La lucha por la liberación, un propósito a alcanzar

Que muchas cosas han cambiado en la sociedad es cierto pero esos cambios son sobre todo de forma, de apariencia, pero no de contenido. En otras palabras, la mayoría de los cambios son cosméticos pero el sustrato sigue inalterado. La situación de las mujeres, por ejemplo.

Hoy como ayer, las mujeres han trabajado, fuera y dentro del hogar, pero su trabajo ha sido menos valorado económicamente en el primer caso e ignorado, en el segundo.

Hoy como antes, las mujeres han sido violentadas física y sicológicamente por hombres que las consideran y tratan como objetos de su propiedad.

Hoy como en el pasado, las mujeres son educadas, desde el hogar y las instituciones culturales, principalmente para ejercer las labores domésticas y el cuidado de los demás: hijos, padres, hermanos… es decir, siempre para estar al servicio de los otros.

Hoy como hace siglos, las mujeres han sido controladas por los hombres, por las religiones, por las instituciones patriarcales.

Hoy como ayer, las mujeres son tratadas como seres humanos de segunda categoría.

Hoy como antes, las mujeres a pesar de ser la mayoría, están sometidas a la cultura patriarcal que determinó que el amo y señor es el varón.

Hoy como hace siglos, las tradiciones siguen reforzando la supremacía masculina.

Hoy como en el pasado, las mujeres siguen creyendo que su destino es parir y su espacio, la casa.

Sí claro, hoy las mujeres estudian más, participan más en la vida política y económica, aparecen en foros y en eventos mundiales, dictan conferencias, presiden juntas, regentan Estados… pero en todos los aspectos siguen a la zaga y frente al abrumador número de hombres que hacen lo mismo, dichas mujeres apenas si resultan visibles. Ellas encuentran lo que se ha llamado un techo de cristal que no las deja llegar sino hasta un límite, límite velado que les impide seguir escalando profesionalmente más allá de él.

Hoy también, se discute sobre el machismo, se hacen protestas contra la violencia que sufren las mujeres, se piden condiciones de igualdad, se reclaman derechos, se hacen leyes para protegerlas… pero la realidad de las mujeres sigue igual y sigue así porque el patriarcado sigue incólume y las costumbres lo refuerzan y la cultura lo valida y seguimos repitiendo y asumiendo que las mujeres somos menos capaces que los hombres y que ellos son los llamados a dirigir la sociedad por su supuesta superioridad.

Sí, hay mujeres que ganan mucho dinero y tienen bastante poder; hay millones de mujeres “empoderadas” en todo el mundo; millones de mujeres viviendo una sexualidad sin tapujos; millones de mujeres deambulando por las calles copando espacios antes prohibidos… pero en lo fundamental, en el día a día, en la intimidad del hogar, en la cotidianidad, en la interacción, en las relaciones, las mujeres seguimos siendo discriminadas, subyugadas. Los férreos roles establecidos por la cultura machista siguen determinando la vida de hombres y mujeres en su totalidad.

En verdad, a pesar del nuevo “look” que luce hoy la sociedad, con su imparable y sorprendente desarrollo tecnológico, y sus aires de modernidad, en lo más profundo de ella, el machismo sigue vivo y gozando de muy buena salud, por lo cual la lucha por la destrucción del patriarcado y la liberación de la mujer sigue siendo una meta por alcanzar. Una meta que exige todo nuestro esfuerzo por hacer evidente lo que se esconde detrás del brillo de las sedas y los collares; detrás de los discursos, los poemas, las canciones, las imágenes que ensalzan todo aquello que nos oprime; detrás de las costumbres que tienen la función de perpetuar el pasado; detrás de las ilusiones y espejismos que nos vende el mundo del espectáculo, la publicidad y la diversión; sí, debemos esforzarnos sin tregua por quitar máscaras, destruir mitos, rechazar las doctrinas que nos atan a los más viejos prejuicios sobre la moral, el cuerpo y la mente de las mujeres.

Hoy, la lucha por la liberación de las mujeres, sigue siendo necesaria y urgente. Súmate, un mundo diferente es posible.

La vida no es sagrada

La vida no es sagrada, la vida es simplemente un hecho biológico producto de la evolución de la naturaleza. No es un don ni un regalo divino, es un hecho corriente.

Los seres humanos, no olvidemos, somos solamente una especie más entre millones, ni más ni menos perfectas o especiales que las demás que nos acompañan en este planeta. Solo somos diferentes y una de las diferencias radica en que nuestra especie tiene la capacidad de moldear el entorno y de organizar la sociedad a voluntad.

Es por ello que la manera en la que vivimos no es la única posible. Los humanos podemos rehacer la sociedad totalmente y en múltiples direcciones. En otras palabras, en nuestra sociedad nada de lo establecido es inmodificable y eterno. Por tanto, los valores instituidos no responden a un ordenamiento predeterminado o a una fatalidad o a un propósito divino. Lo que somos como humanos es producto del proceso de socialización que cada cultura impone y legitima como normal, como correcto, de tal manera que absolutamente todo responde a unos intereses y propósitos creados por una minoría que se erige como la elegida, y es validado, consciente o inconscientemente, de modo activo o pasivo, por la mayoría supeditada a aquélla. Así se conforma la sociedad. De ahí surgen sus valores.

