post

El escape

Recuerdo el momento exacto en que el mundo comenzó a ser más grande. Yo acababa de entrar a casa y al instante de ganar el primer peldaño de una escala que da acceso al segundo piso, miré hacia arriba y de repente tuve la extraña pero precisa impresión que la casa era más amplia. Sentí o que me sobraba espacio o que me hacía falta más cuerpo. Inmediatamente vino a mi memoria el recuerdo de la sensación que con frecuencia me llegaba en ciertas noches antes de dormir: ante mis ojos ya cerrados y preparados para el sueño aparecía, de entre la oscuridad, la imagen de una mano con la palma vuelta hacia mí, aproximándose a mi rostro, haciéndose cada vez más grande en este recorrido mientras que el resto de mi cuerpo se iba disminuyendo. Yo sentía entonces que esa mano, que me resultaba ajena aun sabiéndola mía, podía tragarme toda: mis pechos se convertían entonces en dos diminutos puntitos, mi abdomen se adelgazaba hasta desdibujarse y el resto de mi cuerpo se reducía a tal extremo que todo él podría caber, sin ningún problema, en la palma de mi mano que permanecía gigante y amenazadora. Hasta allí llegaba esa visión. Yo quedaba suspendida en el vacío, pequeña, inerme, totalmente a merced de la voluntad de mi mano.

Dejé de lado mi recuerdo e intenté subir el escalón que tenía al frente pero me fue imposible alcanzarlo. Mi pie resultaba tan pequeño que dudé que pudiera llevarme a algún lado. Miré nuevamente hacia arriba, al final del camino que me quedaba por recorrer y con terror lo hallé distante, la escala parecía haberse alargado. Comprobé con mis ojos asombrados cómo todo había perdido su tamaño. El cuadro que estaba colgado en la pared del descanso, al final del primer tramo de la escala, se encontraba tan lejos de mí que apenas si lo distinguía, la enorme maceta que lo acompañaba, con dificultad se dibujaba. Cada objeto se encontraba tan separado uno del otro que no lograba adivinar su talla exacta. Intenté gritar pero mi voz se perdió, no salió de mi boca. Con angustia pensé que el mundo se estaba escapando y yo iba a quedarme sola. Desistí de la intención de llegar al segundo piso y decidí salir, al fin y al cabo, la puerta debía hallarse a mi espalda puesto que no había podido pasar ni siquiera del punto inicial de mi llegada. Giré con la esperanza de ver la puerta pero ésta también se había alejado, escasamente podía adivinarla. Desesperada miré a todos lados pero ya no encontré límites, era como si todo se hubiese esfumado. Empecé a caminar en dirección hacia la que suponía debía ser la salida en medio de esa inmensidad pero no la encontré. La angustia me devoró. Corrí, corrí desesperada ¿hacia adelante?, corrí lo más rápido que pude, corrí sin detenerme sobre un piso que también sentí alejarse de mí. De repente ya no estuve tan segura de estar sobre tierra firme, más bien me pareció que volaba sobre una estela blanca, pero cómo saberlo si la luz ya no me mostraba nada y yo parecía no existir. Me detuve, era inútil seguir, mis ojos no encontraban ningún objeto al cual aferrarme, el mundo me había abandonado.

No sé cuánto tiempo transcurrió sin que sucediera nada, lo único cierto era la angustia que me carcomía. Cerré fuertemente los ojos con la esperanza que al abrirlos todo estuviera en su lugar. Imaginé, con morbosa delicia, cómo disfrutaría el ver de nuevo mis viejas cosas: el sofá de flores, la mesa que fielmente le hace compañía, la lámpara, los cuadros, el tapete… todo se me antojaba nuevo y hermoso en la imaginación, hasta el más simple, pequeño, raído, sucio, olvidado y feo de mis objetos; todo sería recibido por mí con la alegría de la primera vez, con la festividad del reencuentro; el mundo, pedazo a pedazo, sería recreado por mí. Abrí muy despacio los ojos con el propósito de prolongar el momento de enfrentarme a la verdad. Invariablemente todo seguía igual. Continuaba sola sin nada a mi alrededor, perdida en la claridad. Yo insistía sin embargo en arrancarle alguna forma al vacío pero el esfuerzo resultaba inútil. Tenía conciencia de ser pero mi cuerpo no estaba. Todo era vacío. Ni tiempo ni espacio, no había nada, excepto la certeza de estar y una insoportable sensación de eternidad.

Algo sucedió entonces. De repente, vi la puerta que antes no estaba, el cuadro, la escala, la maceta, todo reposaba otra vez en su sitio. Fue como si hubiese nacido por segunda vez. Quise subir de prisa al encuentro del mundo que creí perdido. Gané peldaño tras peldaño pero me tardé tanto en llagar al segundo piso que quedé exhausta. Con dificultad alcancé el sofá de flores y me acomodé sobre él. Eché una ojeada, todo estaba en orden, sin embargo al momento de agarrar un cigarrillo de la pitillera que permanecía sobre la mesa, debí realizar un gran esfuerzo, ¡estaba tan lejos! Fumé saboreando a plenitud cada pitazo que di, necesitaba descansar para poner mis ideas en orden. Algo había sucedido, el mundo parecía el mismo pero al momento de vivirlo se hacía esquivo. Tuve de nuevo la sensación de estar disminuida a pesar de encontrar que mi cuerpo, ahora, tenía la talla normal. Los objetos habían regresado pero de una manera distinta. Yo misma me sentía diferente. Las formas estaban de nuevo cerca de mí pero al tratar de tomarlas con mi mano, se hacían distantes.

A partir de ese momento, todo cambió en mi vida. Desde entonces cada día resultó para mí un combate feroz entre mi deseo y necesidad de permanecer, y el extraño empeño de la vida por excluirme de ella. Para ir a cualquier lado de la casa debía recorrer una distancia impensable, para agarrar un objeto o realizar cualquier movimiento me demoraba una eternidad. Hasta la más mínima y simple acción que pretendiera realizar demandaba de mí tanto esfuerzo que la fatiga me ganaba aun antes de comenzarla, cada acción me exigía un penoso trabajo. Era una tortura habitar en un mundo que se mostraba renuente a dejarse vivir.

No pude volver a salir de la casa. No intentaba ni imaginarme cómo haría para moverme en el amplio espacio del mundo exterior cuando en el estrecho en el que yo habitaba, me resultaba tan penoso hacerlo, por otra parte la situación empeoraba con correr del tiempo. El espacio se había dilatado tanto que hasta los pensamientos debían recorrer un largo camino para llegar completos y precipitarse a mi boca. Sin quererlo me vi obligada a aislarme de todos, perdí todo contacto con el mundo.

El único terreno ajeno a esta “nueva manera de existir”, fue el del sueño. Cualquier cosa que sucedía allí tenía la dimensión de lo real, sucedía con el ritmo normal. En los sueños, mi relación con el mundo era próxima y natural otra vez. La vida seguía su curso conocido. Mis pasos, mis pensamientos, mis acciones, los objetos… todo tenía el peso, la posición, el tamaño sabido. Los sueños se convirtieron para mí en el único escape posible, por terribles que fueran los prefería a ese vivir casi ausente.

Y fue precisamente, allí, en el último de mis sueños, en donde pude rescatarme de manera definitiva: regresé, no sé si por fuerza de mi deseo o por cuestión del azar, a la claridad absoluta, al momento exacto en que dejé de ser, en que no había nada, pero esta vez algo me envolvió y yo quedé instalada para siempre en este otro lado de la vida que se parece tanto a aquella otra que ya no extraño.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *