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El indeseado

Después de un largo silencio que ya nos dolía a todas, me aventuré a decir en voz alta lo que llevaba pensando por muchos años: bueno, y por qué en lugar de lamentarnos cada vez que él nos lastima y de repetir las mismas quejas de siempre, no pensamos en poner fin a esta situación.

Todas me miraron esperando que me explicara mejor. Hay que librarnos de su presencia y para siempre, dije sin vacilación.

¿Y cómo? Preguntó Ana.

En tono más confidencial les dije: de la única forma definitiva que puede hacerse.

Fue Elsa quien con voz nerviosa dijo, la única solución definitiva que conozco es…

La muerte, susurré yo. Esta idea no es nueva, continué hablando ante las caras estupefactas de mis dos hermanas, desde hace mucho la vengo pensando. Ustedes no saben de él muchas cosas que yo sé y probablemente yo no sé muchas que mamá calla. No es justo para ninguna de nosotras seguir soportando su presencia.

¿Estás loca? Interrumpió de nuevo Elsa, estamos hablando de un…

Sí, lo sé, corté yo, pero díganme ¿hay otra forma? Además…

Yo también… lo he pensado, dijo repentinamente Ana, pero…

Es horrible, yo no sería capaz, farfulló Elsa.

Yo tengo una idea pero necesito ayuda, dije en tono muy bajito.

¿Qué clase de ayuda?, preguntó Ana.

Ya les diré a su tiempo, concluí.

Yo no podría ayudarte sentenció Elsa.

¿Pero puedes apoyarnos y prometer no decirlo nunca a nadie? No tienes que hacer nada más, te lo juro, le respondí.

Claro que lo hará. Ella lo hará porque está tan hastiada como nosotras, ¿verdad Elsa? Agregó en tono suplicante Ana.

Elsa hizo un gesto afirmativo. Luego añadió, solo haré eso, callar, nada más.

De nuevo el silencio pero esta vez tenía un sabor diferente. Habíamos acabado de hacer un pacto. Cada una de nosotras tenía numerosos motivos para aceptar lo que yo proponía, y si no fuera suficiente con eso, estaban las razones de mamá y esas sí eran contundentes.

Nuestra casa se había convertido en un infierno y él era el demonio. Cada vez que llegaba a casa traía consigo el invierno. Su presencia hacía que la atmósfera pareciera más densa, el espacio se estrechara, las palabras se enredaran en la boca y nuestra respiración se hiciera fuerte y difícil.

Ante su presencia hablábamos lo estrictamente necesario. No nos permitíamos ningún atrevimiento, era como si todas nuestras voluntades se apagaran. Yo tenía la convicción de compartir con todas el anhelo que las horas corrieran a prisa para que el pretexto de la noche nos salvara de encontrarnos con sus ojos, con su voz, con su presencia, con su mano recia. Sólo a mamá le era negado este descanso. En ella sabíamos la angustia de la oscuridad pues la noche le significaba la reducción total de su espacio y el abandono de su cuerpo a la voluntad de otro que no le consultaba su deseo. Nosotras no necesitábamos palabras para saber lo que mamá sentía, sólo bastaba con mirar la angustia de sus ojos para comprenderlo todo.

Ana y yo fuimos evaluando y puliendo mi plan ante el silencio de Elsa. El asunto central, la forma, no era tan complicada, más o menos ya lo teníamos resuelto; dependíamos de la consecución de una droga a la que yo fácilmente, con un poco de astucia, podría tener acceso en el hospital. Lo que más nos inquietaba, era que el suceso resultara limpio, rápido y, sobre todo, ‘natural’. Además, estaba claro para nosotras que no podíamos cometer ningún error.

Ya estaba decidido que yo fuera quien le arreglara a él su desayuno ese día y que todas actuaríamos como siempre hasta que yo diera la voz de alarma. Yo no tenía miedo sino de ser descubierta por mamá antes de que pudiéramos lograr nuestro cometido pues estaba segura que ella a pesar de toda una vida de sufrimiento junto a él, jamás aprobaría nuestro plan, así que había que hacer las cosas muy bien y sin equivocación para que ella no sospechara nada.

Durante el velorio tuve mucho temor por mis hermanas, me preocupaba que Elsa no fuera capaz de cumplir su promesa de silencio y lo echara todo a perder. También tenía miedo de que nuestras miradas o cualquier gesto, alertara a alguien, que cualquier cosa nos delatara.

El sepelio fue mucho más largo de lo esperado, el tiempo parecía obstinado en deslizarse con una pereza exasperante. Me sentía en verdad extenuada, el día había resultado muy pesado y la excitación había sido muy fuerte sobre todo en el momento de espera en que el doctor emitiera su dictamen acerca de la causa de la defunción. El alivio sentido cuando éste resultó como esperábamos no disolvió por completo la ansiedad que me contenía, quería que el tiempo volara y todo esto que estaba ocurriendo fuera, lo más pronto posible, cosa del pasado.

Cuando por fin llegamos a casa después del entierro y tratábamos de hacer lo acordado: evitar cualquier comentario sobre lo que había pasado, no cruzar nuestras miradas y fingir con nuestro silencio un dolor por lo menos creíble, nos sorprendió la llamada de mamá a su cuarto. El pánico se apoderó de todas cuando la encontramos sentada sobre su cama con el frasco de la droga que yo había utilizado para el ‘plan’, y aunque su rostro no dejaba vislumbrar reproche o furia, yo sentí que todo se venía abajo, que en nuestro perfecto plan yo había cometido el peor de los errores, dejar al descubierto la evidencia mayor.

Mamá era una mujer bastante religiosa. Ella, igual que su mamá y su abuela y bisabuela y tatarabuela y… se sentía obligada a sobrellevar con resignación la vida que como mujer le había tocado. Ellas habían sido enseñadas a aguantar y a cargar en silencio la cruz del matrimonio. Ella, al igual que todas sus antecesoras, era capaz de soportar una vida oscura y de constante maltrato en obediencia a unas leyes divinas que le impedían cualquier manifestación de desacato. Ella tenía bien aprendido que su marido era quien ordenaba y disponía todo, era él la cabeza del hogar y su palabra era la última. Si ella había descubierto nuestro plan, de seguro que estábamos perdidas.

No había yo aún acabado de asimilar la situación y de fabricar en mi imaginación una excusa convincente y apropiada para explicar la presencia de ese frasco, cuando escuché su voz diciendo: “gracias a Dios que lo descubrí antes de que el médico pudiera verlo”.

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