Sacralizar la vida, establecer este hecho biológico como un valor absoluto inviolable, obedece pues a unos intereses muy humanos y concretos de nuestra cultura. Por supuesto que la vida una vez brotada, una vez nacida, debe ser protegida por todos para que alcance su completo desarrollo en las mejores condiciones posibles, sin embargo, no es necesario otorgarle el estatus de sagrada para cuidarla y ayudarla a prosperar.

Ahora bien, esta preocupación por la vida humana, por su viabilidad una vez nacida, no significa que mientras se geste en el vientre, la mujer esté obligada a conservarla sino puede o no quiere hacerlo. La maternidad es una opción, jamás una obligación. Las mujeres por el hecho de estar dotadas por la naturaleza para procrear la vida, no estamos condenadas a parir cada que se fecunde un óvulo. Afirmar que un óvulo fecundado es intocable, es un valor cultural que, por lo tanto, puede ser discutido y modificado.

De otro lado, el dominio del hombre en nuestra cultura ha llevado al control de la vida de las mujeres en todos los aspectos y la maternidad no escapa a ello. Y claro, para facilitar dicho control, la vida ha sido divinizada, como una forma de blindarla frente a la voluntad humana, frente a la decisión de las mujeres. De ahí el rechazo al aborto en nuestra cultura.

Es así como el aborto desde esta perspectiva no puede ser juzgado más que como un delito, un crimen atroz. Por el contrario, si despojamos de sacralidad a la vida y lo consideramos como lo que realmente es, un hecho contingente y corriente, podemos asumir la discusión del aborto sin el enceguecimiento y el fanatismo que lo cubre.

Por otra parte, no nos digamos mentiras, la interrupción voluntaria del embarazo es considerado un crimen cuando es la mujer quien toma la decisión de hacerlo. Pero si la interrupción ocurre como producto de la violencia física del hombre, de una golpiza por ejemplo; o por omisión de los cuidados que debe procurar el Estado desde sus entidades, a la mujer gestante; o por el abuso y exceso de trabajo en condiciones de sobreexplotación, no pasa nada, nadie es condenado, nadie resulta estigmatizado ni señalado. En estos casos el que la vida sea sagrada no importa, se hace caso omiso de este valor tan socorrido por quienes están en contra del aborto.

En efecto, en la discusión del aborto lo que realmente no se perdona es que la interrupción del embarazo sea producto de la decisión de la mujer, el resto es prosa. No importan los millones de vidas nacidas y tiradas al mundo, carentes de todo cuidado, de todo amor. Los miles de niños “buscando su hogar”, mendigando que alguien se ocupe de ellos, no llenan páginas ni discursos ni generan marchas de agravio. Esas vidas, olvidadas de todos, no importan. Como tampoco importa la vida de las mujeres que fruto de un embarazo obligado, terminan su vida en la miseria, en el dolor, en la locura, en la frustración.

Esta sociedad se ensaña con las mujeres de un modo despiadado: además de indicarles qué decir, qué hacer y qué pensar; de usarlas como esclavas sexuales; de sobreexplotarlas laboralmente; de negarle el valor al trabajo doméstico que ellas realizan; las señala y las condena como criminales cuando desobedecen la estricta y tácita ley de parir, aun cuando quien lo haga sea una menor de edad violada que sin dejar de ser niña se tiene que convertir en madre.

Dejemos de estar apelando a valores que carecen de todo sentido cuando son mirados con los filtros de la razón y la realidad. Interrumpir un embarazo no es un delito, las mujeres que deciden hacerlo no son criminales, los fetos son solo humanos en potencia, un óvulo fecundado no es sagrado.

Abandonemos tanta hipocresía y centrémonos en buscar más bien cómo resolver los problemas enormes de esta sociedad tan desigual en la que millones de seres humanos viven de forma tan indigna y oprobiosa. Eso sí debería quitarnos el sueño y volcarnos a las calles.

Tarea inconclusa

 
“ellos vinieron a marchitar las flores,
vinieron a marchitar nuestra flor para hacer que su flor floreciera”
De un poema nahuatl

La sangre sigue corriendo, a veces, en hilos pequeños y otras, formando ríos. Así fue en el pasado cuando los civilizados españoles enseñaron a sus perros a cazar y matar salvajes y así es ahora cuando las balas de los hermanos blancos los persiguen hasta encontrarlos.

Resguardados en las cimas de las montañas o cercados por monocultivos que amenazan con tragárselos; asechados por el progreso que prometen los empresarios; adoctrinados por la religión y la orgullosa cultura occidental; despreciados por todos aquellos que se asumen superiores; acosados por los grandes capitales, nacionales y extranjeros, para quienes no son más que fastidiosos obstáculos en su próspero camino; sitiados por el hambre, la miseria y la violencia; expulsados de sus tierras, despojados de su cultura, azotados por la cómplice indiferencia de los mestizos… los nativos, los legítimos dueñas de esta tierra, son obligados a huir a lo más profundo de la selva, a lo más alto de la montaña, a lo más recóndito del llano y, cuando no les queda otro camino, al asfalto de las ciudades.

Desesperados ante el peligro real de perder sus vidas en una persecución que no les da tregua, buscan refugio en cualquier rincón, pero no hay sitio seguro para ellos, al final siempre están solos y acorralados porque se nos ha enseñado a verlos con desconfianza, con asco; se nos ha enseñado a repudiarlos por indios, por memes, por brutos, por perezosos, por lo que sea, pero se nos ha enseñado a despreciarlos,

Los más aguerridos, los que se han resistido con todas sus fuerzas a seguir siendo tratados como animales, los que han luchado por su tierra, por su vida y su cultura, los que han resistido hasta el final el embate de los blancos, también han sido acorralados. Su sangre, la antigua y la fresca, sigue fluyendo por el monte, por las carreteras, por los ríos. 

El exterminio de la conquista no ha cesado, han cambiado los rostros, los discursos, los acentos, las manos criminales, pero no los motivos que lo impulsan: la apropiación ilegítima de la tierra, es decir, de sus recursos naturales, de sus riquezas.

No, no ha sido suficiente el robo y la expoliación de tantos años, falta más, mucho más. Falta más tierra para el ganado, para la palma africana y la agroindustria, para la minería, para las represas, para los grandes negocios, para… el progreso de los blancos, de unos cuantos, de los más rapaces, de los insaciables, de los adalides del capitalismo voraz.

Por eso la sangre sigue rodando, llenando de dolor al indio y de satisfacción al blanco; de derrota a los pueblos, pero de victoria a los potentados, de desolación a unos y de satisfacción a los otros.

No importa que la constitución del 91 los hubiera hecho visibles y reconocidos, por fin, como hijos de la patria, su condición de parias, de indeseables no quedó abolida por la ley, la constitución no los amparó más que en el papel porque en la práctica su persecución continúa pues el objetivo inicial de ésta, su exterminio, no ha concluido, sigue siendo una tarea inconclusa.

Y es que los motivos de su aniquilación no radican en sus costumbres, aunque éstas choquen con el gusto de la fina modernidad; no está en el color de su piel pese a que ofenda la pureza de los blancos; tampoco se halla en su idioma, aunque se considere una jerigonza altisonante; menos aún radica en su apariencia, aunque sea una afrenta a la estética imperante. No, nada de eso importa, aunque se rechace; con todo ello se puede convivir, todo ello sería soportable y hasta aceptado. Lo que hace al pueblo indígena intolerable es la poca tierra que no han logrado arrebatarle, sino fuera por ella, andaría libre y ajeno a la mirada y a la persecución sistemática e implacable de quienes hoy, como ayer, los tienen en la mira.

¡Que vivan las madres!

Ser madre es algo maravilloso seguramente, sin embargo, en ciertos aspectos, la función de madre resulta ser un lastre muy pesado que muchas mujeres no reconocen como tal porque han sido educadas para asumir su rol de ama de casa y madre como algo natural y hasta hermoso.

No niego que pueda ser muy gratificante y bello dar vida a un ser, ver crecer los hijos y después ayudarles a volar. Pero esto que románticamente se ve muy bien tiene su lado bien oscuro.

En primer lugar, la responsabilidad de criar los hijos, tanto material como cultural y sicológicamente, en muchos casos queda solo en las mujeres porque en esta sociedad es muy frecuente el abandono de los padres. Muchos hombres van por el mundo engendrando hijos como si fuera un deporte sin preocuparse para nada después de estos.

Es decir, muchas mujeres, esos seres buenos para nada, mediocres e inferiores, quedan con la obligación de “levantar” a sus hijos, solas y en muchos casos, con una nula o escasa preparación profesional, lo que las condena a una vida de trabajos precarios y mal remunerados, expuestas además en muchos casos, a todo tipo de abusos por parte de sus empleadores, incluidos los sexuales.

En esta tarea, se les va la vida, la propia, como seres humanos. Sus prioridades, sus sueños, sus ambiciones se esfuman en la medida que toda su dedicación, inclusive la de su tiempo “libre”, deben ponerla al servicio y cuidados de los hijos. Tanto fuera de casa como dentro, su trabajo y esfuerzo tienen que dirigirlo hacia otra vida, no a la suya.

Muchas otras mujeres, estas sí con compañero, bien imbuidas de la ideología patriarcal, asumen su rol de madres como se las ha enseñado: educan a sus hijas para que se conviertan en sus réplicas cuando lleguen a adultas, es decir, servidoras y solícitas con los hombres de la casa, y a sus hijos, como príncipes y futuros reyes del hogar, del de sus padres cuando sean adultos y la figura del padre haya menguado o falte, o del que funden por su cuenta cuando formen su hogar.

Así muchas madres, alejan a sus hijos de cualquier responsabilidad de trabajo en el hogar porque para eso está la mamá que todo lo hace, o en su defecto, las niñas de la casa. Al niño no se le permite hacer nada que sea “propio” de mujeres: hacer aseo, cocinar, lavar ropa, etc. Ellos están para cosas más grandes. Los niños son del mundo; las niñas, de la casa.

De este modo, mientras los nenes, a pesar de ser adultos, permanezcan en casa, son atendidos como reyes y las madres se convierten en sus esclavas. Las excusas están: si no trabajan todavía los nenes, hay que dejarles tranquilos para que vayan a la calle, socialicen con sus amigos y busquen trabajo o hagan “cosas de hombres”; si ya trabajan, no es justo que después de un día de duro trabajo, los nenes tengan que llegar a hacer algo, no, ellos deben descansar.

Al final, sea cual sea la situación, el nene, aunque esté viejo, tiene todo lo doméstico solucionado y no solo eso, ellos mismos, en lo que consideran “lo que debe ser”, se atreven a reclamar y exigir perfección en las atenciones de las que son objeto: la comida no está bien, o está fría, o está muy caliente, o no es variada; la ropa no quedó a su gusto, le falta plancha, o le faltan botones, o cualquier cosa; su cuarto no está bien organizado… siempre hay reparos.

Si los hijos se fueron del hogar y viven solos, los más arriesgados o económicamente pudientes, no olvidan lo que popularmente se conoce como el “hotel mama”, porque no hay nada como la comida de mi vieja, y la ropa no hay quien la cuide tanto como ella. Así que duermen fuera pero la ropa sucia y la comida la encuentran en casa de mamá.

Si forman un hogar, a la casa vuelven a que la mamá le cuide los nietos o las mascotas o le solucione los problemas domésticos que “su” mujer, no puede resolver. La mamá está siempre ahí, incondicional, a pesar del cansancio, a pesar de la vejez, a pesar de las enfermedades, a pesar de haber cumplido hace mucho rato ya, con “su” obligación.

“Es que así, ella se siente útil” dicen los nenes cuando se les recrimina por su abuso, o “ella es feliz cuidándome”. Ahí si no hay determinación para decirle, NO, basta de tanto trabajo, descanse mamá, piense en usted. No hay voluntad ni imaginación para destetarse de la esclava. Y no la hay porque la mamá se ha enseñado a verla como eso, como la mamá que está ahí para facilitarle la vida.. Qué lindo, qué tierno !Que vivan las madres, carajo¡

Las jóvenes y la lucha contra el machismo

A pesar de los discursos y las marchas, a pesar de los innegables cambios en la mentalidad de muchas mujeres, a pesar de la “liberalidad” reinante, a pesar de los cambios en la sociedad, las mujeres, especialmente las jóvenes siguen siendo relativamente ajenas a la reflexión y a la lucha por la emancipación real de la mujer.

Pocas son las jóvenes que deciden protestar, y muchas más pocas todavía, las que se atreven realmente a romper con los moldes establecidos. Al contrario, gastan esfuerzo, dinero y vida, en adecuarse al prototipo creado para ellas. Tener las medidas requeridas (bastante trasero y abundantes senos) y el rostro perfecto es lo principal, el prepararse para ser independientes y autónomas, en la medida de lo posible, no parece ser la prioridad sino para unas cuantas. Estudiar el pasado, conocer la historia de lucha de las mujeres por alcanzar el estatus de seres humanos y por ende, recibir un trato correspondiente, es casi un exotismo.

La lucha por la igualdad de condiciones y derechos de los que gozan los hombres, resulta para ellas indiferente, y en muchos casos, asunto de locas que se la pasan quejando por todo. Esto no deja de ser muy desalentador si se piensa que en las jóvenes se cifran las esperanzas del cambio.

De igual manera son escasas aquellas que se esfuerzan por reflexionar sobre los roles asignados, por cuestionar lo que se exige de ellas, por conocer y destruir los mitos en eso que los esencialistas llaman la “naturaleza femenina”.

El día internacional de la mujer se ha convertido para estas jóvenes, sumidas en su rol de mujer, en una fiesta más, en una celebración de su feminidad, belleza y dulzura, en una ocasión para rumbear, recibir regalos y mensajes de admiración y reconocimiento por ser “la más bella creación” sobre la tierra. Un día en el que se sienten reinas.

Ahora bien, es verdad que algunas jóvenes son conscientes y denuncian, más que antes, la desigualdad salarial, los abusos sexuales, el tema de “género”, la violencia contra las mujeres… pero en gran medida, su discusión se queda en el terreno de lo público mientras aquello que las mujeres somos y padecemos en el ámbito privado se reflexiona menos, se cuestiona poco.

Repetimos, claro que se denuncia hoy más que antes la violencia intrafamiliar y el maltrato pero no se cuestionan contundentemente los roles domésticos que son asumidos por hombres y mujeres en el hogar. El trabajo en la casa (realizado en la noche o en la madrugada cuando se trabaja también fuera de ésta) sigue siendo asumido por las mujeres; la responsabilidad del acompañamiento de los hijos durante su crecimiento sigue estando principalmente en manos de las mujeres; la sexualidad de la pareja sigue estando, en gran medida, regida por la voluntad masculina; la toma de decisiones sobre los aspectos cruciales de la vida, sigue estando en cabeza de los hombres; los sueños de las mujeres siguen estando subordinados a los de sus compañeros. Por supuesto en todo esto hay matices y excepciones pero no dejan de ser mínimas.

Y es ahí precisamente, en ese ámbito privado, en el más íntimo de los espacios donde muchas mujeres no reconocen su subordinación, no cuestionan la carga que se les ha echado encima. En ese espacio familiar las mujeres no hemos logrado comprender que todo aquello que parece natural, que por tradición se nos ha enseñado a perpetuar, no es sino la expresión más pura del machismo.

Es de puertas para adentro donde el patriarcado se incuba, crece y se reproduce. Ese espacio es su nido, representa el reino de los hombres y la esclavitud de la mujer; es el lugar en donde nuestra voluntad es quebrada, nuestro sueño de trascender es apagado, nuestra autonomía se desdibuja y nuestro progreso conoce sus límites.

Si las jóvenes siguen soñando con formar un matrimonio en las mismas condiciones en las que hoy existe; si siguen creyendo sin discutir que la máxima realización de una mujer es ser madre; si siguen aceptando sin reparo que el pilar del hogar es la mujer; si siguen esperando conseguir un hombre que las soporte económicamente; si siguen dejando que sus sueños se marchiten por correr tras un hombre que va en busca de los suyos; si siguen empeñadas en volcar toda su atención en su figura; en fin, si las jóvenes siguen estando convencidas que la lucha por la igualdad de condiciones y derechos se da solo en la calle y en el hogar se comportan como lo hicieron sus madres, sus abuelas y todos sus ancestros, la llamada revolución de las mujeres no será más que lo que es hoy en día, un discurso que suena bien pero que no pasa de ser eso.

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La realidad

MIENTRAS

una famosa firma de lencería, Victoria’s Secret, lanza una prenda íntima llamada ‘Fantasy Bra’, un brasier compuesto por 9 mil piedras preciosas y diamantes incrustados en oro de 18 quilates y cuyo costo es de 3 millones de dólares (en pesos de hoy el equivalente a  9.600 millones),

Donald Trump posee un Ático en Nueva York, en el que hay grifos, azulejos e inodoros de oro,

hay un papel higiénico hecho en 3 capas de papel de 22 quilates de oro en escamas, con un valor de un millón 300 mil dólares (en pesos nuestros 960 millones),

el príncipe de Arabia Saudita, Al Waleed Al-Walid bin Talal, y su esposa la princesa Ameerah, poseen una colección de joyas calculada en más de 700 millones de dólares (2.240 mil millones de pesos), además de un Mercedes Benz SL 600 con diamantes incrustados y varios autos deportivos como  Lamborghini y Ferrari,

una firma italiana, Buscemi, fabricante de tenis de lujo creó las Diamond Sneaker, zapatillas con incrustaciones de diamantes de 11,5 quilates y oro de 18 quilates y valen 132 mil dólares (424 millones de pesos aproximadamente),

Mukesh Ambani, el hombre más rico de India, hizo construir en Bombay una casa para su familia (esposa y tres hijos) con un valor de US$1.000 millones (sin incluir mobiliario ni costo del terreno), de 27 pisos y más de 37.000 metros cuadrados, 10 ascensores, estacionamiento subterráneo de seis pisos para 160 vehículos, tres helipuertos y 600 empleados a su servicio,

los hijos de Robert Mugabe, expresidente de Zimbabue, Robert Jr. y Chatunga, viajan en un jet privado, con el interior adornado completamente en oro,

en todo el mundo, la riqueza total de los multimillonarios aumentó 19% en 2017, a un récord de US$8,9 billones, repartidos entre 2.158 personas.

Mientras esto y otras mil extravagancias más se fabrican y millones de dólares se gastan en fiestas, vestidos y objetos de lujo, y multimillonarios nadan en los excesos de todo…

en Estados Unidos “unos 40 millones viven en pobreza, 18,5 millones en pobreza extrema y 5,3 millones viven en condiciones de pobreza extrema propias del tercer mundo” según un informe en el que Philip G. Alston, relator sobre pobreza extrema y derechos humanos de la ONU, da cuenta de una gira de 15 días de investigación que realizó en ese país a finales de 2017,

la India tiene el mayor número de personas malnutridas del mundo: 195 millones. Aproximadamente el 40 por ciento de los menores de cinco años presenta retraso en su desarrollo por culpa de una alimentación inadecuada,

en Yemen han muerto 84 mil 701 niños con malnutrición aguda grave, cifras que iniciaron desde abril de 2015, hasta agosto de 2018,

la mitad de los 14 millones de somalíes necesita ayuda para sobrevivir,

más de cinco millones de personas, casi la mitad de los habitantes de Sudan del Sur, se están muriendo de hambre,

Asia es el continente con la mayor cantidad de personas del mundo que padece hambre: dos tercios del total,

152 millones de niños entre 5 y 17 años son víctimas del trabajo infantil,

en África subsahariana una de cada cuatro personas, presenta desnutrición,

aproximadamente 100 millones de niños en los países oprimidos presentan peso inferior al normal y 66 millones de niños en edad escolar primaria asisten a clases con hambre…

Es decir, mientras unos pocos se limpian, o pueden limpiarse, el culo con papel hecho de láminas de oro, la mayoría de seres humanos en el mundo se ve obligada a comer mierda. En otras palabras, menos vulgares: el bienestar y caprichos exóticos de una minoría son sustentados con el sudor, la sangre y el sufrimiento de la mayoría. Esta realidad innegable es la verdad pues como afirmó el famoso filósofo griego Aristóteles, la única verdad es la realidad.

