Desde el otro lado

El centro comercial, esa caja enorme de cristal a través del cual se podía ver un mundo limpio, perfecto, lleno de colores y olores exquisitos, estaba más lindo que siempre porque todo él era una explosión de luz y música. El trencito que recorría todo el primer piso estaba también más bello que nunca y su conductor, vestido de rojo y blanco, ahora parecía más amable y alegre: reía y tomaba en sus brazos a los más pequeños para después dejarlos instalados en una de los puestos anhelados de ese mágico tren en el que se repartían dulces y se daban vuletas al ritmo de los villancicos.

Afuera y pegado al cristal lo más que podía, un niño de pelo revuelto, mal vestido y con unos tenis rotos en la punta por la que se asomaban sus dedos, devoraba las imágenes que veía. Su mirada no se apartaba ni un instante de ese trencito al que deseaba subirse pero no le dejaban hacerlo. A pesar de estar allí, al alcance de sus pasos, ese mundo le era ajeno y tenía que contentarse solo con contemplarlo y soñar con él, de la misma manera que lo hacía con los juguetes maravillosos que exhibían las vitrinas y los comerciales de televisión.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *