La mayor pandemia

Mucho se ha hablado, escrito, discutido, reflexionado e ilustrado sobre la pandemia hasta el punto que es difícil encontrar a alguien que no esté mínimamente informado sobre ella. Los gobiernos han dictado normas, tomado medidas drásticas, establecido alarmas y protocolos que deben cumplirse para hacerle frente. Gran parte de la población está aterrorizada, vive con miedo, ha acatado las medidas impuestas y procura cuidarse.

Esta pandemia ha significado para una inmensa mayoría el confinamiento total o por lo menos, fuertes restricciones de movilidad, aislamiento social, cambios obligados de los hábitos, reorganización de las rutinas, adopción de nuevas formas de relacionarse con los demás y con el entorno… lo que ha generado consecuencias tan terribles como pérdida de empleo, más pobreza, deterioro de la calidad de vida de los más pobres, hambre, mayor exclusión de aquellos que no están al día con las nuevas tecnologías…

Pues bien, tanto las medidas como las consecuencias de este fenómeno, no resultan nuevas para más de la mitad de la humanidad, para las mujeres. En efecto, desde hace miles de años ha existido un fenómeno social que se equipara a esta pandemia y a las que en el mundo han existido, la discriminación de la mujer.

Esta “pandemia social” ha azotado a la humanidad sin que se haya hecho nada radical al respecto. La discriminación de la mujer ha pasado en la historia sin que se haya lanzado ningún estado de alarma mundial por las consecuencias que ella causa en la sociedad. En ninguna época las autoridades han elaborado alertas amarillas, naranjas o rojas para indicar su peligrosidad y la urgencia de combatirla.

Las mujeres han soportado esta terrible pandemia que, como la que hoy nos ocupa, les ha significado a ellas exclusivamente, aislamiento social, confinamiento, adopción de hábitos y rutinas especiales, restricciones y en el peor de los casos, impedimento para su movilidad e integración a la sociedad, dificultad extrema para acceder a las instituciones y al uso de las tecnologías y adelantos creados en el devenir de la sociedad, barreras para ingresar al mundo laboral, obstáculos para ser admitidas en el mundo académico…

Todo esto que hoy nos parece tan terrible e insoportable, que definitivamente ha sido inaceptable para muchos al punto de no seguir las directrices que se marcan para evitar el contagio, que ha generado tantos escritos y ha puesto a la mayoría a reflexionar sobre la vida y el modo de vivirla, que ha significado el colapso para gran parte de la población, la más vulnerable, en muchas esferas, lo han padecido las mujeres a lo largo de milenios.

A las mujeres se les ha confinado al hogar como el espacio en el que están seguras, y hasta se han creado leyes para penalizar la violación a esta norma en algunas culturas; en otras, aunque de modo sutil, se las ha convencido (léase,obligado) a considerar el hogar como el espacio que les pertenece y del cual no deben salir. Se las ha aislado socialmente al prohibírseles el contacto con otras personas que no sean de su círculo familiar o de la aprobación de sus guardianes; se les ha negado el derecho a interactuar en los diferentes ámbitos de la sociedad.  Se les ha restringido la movilidad porque se ha determinado que hay espacios y lugares en los cuales una mujer no puede estar ni circular. Se les ha forzado a evitar el aprendizaje de materias que la cultura patriarcal ha determinado “no son de su competencia”, e incluso, se les ha privado de la educación más básica.

A las mujeres de todas las culturas se las ha controlado no solo en su movilidad y ámbitos de acción sino hasta en su forma de vestir, moverse y pensar. Se las ha despojado de su humanidad y se las ha convertido en objetos decorativos o herramientas de trabajo físico y de explotación sexual. Se han usado contra ellas todas las formas de violencia posibles para impedir que puedan intentar siquiera pensar sobre su propio estado y decidir sobre su propia vida.

Sí, la pandemia que han vivido las mujeres es mucho mayor, más antigua, más cruel, más virulenta que cualquiera otra que haya diezmado a la sociedad. Una pandemia que ha atacado a más de la mitad de la población mundial, que ha destrozado vidas, que ha enterrado miles de cadáveres y que de lejos, ha probado ser la más contagiosa y agresiva pues no solo se reproduce entre los varones, sino que a través de la educación, formal e informal, de los medios de comunicación, hoy de las redes sociales, y de la religión, ha contagiado a las propias mujeres, quienes en gran medida la han negado o la han aceptado como natural y hasta la han defendido.

La discriminación de la mujer, la idea que ella es un ser inferior, de segunda categoría, incapaz, limitada, estúpida y accesoria, ha generado mayor devastación y dolor que cualquiera otra pandemia en la humanidad.

De frente a la realidad

Hace muchos años ocurrió una de mis primeras “aperturas de ojo” frente a la realidad. Ni las circunstancias ni los detalles los recuerdo bien. En mi memoria aparecen solo dos datos básicos: el primero, estaba sentada en un auditorio pequeño en medio de un reducido número de personas y antes de iniciar la presentación de un vídeo, quien dirigía la reunión pidió que levantaran la mano las personas cuyas mamás no trabajaban, yo la levanté, entre muchas más. El segundo detalle fue el vídeo que proyectaron, muy corto pero para mí, impactante y revelador. En él se mostraba a una mujer, una mamá, en su rutinario diaria del oficio casero desde muy temprano en la mañana hasta horas muy tarde en la noche. Cuando finalizó la historia, nuevamente la persona pidió que levantaran la mano quienes su mamá no trabajaba. Esta vez nadie levantó la mano.

Estar de espaldas a la realidad es realmente fácil y, sobre todo, cómodo. La razón, o una de ellas, es sencilla: nos han enseñado a naturalizar todo lo que carece de justificación lógica, es decir, nos han educado para que aquello que es producto de un “acuerdo”, algo que se ha instituido, sea considerado natural, “propio de”,  y por tanto, incuestionable. El trabajo sin remuneración ni valoración social que hacen millones de mujeres en la casa desde hace milenios, es uno ejemplo de ello.

Con el trabajo de la mujer fuera del hogar que esta sociedad ha requerido para producir más y más barato, el trabajo doméstico no se redujo para las mujeres más pobres, por el contrario, se duplicó, porque ahora su jornada es más extensa pues antes de salir de casa debe dejar a la familia lista para que cada cual cual cumpla con sus actividades, y dejar “adelantado” el resto de oficio pata terminarlo en la noche.

Ese trabajo doméstico 24/7, como suelen decir ahora para referirse al tiempo dedicado a algo, es por tanto sin descanso y, muchas veces, para toda la vida. Un trabajo que pocos valoran pero sin el cual el mundo no podría marchar. Un trabajo que solo se paga si lo hace alguien fuera del círculo familiar pues de lo contrario es oficio “natural” de las mujeres, repito, “propio” de ellas pues aunque haya varones en la familia, estos quedan exentos de cualquier tarea relacionada con el mantenimiento del hogar, para ellos se han determinado otros oficios “propios” de hombres.

En estos días un amigo me envió la imagen de una pintura elaborada por un niño hindú a sus 9 años, Anujath Vinayal. El dibujo pintado lo tituló, “Mi madre y madres en el vecindario”, una colorida y bella composición en la que su pequeño autor retrata precisamente eso que yo tardé tanto tiempo en ver, el trabajo invisible y no remunerado de las mujeres en el hogar (ver).

Este niño, cuya pintura será  portada del documento de Presupuesto de género del gobierno de Kerala para el año 2020-2021, no sólo tiene la habilidad de pintar sino que tiene la capacidad de ver de frente la realidad, de hacerla evidente, a pesar de que para los demás siga resultando invisible. Anujath con sus escasos años, es consciente de lo que pasa a su alrededor, de la realidad que lo circunda, en otras palabras, tiene abiertos sus ojos, acción que pocos en esta sociedad, están dispuestos a realizar porque resulta más fácil seguirle el juego al sistema que nos invita de mil maneras a estar de espaldas a la realidad y de frente a la fantasía e idealismo que se crea a partir de ella.

La jugada

Ya no había tiempo de echar marcha atrás, pensé mientras el auto se precipitaba hacia el abismo.  Ahora solo cabía esperar que la suerte jugara sus cartas a mi favor. Sólo tú y yo sabíamos lo que había pasado. Deshacerme de ti era mi única salvación. El infierno parecía finalmente, disiparse.

La lucha por la liberación, un propósito a alcanzar

Que muchas cosas han cambiado en la sociedad es cierto pero esos cambios son sobre todo de forma, de apariencia, pero no de contenido. En otras palabras, la mayoría de los cambios son cosméticos pero el sustrato sigue inalterado. La situación de las mujeres, por ejemplo.

Hoy como ayer, las mujeres han trabajado, fuera y dentro del hogar, pero su trabajo ha sido menos valorado económicamente en el primer caso e ignorado, en el segundo.

Hoy como antes, las mujeres han sido violentadas física y sicológicamente por hombres que las consideran y tratan como objetos de su propiedad.

Hoy como en el pasado, las mujeres son educadas, desde el hogar y las instituciones culturales, principalmente para ejercer las labores domésticas y el cuidado de los demás: hijos, padres, hermanos… es decir, siempre para estar al servicio de los otros.

Hoy como hace siglos, las mujeres han sido controladas por los hombres, por las religiones, por las instituciones patriarcales.

Hoy como ayer, las mujeres son tratadas como seres humanos de segunda categoría.

