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Regreso

Despertó con la sensación de haber llegado de un viaje muy largo. Sentía el cansancio en todo su cuerpo, sus párpados se negaban a desperezarse del todo, con dificultad lograba abrirlos un poco. Pensó por un momento que hubiesen podido transcurrir muchos años entre la noche anterior y ese despertar. El tiempo no era igual en la vigilia y en el sueño. Él hubiera podido jurar que acababa de regresar de un sitio muy lejano en el tiempo y en el espacio. Miró el reloj despertador que apenas ahora se percataba, no dejaba de sonar. Mierda, dijo en voz alta, si estoy bien cogido de la tarde. Se levantó con prontitud a pesar de la pesadez que aún le acompañaba. Tomó un baño de esos que se hacen por cumplir la norma, se vistió y salió corriendo sin tomarse el tinto mañanero que tanta falta le hacía, tendría que esperar hasta llegar a la oficina. El día se mostraba sereno y el sol, que ya se había levantado, parecía también retardado porque el frío penetraba hondo su cuerpo. Se frotó los brazos y apuró el paso, el retraso no era insignificante y ya bastante problemas se había ganado por lo mismo. Estuvo tan concentrado en su andar que fue sólo después de recorrer varias cuadras cuando se percató de que la ciudad permanecía como en la noche. No había una sola alma en las calles. No había ruido, en realidad no había ninguna señal de vida. Miró su reloj pero no lo encontró, su muñeca estaba desnuda, había salido tan apurado que olvidó ponérselo. Pero no podía estar errado, según sus cálculos tendrían que ser cerca de las ocho y treinta, además el sol tampoco mentía, no era el amanecer, algo raro sucedía, la ciudad estaba desierta. Se detuvo, miró a su alrededor, el vacío era total, ni siquiera los incansables habitantes de la calle paseaban como era costumbre. Imaginó que tal vez estaba en un sueño: se pellizcó, se frotó con fuerza los ojos, agudizó sus sentidos, saltó, dijo su nombre, golpeó una puerta… Todo resultó inútil. Ninguna respuesta del exterior y en su mente una lucidez completa del momento. Se sintió desamparado y tembló de miedo. Su cabeza estaba confundida, los pensamientos se le agolparon, soltó entonces un grito ensordecedor pero no sucedió nada diferente al vacío, a un insoportable silencio. Comenzó a correr, no atinaba otra cosa qué hacer. Corrió en dirección a su oficina y tan pronto la alcanzó empezó a golpear la puerta con toda la furia que su temor le infundía. No halló respuesta, la ciudad estaba muerta, todas sus puertas y ventanas se encontraban cerradas. A pesar del sol brillante el frío empezó a hacerse más intenso y su mente a extraviarse más. Vencido, se dejó caer sobre su cuerpo y abrazándose a sus piernas se soltó en llanto. La humedad lo envolvió por entero. Se encogió lo más que pudo y cuando se hizo lo suficientemente pequeño, cerró los ojos con fuerza en un intento desesperado por anularse. Enseguida un desgarrón lo arrastró con violencia y ya sin fuerza, sin voluntad, sin pensamiento, sin esperanza, sin miedo, sin conciencia, sin nada, sintió que su existencia se diluía en un mar de luz.

Adentro, en un cuarto blanco, estrecho y claro, se escuchó una voz recia que repetía con indiferencia: es un varón, señora, acaba usted de dar a luz a un varón.

 

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