La noche

Vienes a mí con tu sudor antiguo, con tus manos rocosas recién lavadas pero con tu boca caverna oscura y húmeda de moho, con el surco de la tierra dibujado en tu piel y con tu apuro y torpeza de siempre. Vienes a derramarte sobre mí de cualquier manera sin consultar mi deseo. Y luego te duermes mientras yo, anclada en la eternidad de mi soledad, te respiro, te sufro, te miro junto a mí pero sintiéndote tan lejos. Desmadejado, entregado a un sueño que siempre viene bruscamente a llevarte al único descaro para ti, para mí, que no tenemos nada más que nuestras manos para trabajar y nuestro cuerpo para resistir y nuestros ojos para llorar. Somos desgraciados al extremo pero yo llevo la delantera. Estoy cansada.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *