Casa de campesino

Al entrar por una puerta estrecha y descolgada se podían ver, después de que los ojos se hubiesen acomodado a la oscuridad reinante, dos camas toscas en las que descansaban mal acomodados sendos colchones llenos de turupes. En medio de ellas, una mesita de madera agonizante cuyas patas desiguales lograban mantenerse a flote gracias a unos tacos de papel que las soportaban. Sobre el esqueleto de lo que una vez fuera un escaparate, competían por el espacio, un fogón de petróleo, viejo y cansado, unas cuantas ollas que mostraban sin pudor las cicatrices de numerosas caídas, cinco platos despicados puestos uno sobre otro y tres vasos de plástico que de usados estaban a punto de rajarse. Al extremo, remataba una cubeta llena de agua a la que le quedaba un cuarto de su volumen en el aire. Debajo de este improvisado mesón, la ropa y los zapatos, en igual estado que los utensilios de cocina, estaban perfectamente ordenados dentro de tres cajas de cartón reforzadas con plástico en un intento por mantenerlas aisladas de la humedad del piso de tierra que amenazaba con alcanzarlas. En una de las paredes laterales se adivinaba una diminuta ventana cerrada y junto a ella, pegada con cinta de papel, una enorme lámina que dejaba ver un descolorido y melancólico sagrado corazón de Jesús. Y en el único espacio que quedaba libre, justo al frente de las camas, había una mesa que servía de escritorio, comedor y soporte para un televisor pequeño. No había nada fuera de lugar. Todo estaba limpio y en orden. A dos metros de la casa, en la parte posterior, se hallaba una letrina mal escondida dentro de paredes de tapia, coronadas con pedazos de latas que permanecían en su lugar por las piedras que les habían colocado encima.

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