objeto: la comida no está bien, o está fría, o está muy caliente, o no es variada; la ropa no quedó a su gusto, le falta plancha, o le faltan botones, o cualquier cosa; su cuarto no está bien organizado… siempre hay reparos.

Si los hijos se fueron del hogar y viven solos, los más arriesgados o económicamente pudientes, no olvidan lo que popularmente se conoce como el “hotel mama”, porque no hay nada como la comida de mi vieja, y la ropa no hay quien la cuide tanto como ella. Así que duermen fuera pero la ropa sucia y la comida la encuentran en casa de mamá.

Si forman un hogar, a la casa vuelven a que la mamá le cuide los nietos o las mascotas o le solucione los problemas domésticos que “su” mujer, no puede resolver. La mamá está siempre ahí, incondicional, a pesar del cansancio, a pesar de la vejez, a pesar de las enfermedades, a pesar de haber cumplido hace mucho rato ya, con “su” obligación.

“Es que así, ella se siente útil” dicen los nenes cuando se les recrimina por su abuso, o “ella es feliz cuidándome”. Ahí si no hay determinación para decirle, NO, basta de tanto trabajo, descanse mamá, piense en usted. No hay voluntad ni imaginación para destetarse de la esclava. Y no la hay porque la mamá se ha enseñado a verla como eso, como la mamá que está ahí para facilitarle la vida.. Qué lindo, qué tierno !Que vivan las madres, carajo¡