Violencia contra la mujer a la orden del día

A las niñas se les regalan muñecas y todo tipo de juguetes que no son más que réplicas del considerado mundo femenino: ollas, vajillas, cocinas, neveras, estufas, lavadoras… y/o miniaturas relacionadas con la belleza: pintalabios, esmaltes, maquillajes, tocadores, estuches de salón de belleza… y/o juguetes relacionados con profesiones etiquetadas como femeninas: paquetes de enfermera, maestra, cocinera, costurera… A las niñas se les limita el espacio y la mente.

A las niñas se les enseña a ser mimadas, caprichosas, coquetas, pasivas, maniquíes…

A las niñas se les enseña a “hacer oficio”, ser recatadas, limitarse al espacio del hogar, estar lindas, complacer a sus hermanitos…

A muchas niñas las dejan sin educación…

A muchas niñas les extirpan su clítoris…

A muchas niñas las educan solamente para ser esposas…

A muchas niñas les eligen sus maridos…

A muchas niñas las casan antes de la pubertad con hombres mayores…

Muchas mujeres son obligadas a abortar cuando se comprueba que sus fetos son hembras…

A muchas mujeres la familia las vende como esposas… por dinero, por ganado, por inmuebles… en Colombia, en México, en la India, en la China, en Afganistán, en Malasia, en Camboya, en África…

Muchas mujeres se venden porque fueron enseñadas que solo valen como mercancía…

Muchas mujeres dedican su vida a permanecer en el mercado: se remodelan de acuerdo a los estándares del momento…

A muchas mujeres la miseria solo les deja abierta una puerta: vender su cuerpo…

Muchas mujeres se venden porque en sus casas ya han sido violadas y abusadas…

Muchas mujeres son vendidas porque son un estorbo…

Muchas mujeres son tasadas en el mercado por su virginidad…

Muchas mujeres son propiedad privada de los hombres…

Muchas mujeres viven de ser adornos, algunos muy lujosos, pero adornos al fin y al cabo…

Muchas mujeres son acosadas sexualmente en el trabajo, cualquiera que éste sea…

Muchas mujeres son víctimas del tráfico de personas…

Muchas mujeres son despreciadas y humilladas por ser pobres y/o feas, y/o negras, y/o campesinas, y/o limitadas físicamente… pero aun así son abusadas…

Muchas mujeres no pueden tomar decisiones, ni siquiera sobre su propio cuerpo… los hombres las toman por ellas…

Muchas mujeres no pueden alcanzar el éxito profesional porque están ocupadas en ser madres y esposas…

A las mujeres que no son monógamas se las llama putas, se las desprecia, se las marca, se las margina…

A las mujeres se les reconoce poco su inteligencia porque lo que se valora es su belleza…

A muchas mujeres se les grita, se les amenaza, se les golpea, se les insulta, se les cohíbe, se les limita, se les calla porque no valen nada, no valen sino por lo que tienen entre las piernas…

A las mujeres se les ha violentado por milenios y aunque el mundo revoluciona tecnológicamente cada vez con mayor velocidad, la cultura patriarcal sigue resistiéndose a morir y creando nuevas maneras de reinventarse, de remozarse.

Por ello NO hay que bajar la guardia, por ello hay que mantener la lucha viva, por ello hay que estar siempre alertas, por ello hay que reeducarnos, por ello es necesario denunciar cada acto de violencia que se cometa en contra de una mujer, por ello hay que estar firmes, por ello debemos rebelarnos, por ello hay que ir rompiendo una a una todas las cadenas que nos atan a un sistema que enseña que cualquier cosa vale más que una mujer.

Aborto legal, libre, seguro y gratuito

Hoy, después de doce años de haber logrado, al menos en el papel, que en tres casos las mujeres puedan legalmente interrumpir su embarazo de modo voluntario, este derecho adquirido a través de la lucha, se ve amenazado.

Estos doce años que han corrido después de que la Corte Constitucional aprobara el derecho de las mujeres a abortar en solo tres casos, no han sido fáciles, al contrario, han sido dolorosos y tristes. Las mujeres que han querido hacer uso de este derecho han encontrado todas las trabas posibles por parte del Estado representado en sus funcionarios. Para no cumplir con lo que deben hacer, quienes tienen la responsabilidad de aplicar las normas, se han inventado una serie de obstáculos que han hecho casi imposible acceder a este derecho.

Como si esto fuera poco, ahora se quiere poner una traba más, limitar el tiempo en que las mujeres puedan interrumpir su embarazo. Hasta ahora, no hay un límite de semanas para que una mujer pueda hacerlo pero a partir del caso de una mujer que logró acceder a un aborto a las 26 semanas de gestación, después de una larga disputa legal, la magistrada Cristina Pardo (quien en 2014 se declaró objetora de conciencia frente al aborto) ha aprovechado el hecho para revivir la discusión en torno a la interrupción del embarazo (para la magistrada, feticidio) y así llevar a que la Corte Constitucional examine la posibilidad de plantear un límite en los meses de gestación para que sea viable acceder al aborto legal en el país.