Hoy como antes, las mujeres a pesar de ser la mayoría, están sometidas a la cultura patriarcal que determinó que el amo y señor es el varón.

Hoy como hace siglos, las tradiciones siguen reforzando la supremacía masculina.

Hoy como en el pasado, las mujeres siguen creyendo que su destino es parir y su espacio, la casa.

Sí claro, hoy las mujeres estudian más, participan más en la vida política y económica, aparecen en foros y en eventos mundiales, dictan conferencias, presiden juntas, regentan Estados… pero en todos los aspectos siguen a la zaga y frente al abrumador número de hombres que hacen lo mismo, dichas mujeres apenas si resultan visibles. Ellas encuentran lo que se ha llamado un techo de cristal que no las deja llegar sino hasta un límite, límite velado que les impide seguir escalando profesionalmente más allá de él.

Hoy también, se discute sobre el machismo, se hacen protestas contra la violencia que sufren las mujeres, se piden condiciones de igualdad, se reclaman derechos, se hacen leyes para protegerlas… pero la realidad de las mujeres sigue igual y sigue así porque el patriarcado sigue incólume y las costumbres lo refuerzan y la cultura lo valida y seguimos repitiendo y asumiendo que las mujeres somos menos capaces que los hombres y que ellos son los llamados a dirigir la sociedad por su supuesta superioridad.

Sí, hay mujeres que ganan mucho dinero y tienen bastante poder; hay millones de mujeres “empoderadas” en todo el mundo; millones de mujeres viviendo una sexualidad sin tapujos; millones de mujeres deambulando por las calles copando espacios antes prohibidos… pero en lo fundamental, en el día a día, en la intimidad del hogar, en la cotidianidad, en la interacción, en las relaciones, las mujeres seguimos siendo discriminadas, subyugadas. Los férreos roles establecidos por la cultura machista siguen determinando la vida de hombres y mujeres en su totalidad.

En verdad, a pesar del nuevo “look” que luce hoy la sociedad, con su imparable y sorprendente desarrollo tecnológico, y sus aires de modernidad, en lo más profundo de ella, el machismo sigue vivo y gozando de muy buena salud, por lo cual la lucha por la destrucción del patriarcado y la liberación de la mujer sigue siendo una meta por alcanzar. Una meta que exige todo nuestro esfuerzo por hacer evidente lo que se esconde detrás del brillo de las sedas y los collares; detrás de los discursos, los poemas, las canciones, las imágenes que ensalzan todo aquello que nos oprime; detrás de las costumbres que tienen la función de perpetuar el pasado; detrás de las ilusiones y espejismos que nos vende el mundo del espectáculo, la publicidad y la diversión; sí, debemos esforzarnos sin tregua por quitar máscaras, destruir mitos, rechazar las doctrinas que nos atan a los más viejos prejuicios sobre la moral, el cuerpo y la mente de las mujeres.

Hoy, la lucha por la liberación de las mujeres, sigue siendo necesaria y urgente. Súmate, un mundo diferente es posible.

La vida no es sagrada

La vida no es sagrada, la vida es simplemente un hecho biológico producto de la evolución de la naturaleza. No es un don ni un regalo divino, es un hecho corriente.

Los seres humanos, no olvidemos, somos solamente una especie más entre millones, ni más ni menos perfectas o especiales que las demás que nos acompañan en este planeta. Solo somos diferentes y una de las diferencias radica en que nuestra especie tiene la capacidad de moldear el entorno y de organizar la sociedad a voluntad.

Es por ello que la manera en la que vivimos no es la única posible. Los humanos podemos rehacer la sociedad totalmente y en múltiples direcciones. En otras palabras, en nuestra sociedad nada de lo establecido es inmodificable y eterno. Por tanto, los valores instituidos no responden a un ordenamiento predeterminado o a una fatalidad o a un propósito divino. Lo que somos como humanos es producto del proceso de socialización que cada cultura impone y legitima como normal, como correcto, de tal manera que absolutamente todo responde a unos intereses y propósitos creados por una minoría que se erige como la elegida, y es validado, consciente o inconscientemente, de modo activo o pasivo, por la mayoría supeditada a aquélla. Así se conforma la sociedad. De ahí surgen sus valores.

Sacralizar la vida, establecer este hecho biológico como un valor absoluto inviolable, obedece pues a unos intereses muy humanos y concretos de nuestra cultura. Por supuesto que la vida una vez brotada, una vez nacida, debe ser protegida por todos para que alcance su completo desarrollo en las mejores condiciones posibles, sin embargo, no es necesario otorgarle el estatus de sagrada para cuidarla y ayudarla a prosperar.

Ahora bien, esta preocupación por la vida humana, por su viabilidad una vez nacida, no significa que mientras se geste en el vientre, la mujer esté obligada a conservarla sino puede o no quiere hacerlo. La maternidad es una opción, jamás una obligación. Las mujeres por el hecho de estar dotadas por la naturaleza para procrear la vida, no estamos condenadas a parir cada que se fecunde un óvulo. Afirmar que un óvulo fecundado es intocable, es un valor cultural que, por lo tanto, puede ser discutido y modificado.

De otro lado, el dominio del hombre en nuestra cultura ha llevado al control de la vida de las mujeres en todos los aspectos y la maternidad no escapa a ello. Y claro, para facilitar dicho control, la vida ha sido divinizada, como una forma de blindarla frente a la voluntad humana, frente a la decisión de las mujeres. De ahí el rechazo al aborto en nuestra cultura.

Es así como el aborto desde esta perspectiva no puede ser juzgado más que como un delito, un crimen atroz. Por el contrario, si despojamos de sacralidad a la vida y lo consideramos como lo que realmente es, un hecho contingente y corriente, podemos asumir la discusión del aborto sin el enceguecimiento y el fanatismo que lo cubre.

Por otra parte, no nos digamos mentiras, la interrupción voluntaria del embarazo es considerado un crimen cuando es la mujer quien toma la decisión de hacerlo. Pero si la interrupción ocurre como producto de la violencia física del hombre, de una golpiza por ejemplo; o por omisión de los cuidados que debe procurar el Estado desde sus entidades, a la mujer gestante; o por el abuso y exceso de trabajo en condiciones de sobreexplotación, no pasa nada, nadie es condenado, nadie resulta estigmatizado ni señalado. En estos casos el que la vida sea sagrada no importa, se hace caso omiso de este valor tan socorrido por quienes están en contra del aborto.

En efecto, en la discusión del aborto lo que realmente no se perdona es que la interrupción del embarazo sea producto de la decisión de la mujer, el resto es prosa. No importan los millones de vidas nacidas y tiradas al mundo, carentes de todo cuidado, de todo amor. Los miles de niños “buscando su hogar”, mendigando que alguien se ocupe de ellos, no llenan páginas ni discursos ni generan marchas de agravio. Esas vidas, olvidadas de todos, no importan. Como tampoco importa la vida de las mujeres que fruto de un embarazo obligado, terminan su vida en la miseria, en el dolor, en la locura, en la frustración.

Esta sociedad se ensaña con las mujeres de un modo despiadado: además de indicarles qué decir, qué hacer y qué pensar; de usarlas como esclavas sexuales; de sobreexplotarlas laboralmente; de negarle el valor al trabajo doméstico que ellas realizan; las señala y las condena como criminales cuando desobedecen la estricta y tácita ley de parir, aun cuando quien lo haga sea una menor de edad violada que sin dejar de ser niña se tiene que convertir en madre.

Dejemos de estar apelando a valores que carecen de todo sentido cuando son mirados con los filtros de la razón y la realidad. Interrumpir un embarazo no es un delito, las mujeres que deciden hacerlo no son criminales, los fetos son solo humanos en potencia, un óvulo fecundado no es sagrado.

Abandonemos tanta hipocresía y centrémonos en buscar más bien cómo resolver los problemas enormes de esta sociedad tan desigual en la que millones de seres humanos viven de forma tan indigna y oprobiosa. Eso sí debería quitarnos el sueño y volcarnos a las calles.

Tarea inconclusa

 
“ellos vinieron a marchitar las flores,
vinieron a marchitar nuestra flor para hacer que su flor floreciera”
De un poema nahuatl

La sangre sigue corriendo, a veces, en hilos pequeños y otras, formando ríos. Así fue en el pasado cuando los civilizados españoles enseñaron a sus perros a cazar y matar salvajes y así es ahora cuando las balas de los hermanos blancos los persiguen hasta encontrarlos.

Resguardados en las cimas de las montañas o cercados por monocultivos que amenazan con tragárselos; asechados por el progreso que prometen los empresarios; adoctrinados por la religión y la orgullosa cultura occidental; despreciados por todos aquellos que se asumen superiores; acosados por los grandes capitales, nacionales y extranjeros, para quienes no son más que fastidiosos obstáculos en su próspero camino; sitiados por el hambre, la miseria y la violencia; expulsados de sus tierras, despojados de su cultura, azotados por la cómplice indiferencia de los mestizos… los nativos, los legítimos dueñas de esta tierra, son obligados a huir a lo más profundo de la selva, a lo más alto de la montaña, a lo más recóndito del llano y, cuando no les queda otro camino, al asfalto de las ciudades.

