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Azucena

Abrió sus ojos y sus oídos para encontrar que allí estaba de nuevo en su absoluta soledad. Se vio abrazada sin ganas a ese cuerpo que dormitaba plácidamente junto al suyo. Se sintió húmeda de lágrimas y tristeza. Halló de nuevo su vagina profanada y hueca. Miró su cuerpo inexplorado en muchos de sus rincones. De nuevo sintió que no era posible tanto espacio entre dos cuerpos que se respiraban.

Pensó que si alguien estuviera observando desde un ángulo superior la escena, pensaría que allí acababa de librarse una batalla de amor. Todos los elementos: la ropa dispersa por el suelo, el desorden de las sábanas, los cuerpos abrazados, la desnudez, la luz cálida y tenue, alumbrando casi con pereza la habitación, las copas vacías sobre la mesita de noche… apuntaban decididamente a presumir que una gran faena amorosa acababa de ocurrir. Y la verdad era que sí había ocurrido una gran lucha pero no precisamente de amor, sino más bien una lucha interior entre lo que era y lo que debería ser; entre lo que una persona reclamaba como ser humano y lo que había recibido como mujer; entre la costumbre y la rabia; entre el odio y el amor que habitaban en el corazón, para ubicarlos en algún lugar.

Recordó con tristeza, más que con rabia, toda la maravillosa velada de aquella noche. No era muy difícil reconstruir detalle a detalle, beso a beso, gesto a gesto, el sublime acto amoroso que había protagonizado minutos antes.

El ritual se iniciaba, hablando de aquellos que podían considerarse “mejores”, con aquellos besos suaves y dulzones que poco a poco se iban convirtiendo en mordiscos y en abrazos apasionados de dos lenguas que se reconocían y se trenzaban en un duelo entre iguales presagiando un mundo de placeres sin límites pero que el tiempo que todo lo precisa, se había encargado de enseñar que no era cierto.

Después era el recorrido de unas manos siempre afanosas y ciegas que caminaban un rumbo ya sabido hasta el cansancio. Una boca que pretendía besar otros labios menos expuestos, más tímidos y solitarios. Manos y boca que se extraviaban en la carrera por despertar un placer que habría de llegar sin la prisa y el desespero. Entonces llegaba la hora de fingir que uno y otro no sumaban dos. Un EL y ELLA fundidos en un UNO grande que tenía el tamaño, la forma, el sabor, el aroma del orgasmo espasmódico y violento de EL. Y para que no quedaran rastros de mal sabor, de tarea no concluida, de faena no culminada, de amor no realizado, ELLA pretendía haber gozado hasta el límite.

Había placer por supuesto, placer entero para uno y a medias para otro, lo que era peor que nada. Había también satisfacción y frustración, palabras y gemidos, sudores y fluidos, pero sobre todo, había ausencias.

Lo otro era fingir que había amor y búsqueda. Y la ternura que era lo más fácil de entregar, ni siquiera llegaba con suficiente fuerza como para convencer que se estaba allí no sólo en pene y carne sino en razón y corazón.

Era tan igual a todas las veces, era tan parecido a siempre, era tan exacto a lo acostumbrado; incluso ese sentimiento de vacío y de cobardía que la invadía era tan similar a los ya sentidos.

Lo que más la irritaba era que esto le estuviera ocurriendo a ELLA, a ella que se había prometido una y mil veces que jamás volvería a suceder, a ella que reclamaba públicamente y con voz fuerte el derecho a la igualdad en todas las esferas, especialmente en las más personales e íntimas. La golpeaba que después de gritarse que no era justo, que no tenía por qué contentarse con un poco cuando podía tenerlo todo, estuviese allí padeciendo un dolor que era más profundo que cualquiera, no sólo por haberlo aceptado sino buscado.

Era impensable que esa rabia que la recorría tuviera que ser tragada por ella, de igual manera como desde siempre lo había sido por todas las otras mujeres que ella no era, mujeres sin esperanza de conocer que significaba el éxtasis que arrebataba a sus hombres; por esas grises mujeres que no se atrevían a preguntar o a imaginar siquiera, si era que había que sentir algo mientras eran cabalgadas por jinetes, que además de torpes y ciegos, tenían toda la arrogancia que les permitía el tamaño de su sexo; por esas otras mujeres que a fuerza de no recibir nada diferente llegaron a convencerse que eso era el amor: abrazarse a otro cuerpo, dejarse navegar, esperar una marea alta y después reposar un placer ajeno. Pero era verdad, ella, la distante, la moderna, la sabedora, la diferente, era la que estaba allí conteniendo las lágrimas, los gritos, la ira, la desesperación como cualquiera otra que simplemente se dejaba ser mujer. Su frustración, más que otra cosa, la acercaba al resto de las demás, de las que no quería ser.

Sin pensarlo, como en un estado de sonambulismo, se levantó despacio y quedamente, no por consideración sino por pasar inadvertida, se colocó su abrigo, se pasó los dedos por su cabello y por un tiempo que calculó en instantes, se quedó mirando su rastro en la cama y pensó que era totalmente indiferente que fuera ella u otra la que hacía un momento había yacido allí, al fin y al cabo era una vagina lo que ellos necesitaban, lo demás sobraba, lo demás era febril imaginación femenina. Luego paseó sus ojos por todos los rincones de él y sintió compasión. El odio no era hacia él, quien al fin y al cabo no era culpable de que ella fuera incapaz de confesarle lo que estas noches de amor le significaban, era contra ella. Ella bien hubiera podido guiarlo en la expedición de su cuerpo, tantas veces pedida por él. Ella habría podido descubrirle una ruta para que llegara a donde ella quería, pero aunque había estado tentada a hacerlo, se resistía porque consideraba insólito que él mismo no pudiera trazarla. No lograba concebir un placer que fuera indicado punto a punto por ella, ¿acaso no eran suficientes las pistas que en algunos momentos indicaban la aproximación a su deseo, los temblores de su cuerpo, la febrilidad de su boca, la insistencia de sus manos…? No, rotundamente NO, no sería ella quien enseñara el camino.

En esto pensaba cuando de súbito encontró una mirada sobre sus ojos y una voz que la inquiría extrañado:
– ¿Qué te pasa? ¿Por qué no me contestas? ¿Qué haces allí de pie? ¿Qué sucede?
– Nada, balbuceó torpemente. Se sintió descubierta y culpable. Le llegó la misma sensación que había padecido cuando en lu adolescencia su mamá la había encontrado besándose a escondidas con su amigo de siempre.
No respondió nada. ¿Qué podría decir?
– Iré a caminar, se oyó decir.
– ¿Pero con esta lluvia y esta oscuridad, a dónde vas?
– A caminar- dijo y salió del cuarto. Escuchó, sin prestar atención, un murmullo de palabras cada vez más lejano que de seguro iban dirigidas a ella pero que no le importaban.

El sonido de la puerta ahogó las palabras. Sólo tuvo la sensación de oírse decir: de todos modos no importa.

En el instante que cruzó el estrecho sendero que moría en el pequeño lago cerca de la casa, se percató de que iba descalza y totalmente desnuda debajo de su abrigo, sin embargo, un viento fresco y muy helado la reconfortó. Los golpes del viento y la humedad de la lluvia sobre su cara, la hicieron sentir suelta, liviana, libre…

El frio era verdaderamente intenso, tiritaba y respiraba con dificultad. Cerró por un momento los ojos y se concentró en la sensación de las gotas de lluvia sobre su cara. Recordó que cuando era niña había jugado muchas veces a no combatir el frío. Era sencillo, simplemente cesaba de tiritar y no oponía ninguna resistencia, se dejaba penetrar, el frío entonces la atravesaba y era otra sensación, no había temblor, no había nada, era el viento acariciándola con todo su consentimiento.

Se sintió mejor. Reanudó sus pasos con la certeza de que en su rostro se dibujaba una imperceptible felicidad. Pasó junto al enorme árbol que había a orillas del lago y se sentó bajo su sombra. La lluvia que corría por su cuerpo dibujaba ahora su delgada silueta. La penumbra envolvía todo el lugar, las gotas de agua vistas a través de la claridad de la luna parecían contentas.

Hundió sus ojos en la superficie del lago. Era difícil aceptar que la imagen que allí se reflejaba le resultara tan extrañamente ajena. No lograba hacer coincidir la que allí se sabía fuerte y decidida, con esa otra que estaba dentro y se reconocía débil y cobarde; no era posible que mientras la que veía a distancia se mostraba libre y autónoma, la otra que estaba allí sentada se supiera atada y muda. Cara y sello, luz y sombra, día y noche, palabra y silencio, afirmación y negación, una y otra, eso era ella.

Ante sus ojos húmedos, no de lluvia, fueron desfilando, como en un carnaval, las imágenes de días repetidos, de frases forzadas, de los siempre buenos días y de sabidas buenas noches, de caricias aprendidas, de desencuentros amorosos, de unas manos con memoria y sin imaginación, de una boca llena de besos mojados sin dirección…

Se fueron presentando los recuerdos de gemidos prestados para despistar y hacerle creer que había sido maravilloso e inigualable, como si eso le importara a él; de movimientos y gestos aprendidos para abreviar lo que para él siempre terminaba bien y para ella mal; de palabras vacías dichas sin ganas y sin amor pero igual pronunciadas para completar el ritual.

Entornó sus ojos sin prisa, con la misma indiferencia que lo hace quien a fuerza de nunca haber visto piensa que da igual tenerlos abiertos o cerrados, con la misma suavidad de quien descuelga sus párpados ante un sueño sin aviso. De repente fue desvaneciéndose aquel dolor que quedaba después de otra noche de no sentir nada, de sentirse traicionada por ella misma, de odiarse por prestarse a la farsa de la felicidad y del amor. Todo fue quedando atrás. Todos sus recuerdos, como las imágenes de un sueño a punto de ser olvidado, se fueron opacando, adelgazando, diluyendo, despareciendo…

El mundo se reducía ahora a ese árbol que la cobijaba con su fuerza y con la belleza de su desnudez descubierta una mañana en que se había dejado mirar desde la hierba sin ningún recato; a la lluvia que la abrazaba, al viento que la acariciaba y a ese lago que le devolvía una calma parecida a la felicidad.

Cerró sus ojos con la determinación de no volverlos a abrir. Se sintió ligera. Vio su cuerpo sin peso cayendo como una hoja que se desprende de un árbol sin ninguna intención, sin ningún afán. Nunca se hubiera imaginado que la eternidad pudiera resumirse en un instante, en un diminuto instante donde no existía nada más que la sensación de ser un punto en el espacio, un diminuto y remoto punto que flotaba de cara al cielo en medio de un lago viejo y olvidado.

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