Este hecho a todas luces no tiene otra intencionalidad que tratar de poner más palos a la rueda de la despenalización del aborto. Si como está aprobada la sentencia que permite acceder a este derecho es difícil hacerla cumplir, ponerle límites de tiempo, es dar una oportunidad de oro para que a través de las ya acostumbradas dilaciones por parte del sistema de salud, les sea imposible a las mujeres abortar legalmente.

Si tal propuesta llegara a cristalizarse todo esto no hará más que empujar de nuevo a las mujeres a buscar el auxilio de los abortos clandestinos con todas las consecuencias que ello trae para su vida y salud.

Finalmente recordemos que todas estos obstáculos que se ponen para no aplicar la ley afectan casi que exclusivamente a las mujeres pobres y marginadas del país pues como lo hemos repetido infinidad de veces, para una mujer con recursos económicos el problema de ineficiencia, negligencia y negación de prestación de servicios médicos para interrumpir un embarazo, se soluciona con dinero en una clínica privada o en el extranjero.

Hay que defender el derecho ganado y continuar la lucha por la despenalización total del aborto sin ninguna restricción.

Por las mujeres más pobres y marginadas: ¡Aborto legal, libre, seguro y gratuito!

No más segundo sexo

Las mujeres que han cambiado el mundo no han necesitado nunca mostrar otra cosa que su inteligencia. Esta frase atribuida a la neurobióloga Rita Levi Montalcini, premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1986, resalta con claridad y contundencia que lo más importante para transformar el mundo, proviene de la mente, del uso de esa característica humana que ha sido tratada de disminuir y hasta negar en las mujeres: la inteligencia.

Las capacidades intelectuales de razonar, comprender, contrastar, relacionar, inferir, sintetizar, analizar… han sido catalogadas como características eminentemente masculinas al tiempo que se ha considerado que en las mujeres estas no existen o no son necesarias. Así es como desde esa inveterada clasificación dualista del ser humano en cuerpo y mente, se determinó que en el hombre prima la mente y en la mujer, el cuerpo. De ahí que se procure desarrollar en los varones sus capacidades cerebrales y en la mujer se promueva el cuidado del cuerpo. En otras palabras, lo que importa en los hombres es la inteligencia y en las mujeres, su figura.

Pero tal repartición de atributos es a todas luces una trampa que ha llevado a justificar el dominio de un sexo sobre el otro. Una trampa que ha logrado convencer a la mayoría de la superioridad de los hombres y la inferioridad de las mujeres. Una trampa que ha atrapado a las mujeres en las veleidades de la apariencia personal. Una trampa que ha logrado diluir los esfuerzos de la mujer por cultivar su intelecto y la ha hecho esclava de su cuerpo.

Desde esta perspectiva las mujeres no están hechas para pensar sino para ser hermosas, para pensar están los hombres que son quienes toman las decisiones y trazan el rumbo de la sociedad. Las mujeres están para agradar, para divertir, para alivianar con sus gracias y dones, los padecimientos de los hombres.

Ahora bien, es seguro que muchas mujeres se sientan felices ocupándose de su belleza, cuidando su figura y comportándose como muñecas; es seguro que muchas disfrutan exhibir su cuerpo y sentirse deseadas por todos; es seguro que tantas otras están convencidas de que la única ocupación válida es adecuarse lo máximo posible a los estándares de la moda y la belleza para no perder vigencia; es seguro que todas ellas se sienten libres y en medio de los flashes, las sedas, los lujos, los aplausos, la aprobación de los hombres, los piropos y hasta los abusos, no reconozcan su esclavitud, no identifiquen su opresión, no se sientan mancilladas y por el contrario, se sientan “realizadas” como “mujeres”.

Pero todo esto no es más que la evidencia del éxito arrollador de un modelo educativo que ha logrado producir en masa seres acéfalos incapaces de pensar sobre su propia realidad, seres humanos adoctrinados y sumisos. Resultado muy útil para quienes han manejado los hilos del poder en todas las escalas jerárquicas.

Es por eso que dentro de este contexto dualista y machista, la frase de Rita resulta tan importante, porque desafía y subvierte el orden establecido. El uso y abuso del cuerpo de las mujeres como moneda, como cosa, como medio para conseguir todo no ha generado más que dolor y opresión a la mayoría de mujeres en el mundo. La excesiva, y en algunos casos, única preocupación por alcanzar una figura perfecta, léase deseable, no ha hecho otra cosa que esclavizar más a la mujer, atornillarla en el lugar que se la ha asignado, el de objeto decorativo sin mayor valor que el brillo que momentáneamente emane. La ha convertido en el segundo sexo.

Sí, el mundo se puede transformar, no estamos condenados a soportarlo tal cual está. Es posible eliminar todos los obstáculos que impiden a los seres humanos subordinados y discriminados desarrollar y desplegar todas sus capacidades intelectuales, toda su potencial inteligencia. Pero para hacerlo hay que atreverse en primer lugar a desafiar el orden establecido y los estereotipos que encasillan y etiquetan. Hay que dejar de ver como natural, entiéndase normal e inmodificable, las creencias y costumbres que justifican y reproducen comportamientos establecidos que alimentan la desigualdad y la injusticia.

Específicamente las mujeres deben negarse a aceptar su supuesta inferioridad, atreverse a desafiar los prejuicios sexistas, rechazar el embuste de su incapacidad mental y de la necesidad de un tutor a perpetuidad, romper con la tiranía en que se ha convertido la belleza, dejar de creer que su fuerza y poder residen en su cuerpo, entender que como seres humanos tenemos las herramientas para cambiar el mundo, el propio y el ajeno. El esfuerzo vale la pena así haya que arriesgarlo todo.

 

¿Orgullo gay?

No hay acto más anodino que sentirse orgulloso de algo que no se busca, de algo que simplemente es sin el concurso de la voluntad. Uno no dice me siento orgulloso de tener dos ojos, a lo sumo diría me siento feliz. Nadie se siente orgulloso de ser humano o alto o flaco o lo que sea que no se haya elegido. Se siente contento o descontento pero nada más. Uno se siente orgulloso de aquello que ha construido con esfuerzo, con paciencia, con tenacidad, con persistencia.

Por esta misma razón resulta un sin sentido que una hembra humana o un heterosexual dijeran sentirse orgullosos de serlo. Nada de esto tiene ningún mérito. En ello no hay ninguna hazaña, ninguna proeza. Es un hecho que simplemente se asume y ya. Es más, y ya lo he dicho muchas veces antes, quien en esta sociedad machista se sienta orgulloso de ser hombre o mujer (entendidos estos conceptos como construcciones sociales), deja mucho que desear a mi juicio, porque ambos roles, producto de una rigurosa educación sexista, son una desgracia. Esa separación tajante entre lo que la sociedad ha dicho que es ser mujer o ser hombre, no ha traído más que desdicha a los seres humanos.

De nuevo, por qué en lugar de decir y sentir estupideces como esa del orgullo gay o del femenino o del masculino, no nos asumimos como seres humanos. Ese sí que es todo un reto. Relacionarnos como pares, aceptarnos con nuestras debilidades y fortalezas sin adjudicárselas por naturaleza a unos, respetarnos recíprocamente como personas independientemente de las diferencias, de eso sí sería lógico sentirnos orgullosos.

Las orientaciones o gustos sexuales no son motivo de orgullo o vergüenza, son hechos escuetos que en sí mismos no tienen ninguna trascendencia, de tal suerte que las marchas por el orgullo gay no sólo carecen de sentido sino que tácticamente pueden resultar contraproducentes.

Ahora bien, si lo que se busca con tal actividad es conmemorar la lucha por el derecho a la igualdad o reclamar tolerancia y respeto de la sociedad hacia las personas pertenecientes a las llamadas comunidades LGTBI, su nombre resulta totalmente errático, de igual manera que la marcha misma, tal como se hace.

La lucha por la no discriminación de las personas basada en su orientación sexual no solo es prioritaria por necesaria y urgente, sino justa y válida, sin embargo, las mencionadas marchas al privilegiar la forma sobre el contenido lo único que consiguen es sepultar las verdaderas y serias reivindicaciones que se persiguen; ocultan con su superficialidad, los argumentos de peso que existen para exigir no ser discriminados ni estigmatizados. La artificialidad y la excesiva afectación de la mayoría de los marchantes no hacen más que banalizar su lucha, poner el acento donde no lo debe tener.

Es como si para exigir el respeto a la mujer como ser humano, para reclamar sus derechos, se utilizara un reinado de belleza. Obviamente habría allí una contradicción que no haría más que desvirtuar la lucha. La defensa por los derechos humanos, cualesquiera sean los que se reclaman, tiene que concentrarse en la reflexión, en la concientización, en la discusión de lo que se considera fundamental, y marchas tan carnavalescas y folclóricas como la del orgullo gay no son precisamente una manera efectiva de lograrlo.

Por supuesto estoy convencida de que los homosexuales no son enfermos ni personas raras ni seres especiales ni dañados, ni nada que se les parezca. Son seres humanos con una orientación sexual tan válida como cualquier otra. No hay en esto nada de reprochable pero tampoco motivo de orgullo.

Lo que hay que resaltar, por lo que hay que marchar, es por la defensa del derecho a ser tratados todos como humanos, sin discriminaciones de ningún tipo. Independientemente de cualquier hecho o circunstancia, todas las personas estamos formadas de lo mismo, todas pertenecemos a la misma especie y por lo tanto, debemos ser tratadas con la misma consideración. En eso es en lo que hay que concentrarse y la manera de hacerlo no es a través de desfiles en los que se derrocha extravagancia y se exacerban estereotipos que en nada contribuyen a la reflexión seria.

De acuerdo, la lucha de los gay por ser tratados como seres iguales a los demás, es válida y habrá que darla hasta que la sociedad lo acepte en el terreno de lo privado y lo público. Pero no más. Dejemos el orgullo para aquellos logros que nos destaquen como mejores seres humanos, como excelentes en cualquier campo intelectual o físico, como personas destacadas en el arte o en cualquier habilidad que constituya un aporte para el conjunto de la sociedad.

Reivindico, apoyo y defiendo los derechos de los homosexuales pero no aplaudo para nada su fiesta del orgullo gay.