De oídas, 1

Cuando acabó su almuerzo, don Rogelio se levantó con la lentitud propia de una persona de su edad, bastante avanzada, y de su corpulencia, alta y obesa. Se dirigió con paso lento al cuarto de baño del lujoso restaurante y después de desfogar las urgencias de su vejiga, se aproximó a uno de los lavamanos. Con parsimonia lavó muy bien sus manos y luego sin preocuparse de quien lo estuviera observando, extrajo con toda naturalidad, su caja de dientes. La tomó con delicadeza y casi con amor, empezó a lavarla. De repente un niño que estaba en el lavamanos contiguo, soltó la pregunta con un evidente tono de asombro: ¿usted puede sacarse los dientes? Don Rogelio, con la caja de dientes en sus manos, sin dar muestra de sorpresa alguna, se la puso de nuevo, abrió bien la boca para que el chico pudiera verla perfectamente ajustada dentro de su boca y de nuevo la sacó para seguir con su limpieza. Ante el rostro admirado y aterrado del niño que seguía mirándolo sin pestañear, le contestó: ¿Y es que tú no puedes sacártelos? El niño muy asustado salió corriendo del cuarto de baño.

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