La mayor pandemia

Mucho se ha hablado, escrito, discutido, reflexionado e ilustrado sobre la pandemia hasta el punto que es difícil encontrar a alguien que no esté mínimamente informado sobre ella. Los gobiernos han dictado normas, tomado medidas drásticas, establecido alarmas y protocolos que deben cumplirse para hacerle frente. Gran parte de la población está aterrorizada, vive con miedo, ha acatado las medidas impuestas y procura cuidarse.

Esta pandemia ha significado para una inmensa mayoría el confinamiento total o por lo menos, fuertes restricciones de movilidad, aislamiento social, cambios obligados de los hábitos, reorganización de las rutinas, adopción de nuevas formas de relacionarse con los demás y con el entorno… lo que ha generado consecuencias tan terribles como pérdida de empleo, más pobreza, deterioro de la calidad de vida de los más pobres, hambre, mayor exclusión de aquellos que no están al día con las nuevas tecnologías…

Pues bien, tanto las medidas como las consecuencias de este fenómeno, no resultan nuevas para más de la mitad de la humanidad, para las mujeres. En efecto, desde hace miles de años ha existido un fenómeno social que se equipara a esta pandemia y a las que en el mundo han existido, la discriminación de la mujer.

Esta “pandemia social” ha azotado a la humanidad sin que se haya hecho nada radical al respecto. La discriminación de la mujer ha pasado en la historia sin que se haya lanzado ningún estado de alarma mundial por las consecuencias que ella causa en la sociedad. En ninguna época las autoridades han elaborado alertas amarillas, naranjas o rojas para indicar su peligrosidad y la urgencia de combatirla.

Las mujeres han soportado esta terrible pandemia que, como la que hoy nos ocupa, les ha significado a ellas exclusivamente, aislamiento social, confinamiento, adopción de hábitos y rutinas especiales, restricciones y en el peor de los casos, impedimento para su movilidad e integración a la sociedad, dificultad extrema para acceder a las instituciones y al uso de las tecnologías y adelantos creados en el devenir de la sociedad, barreras para ingresar al mundo laboral, obstáculos para ser admitidas en el mundo académico…

Todo esto que hoy nos parece tan terrible e insoportable, que definitivamente ha sido inaceptable para muchos al punto de no seguir las directrices que se marcan para evitar el contagio, que ha generado tantos escritos y ha puesto a la mayoría a reflexionar sobre la vida y el modo de vivirla, que ha significado el colapso para gran parte de la población, la más vulnerable, en muchas esferas, lo han padecido las mujeres a lo largo de milenios.

A las mujeres se les ha confinado al hogar como el espacio en el que están seguras, y hasta se han creado leyes para penalizar la violación a esta norma en algunas culturas; en otras, aunque de modo sutil, se las ha convencido (léase,obligado) a considerar el hogar como el espacio que les pertenece y del cual no deben salir. Se las ha aislado socialmente al prohibírseles el contacto con otras personas que no sean de su círculo familiar o de la aprobación de sus guardianes; se les ha negado el derecho a interactuar en los diferentes ámbitos de la sociedad.  Se les ha restringido la movilidad porque se ha determinado que hay espacios y lugares en los cuales una mujer no puede estar ni circular. Se les ha forzado a evitar el aprendizaje de materias que la cultura patriarcal ha determinado “no son de su competencia”, e incluso, se les ha privado de la educación más básica.

A las mujeres de todas las culturas se las ha controlado no solo en su movilidad y ámbitos de acción sino hasta en su forma de vestir, moverse y pensar. Se las ha despojado de su humanidad y se las ha convertido en objetos decorativos o herramientas de trabajo físico y de explotación sexual. Se han usado contra ellas todas las formas de violencia posibles para impedir que puedan intentar siquiera pensar sobre su propio estado y decidir sobre su propia vida.

Sí, la pandemia que han vivido las mujeres es mucho mayor, más antigua, más cruel, más virulenta que cualquiera otra que haya diezmado a la sociedad. Una pandemia que ha atacado a más de la mitad de la población mundial, que ha destrozado vidas, que ha enterrado miles de cadáveres y que de lejos, ha probado ser la más contagiosa y agresiva pues no solo se reproduce entre los varones, sino que a través de la educación, formal e informal, de los medios de comunicación, hoy de las redes sociales, y de la religión, ha contagiado a las propias mujeres, quienes en gran medida la han negado o la han aceptado como natural y hasta la han defendido.

La discriminación de la mujer, la idea que ella es un ser inferior, de segunda categoría, incapaz, limitada, estúpida y accesoria, ha generado mayor devastación y dolor que cualquiera otra pandemia en la humanidad.

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