Desesperados ante el peligro real de perder sus vidas en una persecución que no les da tregua, buscan refugio en cualquier rincón, pero no hay sitio seguro para ellos, al final siempre están solos y acorralados porque se nos ha enseñado a verlos con desconfianza, con asco; se nos ha enseñado a repudiarlos por indios, por memes, por brutos, por perezosos, por lo que sea, pero se nos ha enseñado a despreciarlos,

Los más aguerridos, los que se han resistido con todas sus fuerzas a seguir siendo tratados como animales, los que han luchado por su tierra, por su vida y su cultura, los que han resistido hasta el final el embate de los blancos, también han sido acorralados. Su sangre, la antigua y la fresca, sigue fluyendo por el monte, por las carreteras, por los ríos. 

El exterminio de la conquista no ha cesado, han cambiado los rostros, los discursos, los acentos, las manos criminales, pero no los motivos que lo impulsan: la apropiación ilegítima de la tierra, es decir, de sus recursos naturales, de sus riquezas.

No, no ha sido suficiente el robo y la expoliación de tantos años, falta más, mucho más. Falta más tierra para el ganado, para la palma africana y la agroindustria, para la minería, para las represas, para los grandes negocios, para… el progreso de los blancos, de unos cuantos, de los más rapaces, de los insaciables, de los adalides del capitalismo voraz.

Por eso la sangre sigue rodando, llenando de dolor al indio y de satisfacción al blanco; de derrota a los pueblos, pero de victoria a los potentados, de desolación a unos y de satisfacción a los otros.

No importa que la constitución del 91 los hubiera hecho visibles y reconocidos, por fin, como hijos de la patria, su condición de parias, de indeseables no quedó abolida por la ley, la constitución no los amparó más que en el papel porque en la práctica su persecución continúa pues el objetivo inicial de ésta, su exterminio, no ha concluido, sigue siendo una tarea inconclusa.

Y es que los motivos de su aniquilación no radican en sus costumbres, aunque éstas choquen con el gusto de la fina modernidad; no está en el color de su piel pese a que ofenda la pureza de los blancos; tampoco se halla en su idioma, aunque se considere una jerigonza altisonante; menos aún radica en su apariencia, aunque sea una afrenta a la estética imperante. No, nada de eso importa, aunque se rechace; con todo ello se puede convivir, todo ello sería soportable y hasta aceptado. Lo que hace al pueblo indígena intolerable es la poca tierra que no han logrado arrebatarle, sino fuera por ella, andaría libre y ajeno a la mirada y a la persecución sistemática e implacable de quienes hoy, como ayer, los tienen en la mira.

¡Que vivan las madres!

Ser madre es algo maravilloso seguramente, sin embargo, en ciertos aspectos, la función de madre resulta ser un lastre muy pesado que muchas mujeres no reconocen como tal porque han sido educadas para asumir su rol de ama de casa y madre como algo natural y hasta hermoso.

No niego que pueda ser muy gratificante y bello dar vida a un ser, ver crecer los hijos y después ayudarles a volar. Pero esto que románticamente se ve muy bien tiene su lado bien oscuro.

En primer lugar, la responsabilidad de criar los hijos, tanto material como cultural y sicológicamente, en muchos casos queda solo en las mujeres porque en esta sociedad es muy frecuente el abandono de los padres. Muchos hombres van por el mundo engendrando hijos como si fuera un deporte sin preocuparse para nada después de estos.

Es decir, muchas mujeres, esos seres buenos para nada, mediocres e inferiores, quedan con la obligación de “levantar” a sus hijos, solas y en muchos casos, con una nula o escasa preparación profesional, lo que las condena a una vida de trabajos precarios y mal remunerados, expuestas además en muchos casos, a todo tipo de abusos por parte de sus empleadores, incluidos los sexuales.

En esta tarea, se les va la vida, la propia, como seres humanos. Sus prioridades, sus sueños, sus ambiciones se esfuman en la medida que toda su dedicación, inclusive la de su tiempo “libre”, deben ponerla al servicio y cuidados de los hijos. Tanto fuera de casa como dentro, su trabajo y esfuerzo tienen que dirigirlo hacia otra vida, no a la suya.

Muchas otras mujeres, estas sí con compañero, bien imbuidas de la ideología patriarcal, asumen su rol de madres como se las ha enseñado: educan a sus hijas para que se conviertan en sus réplicas cuando lleguen a adultas, es decir, servidoras y solícitas con los hombres de la casa, y a sus hijos, como príncipes y futuros reyes del hogar, del de sus padres cuando sean adultos y la figura del padre haya menguado o falte, o del que funden por su cuenta cuando formen su hogar.

Así muchas madres, alejan a sus hijos de cualquier responsabilidad de trabajo en el hogar porque para eso está la mamá que todo lo hace, o en su defecto, las niñas de la casa. Al niño no se le permite hacer nada que sea “propio” de mujeres: hacer aseo, cocinar, lavar ropa, etc. Ellos están para cosas más grandes. Los niños son del mundo; las niñas, de la casa.

De este modo, mientras los nenes, a pesar de ser adultos, permanezcan en casa, son atendidos como reyes y las madres se convierten en sus esclavas. Las excusas están: si no trabajan todavía los nenes, hay que dejarles tranquilos para que vayan a la calle, socialicen con sus amigos y busquen trabajo o hagan “cosas de hombres”; si ya trabajan, no es justo que después de un día de duro trabajo, los nenes tengan que llegar a hacer algo, no, ellos deben descansar.

Al final, sea cual sea la situación, el nene, aunque esté viejo, tiene todo lo doméstico solucionado y no solo eso, ellos mismos, en lo que consideran “lo que debe ser”, se atreven a reclamar y exigir perfección en las atenciones de las que son objeto: la comida no está bien, o está fría, o está muy caliente, o no es variada; la ropa no quedó a su gusto, le falta plancha, o le faltan botones, o cualquier cosa; su cuarto no está bien organizado… siempre hay reparos.

Si los hijos se fueron del hogar y viven solos, los más arriesgados o económicamente pudientes, no olvidan lo que popularmente se conoce como el “hotel mama”, porque no hay nada como la comida de mi vieja, y la ropa no hay quien la cuide tanto como ella. Así que duermen fuera pero la ropa sucia y la comida la encuentran en casa de mamá.

Si forman un hogar, a la casa vuelven a que la mamá le cuide los nietos o las mascotas o le solucione los problemas domésticos que “su” mujer, no puede resolver. La mamá está siempre ahí, incondicional, a pesar del cansancio, a pesar de la vejez, a pesar de las enfermedades, a pesar de haber cumplido hace mucho rato ya, con “su” obligación.

“Es que así, ella se siente útil” dicen los nenes cuando se les recrimina por su abuso, o “ella es feliz cuidándome”. Ahí si no hay determinación para decirle, NO, basta de tanto trabajo, descanse mamá, piense en usted. No hay voluntad ni imaginación para destetarse de la esclava. Y no la hay porque la mamá se ha enseñado a verla como eso, como la mamá que está ahí para facilitarle la vida.. Qué lindo, qué tierno !Que vivan las madres, carajo¡

Las jóvenes y la lucha contra el machismo

A pesar de los discursos y las marchas, a pesar de los innegables cambios en la mentalidad de muchas mujeres, a pesar de la “liberalidad” reinante, a pesar de los cambios en la sociedad, las mujeres, especialmente las jóvenes siguen siendo relativamente ajenas a la reflexión y a la lucha por la emancipación real de la mujer.

Pocas son las jóvenes que deciden protestar, y muchas más pocas todavía, las que se atreven realmente a romper con los moldes establecidos. Al contrario, gastan esfuerzo, dinero y vida, en adecuarse al prototipo creado para ellas. Tener las medidas requeridas (bastante trasero y abundantes senos) y el rostro perfecto es lo principal, el prepararse para ser independientes y autónomas, en la medida de lo posible, no parece ser la prioridad sino para unas cuantas. Estudiar el pasado, conocer la historia de lucha de las mujeres por alcanzar el estatus de seres humanos y por ende, recibir un trato correspondiente, es casi un exotismo.

La lucha por la igualdad de condiciones y derechos de los que gozan los hombres, resulta para ellas indiferente, y en muchos casos, asunto de locas que se la pasan quejando por todo. Esto no deja de ser muy desalentador si se piensa que en las jóvenes se cifran las esperanzas del cambio.

De igual manera son escasas aquellas que se esfuerzan por reflexionar sobre los roles asignados, por cuestionar lo que se exige de ellas, por conocer y destruir los mitos en eso que los esencialistas llaman la “naturaleza femenina”.

El día internacional de la mujer se ha convertido para estas jóvenes, sumidas en su rol de mujer, en una fiesta más, en una celebración de su feminidad, belleza y dulzura, en una ocasión para rumbear, recibir regalos y mensajes de admiración y reconocimiento por ser “la más bella creación” sobre la tierra. Un día en el que se sienten reinas.

Ahora bien, es verdad que algunas jóvenes son conscientes y denuncian, más que antes, la desigualdad salarial, los abusos sexuales, el tema de “género”, la violencia contra las mujeres… pero en gran medida, su discusión se queda en el terreno de lo público mientras aquello que las mujeres somos y padecemos en el ámbito privado se reflexiona menos, se cuestiona poco.

Repetimos, claro que se denuncia hoy más que antes la violencia intrafamiliar y el maltrato pero no se cuestionan contundentemente los roles domésticos que son asumidos por hombres y mujeres en el hogar. El trabajo en la casa (realizado en la noche o en la madrugada cuando se trabaja también fuera de ésta) sigue siendo asumido por las mujeres; la responsabilidad del acompañamiento de los hijos durante su crecimiento sigue estando principalmente en manos de las mujeres; la sexualidad de la pareja sigue estando, en gran medida, regida por la voluntad masculina; la toma de decisiones sobre los aspectos cruciales de la vida, sigue estando en cabeza de los hombres; los sueños de las mujeres siguen estando subordinados a los de sus compañeros. Por supuesto en todo esto hay matices y excepciones pero no dejan de ser mínimas.

Y es ahí precisamente, en ese ámbito privado, en el más íntimo de los espacios donde muchas mujeres no reconocen su subordinación, no cuestionan la carga que se les ha echado encima. En ese espacio familiar las mujeres no hemos logrado comprender que todo aquello que parece natural, que por tradición se nos ha enseñado a perpetuar, no es sino la expresión más pura del machismo.

Es de puertas para adentro donde el patriarcado se incuba, crece y se reproduce. Ese espacio es su nido, representa el reino de los hombres y la esclavitud de la mujer; es el lugar en donde nuestra voluntad es quebrada, nuestro sueño de trascender es apagado, nuestra autonomía se desdibuja y nuestro progreso conoce sus límites.

Si las jóvenes siguen soñando con formar un matrimonio en las mismas condiciones en las que hoy existe; si siguen creyendo sin discutir que la máxima realización de una mujer es ser madre; si siguen aceptando sin reparo que el pilar del hogar es la mujer; si siguen esperando conseguir un hombre que las soporte económicamente; si siguen dejando que sus sueños se marchiten por correr tras un hombre que va en busca de los suyos; si siguen empeñadas en volcar toda su atención en su figura; en fin, si las jóvenes siguen estando convencidas que la lucha por la igualdad de condiciones y derechos se da solo en la calle y en el hogar se comportan como lo hicieron sus madres, sus abuelas y todos sus ancestros, la llamada revolución de las mujeres no será más que lo que es hoy en día, un discurso que suena bien pero que no pasa de ser eso.

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La realidad

MIENTRAS

una famosa firma de lencería, Victoria’s Secret, lanza una prenda íntima llamada ‘Fantasy Bra’, un brasier compuesto por 9 mil piedras preciosas y diamantes incrustados en oro de 18 quilates y cuyo costo es de 3 millones de dólares (en pesos de hoy el equivalente a  9.600 millones),

Donald Trump posee un Ático en Nueva York, en el que hay grifos, azulejos e inodoros de oro,

hay un papel higiénico hecho en 3 capas de papel de 22 quilates de oro en escamas, con un valor de un millón 300 mil dólares (en pesos nuestros 960 millones),

el príncipe de Arabia Saudita, Al Waleed Al-Walid bin Talal, y su esposa la princesa Ameerah, poseen una colección de joyas calculada en más de 700 millones de dólares (2.240 mil millones de pesos), además de un Mercedes Benz SL 600 con diamantes incrustados y varios autos deportivos como  Lamborghini y Ferrari,

una firma italiana, Buscemi, fabricante de tenis de lujo creó las Diamond Sneaker, zapatillas con incrustaciones de diamantes de 11,5 quilates y oro de 18 quilates y valen 132 mil dólares (424 millones de pesos aproximadamente),

Mukesh Ambani, el hombre más rico de India, hizo construir en Bombay una casa para su familia (esposa y tres hijos) con un valor de US$1.000 millones (sin incluir mobiliario ni costo del terreno), de 27 pisos y más de 37.000 metros cuadrados, 10 ascensores, estacionamiento subterráneo de seis pisos para 160 vehículos, tres helipuertos y 600 empleados a su servicio,

los hijos de Robert Mugabe, expresidente de Zimbabue, Robert Jr. y Chatunga, viajan en un jet privado, con el interior adornado completamente en oro,

en todo el mundo, la riqueza total de los multimillonarios aumentó 19% en 2017, a un récord de US$8,9 billones, repartidos entre 2.158 personas.

Mientras esto y otras mil extravagancias más se fabrican y millones de dólares se gastan en fiestas, vestidos y objetos de lujo, y multimillonarios nadan en los excesos de todo…

en Estados Unidos “unos 40 millones viven en pobreza, 18,5 millones en pobreza extrema y 5,3 millones viven en condiciones de pobreza extrema propias del tercer mundo” según un informe en el que Philip G. Alston, relator sobre pobreza extrema y derechos humanos de la ONU, da cuenta de una gira de 15 días de investigación que realizó en ese país a finales de 2017,

la India tiene el mayor número de personas malnutridas del mundo: 195 millones. Aproximadamente el 40 por ciento de los menores de cinco años presenta retraso en su desarrollo por culpa de una alimentación inadecuada,

en Yemen han muerto 84 mil 701 niños con malnutrición aguda grave, cifras que iniciaron desde abril de 2015, hasta agosto de 2018,

la mitad de los 14 millones de somalíes necesita ayuda para sobrevivir,

más de cinco millones de personas, casi la mitad de los habitantes de Sudan del Sur, se están muriendo de hambre,

Asia es el continente con la mayor cantidad de personas del mundo que padece hambre: dos tercios del total,

152 millones de niños entre 5 y 17 años son víctimas del trabajo infantil,

en África subsahariana una de cada cuatro personas, presenta desnutrición,

aproximadamente 100 millones de niños en los países oprimidos presentan peso inferior al normal y 66 millones de niños en edad escolar primaria asisten a clases con hambre…

Es decir, mientras unos pocos se limpian, o pueden limpiarse, el culo con papel hecho de láminas de oro, la mayoría de seres humanos en el mundo se ve obligada a comer mierda. En otras palabras, menos vulgares: el bienestar y caprichos exóticos de una minoría son sustentados con el sudor, la sangre y el sufrimiento de la mayoría. Esta realidad innegable es la verdad pues como afirmó el famoso filósofo griego Aristóteles, la única verdad es la realidad.

Violencia contra la mujer a la orden del día

A las niñas se les regalan muñecas y todo tipo de juguetes que no son más que réplicas del considerado mundo femenino: ollas, vajillas, cocinas, neveras, estufas, lavadoras… y/o miniaturas relacionadas con la belleza: pintalabios, esmaltes, maquillajes, tocadores, estuches de salón de belleza… y/o juguetes relacionados con profesiones etiquetadas como femeninas: paquetes de enfermera, maestra, cocinera, costurera… A las niñas se les limita el espacio y la mente.

A las niñas se les enseña a ser mimadas, caprichosas, coquetas, pasivas, maniquíes…

A las niñas se les enseña a “hacer oficio”, ser recatadas, limitarse al espacio del hogar, estar lindas, complacer a sus hermanitos…

A muchas niñas las dejan sin educación…

A muchas niñas les extirpan su clítoris…

A muchas niñas las educan solamente para ser esposas…

A muchas niñas les eligen sus maridos…

A muchas niñas las casan antes de la pubertad con hombres mayores…

Muchas mujeres son obligadas a abortar cuando se comprueba que sus fetos son hembras…

A muchas mujeres la familia las vende como esposas… por dinero, por ganado, por inmuebles… en Colombia, en México, en la India, en la China, en Afganistán, en Malasia, en Camboya, en África…

Muchas mujeres se venden porque fueron enseñadas que solo valen como mercancía…

Muchas mujeres dedican su vida a permanecer en el mercado: se remodelan de acuerdo a los estándares del momento…

A muchas mujeres la miseria solo les deja abierta una puerta: vender su cuerpo…

Muchas mujeres se venden porque en sus casas ya han sido violadas y abusadas…

Muchas mujeres son vendidas porque son un estorbo…

Muchas mujeres son tasadas en el mercado por su virginidad…

Muchas mujeres son propiedad privada de los hombres…

Muchas mujeres viven de ser adornos, algunos muy lujosos, pero adornos al fin y al cabo…

Muchas mujeres son acosadas sexualmente en el trabajo, cualquiera que éste sea…

Muchas mujeres son víctimas del tráfico de personas…

Muchas mujeres son despreciadas y humilladas por ser pobres y/o feas, y/o negras, y/o campesinas, y/o limitadas físicamente… pero aun así son abusadas…

Muchas mujeres no pueden tomar decisiones, ni siquiera sobre su propio cuerpo… los hombres las toman por ellas…

Muchas mujeres no pueden alcanzar el éxito profesional porque están ocupadas en ser madres y esposas…

A las mujeres que no son monógamas se las llama putas, se las desprecia, se las marca, se las margina…

A las mujeres se les reconoce poco su inteligencia porque lo que se valora es su belleza…

A muchas mujeres se les grita, se les amenaza, se les golpea, se les insulta, se les cohíbe, se les limita, se les calla porque no valen nada, no valen sino por lo que tienen entre las piernas…

A las mujeres se les ha violentado por milenios y aunque el mundo revoluciona tecnológicamente cada vez con mayor velocidad, la cultura patriarcal sigue resistiéndose a morir y creando nuevas maneras de reinventarse, de remozarse.

Por ello NO hay que bajar la guardia, por ello hay que mantener la lucha viva, por ello hay que estar siempre alertas, por ello hay que reeducarnos, por ello es necesario denunciar cada acto de violencia que se cometa en contra de una mujer, por ello hay que estar firmes, por ello debemos rebelarnos, por ello hay que ir rompiendo una a una todas las cadenas que nos atan a un sistema que enseña que cualquier cosa vale más que una mujer.