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Hastío

En el umbral de la puerta se detuvo mi existencia.

Quiero despertar en un día que no sea mañana o en un cuerpo que no sea el mío o en medio de algo que me exima de ocuparme de “mi vida”; cualquier cosa que me lleve a olvidar que soy yo quien habita este cuerpo. Pero todo no es más que una ilusión. Sé, con pesada certidumbre, que mañana despertaré y mis ojos verán invariablemente el mismo paisaje de siempre; encontraré a mi lado un cuerpo que de tanto sufrirlo ya parece parte de mi misma; oiré, como todos los días desde hace veinte años, un sordo buenos días amor; caminaré sin ganas al cuarto de mis hijos y con el amor de madre que me aprisiona, levantaré sus ropas, organizaré sus cosas y luego prepararé su desayuno. Ellos, sin reparar en mí, saldrán como cada mañana tras sus sueños recién nacidos mientras yo me quedaré aquí recorriendo sin sorpresa cada uno de estos rincones que, de tan conocidos, podría describirlos con los ojos cerrados sin ninguna imprecisión.

Miraré mi rostro seco en el espejo y de nuevo me preguntaré dónde dejé mi sangre; hurgaré en vano en mi memoria tratando de hallar los rastros de mi pasión, las huellas de mis deseos, pero este esfuerzo será inútil porque me perderé en un laberinto de sucesos. Aceptaré entonces con la misma resignación con la que he vivido mi destino, que mis sueños se extraviaron no sé en qué momento exacto y en su lugar, como intrusos, se instalaron los de otros, los de él y los de ellos. Tal vez llore después, como tantas veces, ante la certeza de esta soledad sin remedio, ante esta sensación de no sentirme, ante este estar aquí sin mí. Mañana, como ayer y como ahora, me dolerá respirar.

Sin embargo, otra vez seré la esposa perfecta que cuida cada detalle de lo que su marido gusta para que cuando él regrese encuentre todo cómodo, agradable y sienta que soy la mejor mujer que pudo encontrar. De nuevo seré la madre amorosa que recibe a sus hijos con un beso, se interesa por sus historias y siempre está dispuesta para ellos. Otra vez esconderé mi rostro y mostraré una felicidad ajena; fingiré que con sus alegrías me basta, que sus triunfos me pertenecen, que su existencia es suficiente para llenar la mía.

El ritual de cada día se conservará intacto para que ellos no sospechen mi vacío, no sepan que empecé a desaparecer el mismo día que crucé esta puerta por primera vez; que mi alegría se apagó cuando de mi cuerpo brotaron las raíces que me plantaron para siempre en este espacio; que mis pensamientos se rindieron ante el penoso rodar de unos días invariablemente iguales. La vida continuará y ellos no sabrán nada. No se enterarán que para mí cada mañana es repetición forzosa de la anterior y de la que se aproxima. No sabrán que vivo en blanco y negro, que tengo memorizados los movimientos necesarios para resistir cada jornada, que sé exactamente qué gestos voy a usar y qué palabras caerán de mi boca. No podrán imaginar que desde hace mucho no tengo ganas ni emoción ni fuerza ni pasión. No presentirán que lo único que me queda es voluntad para cerrar ahora los ojos y valor para abrirlos mañana cuando, en el breve instante de cordura que aún me acompaña, me convierta otra vez en la que todos esperan que sea, incluida yo misma.

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