El miedo rojo

El miedo ha sido utilizado, con bastante éxito, para cohibir, limitar, paralizar y someter a los seres humanos. Ha sido una herramienta muy eficaz para quienes tienen poder sobre otros en la medida que frena y muchas veces corta de raíz, cualquier iniciativa de transgresión al orden establecido.

Los gobiernos lo han usado como una estrategia para preservar el statu quo, para mantener neutralizada cualquier tentativa de cambio, por supuesto, en combinación con otras formas de coacción, todas las que se consideren necesarias para mantener el poder.

En esa dirección se creó lo que se llamó el miedo rojo, que no es más que una estrategia mediática utilizada por los estados capitalistas para combatir toda simpatía o posible adhesión del pueblo al socialismo-comunismo. Así “el fantasma del comunismo” del que hablaran Marx y Engels en su manifiesto, sirvió, como bien lo expresaron, para acusar toda oposición al poder, de comunista, es decir, de enemiga.

De este modo, para combatir cualquier germen, real o imaginario, de avance hacia este sistema en cada rincón del planeta, no solo se ha perseguido, condenado y eliminado toda oposición al poder, sino que se han fabricado una serie de mitos acerca de este poderoso enemigo del capitalismo, enemigo que puede llevarlo a su destrucción.

Tales mentiras, fabricadas consciente y pacientemente por los guardianes y defensores del capitalismo, aunadas al desconocimiento generalizado de la población sobre la ideología y experiencias del socialismo del siglo pasado, a la desinformación propagada por los medios de comunicación y por la historia oficial, y no puede negarse, a los errores cometidos en ambas revoluciones, la rusa y la china, magnificadas por sus enemigos, toda esta serie de conjunciones repito, ha generado una enorme resistencia popular al comunismo, es decir, ha creado y alimentado, el miedo rojo.

Ahora bien, al mismo tiempo que se despliega dicha estrategia de descrédito hacia el enemigo, el capitalismo se ha dedicado con igual empeño en inculcar en la gente, por todos los medios a su alcance: físicos e ideológicos, que este es el mejor sistema, es lo mejor que podemos tener, es el territorio de prosperidad y libertad en donde todos anhelamos vivir. Para decirlo en términos cristianos tan sencillos de entender, el capitalismo es el paraíso y el comunismo es el infierno.

Sin embargo, bastaría en ciertos casos, con un mínimo análisis de la realidad y de lo que el lenguaje dice, para evidenciar lo que verdaderamente se esconde detrás de todo el discurso anticomunista: el miedo de quienes detentan el poder, de perderlo; el miedo de quienes gozan de todos los privilegios, de perderlos; el miedo de sentir en carne propia lo que significa ser un paria, como los millones que hoy habitan esta tierra.

Empecemos por analizar mínimamente “el paraíso” en el que vivimos, la realidad en la que el capitalismo tiene hundido a millones de seres en el mundo: hambre por doquier (el número de personas que sufren hambre en todo el mundo alcanzó los 815 millones en 2016); explotación económica y sexual (más de 40 millones de personas en el mundo fueron víctimas de la esclavitud moderna en 2016, y de ellas, el 71 por ciento del total -casi 29 millones- son mujeres y niñas); desigualdad laboral y social de la mujer (el 60% de las personas que pasan hambre en el mundo de forma crónica son mujeres y niñas; sólo un 50% de las mujeres en edad de trabajar tienen un empleo, frente al 77% de los hombre); concentración de la riqueza en pocas manos (en el mundo el número de grandes fortunas aumentó un 7,5% y su riqueza un 8,8%, los datos más altos de la historia)… esto sin hablar de la tortura, humillación y desprecio al que viven sometidos millones de seres humanos.

Esta es apenas una muestra del sistema que nos dicen debemos defender contra el fantasma del comunismo. Pero claro, como la realidad no se puede esconder, nos mantienen seducidos y adormilados con la promesa que todo va a mejorar, que el progreso va a cobijarnos a todos, solo es cuestión de esperar con paciencia, apretarnos el cinturón y aguantar el chaparrón.

De otro lado, se nos asusta con el “infierno”: la “dictadura del proletariado”, donde todo es uniforme, aburrido, igual, la libertad brilla por su ausencia y la escasez abunda. Nos aterrorizan con eso como si en este momento no viviéramos en una dictadura, la de la burguesía, solo que mientras unos no camuflan sus intereses, no utilizan eufemismos para declarar lo que persiguen, los otros, los defensores de este sistema nunca afirmarán ni aceptarán que vivimos bajo una dictadura que está al servicio de quienes tienen el poder económico.

No nos engañemos, el Estado no es neutro, se pone siempre al servicio de una clase, de la clase que se halla en el poder: para ella legisla, para ella gobierna, de ella se alimenta, por ella se sostiene aunque en su discurso se afirme todo lo contrario. El Estado cuida y defiende los intereses del poder económico, es decir, de las empresas privadas, de las nacionales y las multinacionales; no se opone a su omnímodo poder, se arrodilla ante él y no hará nada que pueda menguar en algo sus intereses. Por lo tanto, aunque no se diga, aunque se niegue, estamos bajo la dictadura de la burguesía.

En fin, capitalismo y comunismo son dos sistemas económicos, políticos y sociales diametralmente opuestos y por ello es entendible su pelea pero mientras el primero maquilla su propósito e interés, el otro lo devela. He ahí una de sus diferencias, pequeña pero muy ilustrativa de lo que cada uno es.

Pero como vivimos en un mundo de apariencias y de hipocresía, preferimos no ver la realidad y creer ciegamente que aquello que nos muestran es lo que nos dicen que es y no una posible fachada que algo oculta; como aceptamos acríticamente todo lo que se nos enseña, no hacemos el esfuerzo por indagar bajo qué mentiras vivimos, qué hay de verdadero o falso en aquello que se repite, qué intereses hay detrás de aquello se hace en nombre de todos; como vivimos presos del miedo rojo, no intentamos cuestionar el sistema que impera y preferimos aceptar todo tal cual está que intentar vivir de otra manera.

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