Salomé

Flaca, alta, negra y vieja. Adornaba su cara una boca amplia que escondía muy mal una hilera de dientes grandes y blancos. Generosa de risa y vibrante de amor hacia su Adán del alma, María Salomé Hinestrosa, se rompía el lomo trabajando como empleada doméstica en casa de blancos. Mientras con sus largas y huesudas manos se ocupaba de la cocina en la gran ciudad, su mente caminaba en busca de su marido a quien religiosamente le enviaba una carta amorosa cada mes, dictada por ella porque no sabía nada de letras, y escrita por mano ajena. Una carta que no contaba nada porque no había nada que contar pero en cuyo interior ponía casi todo el dinero que ganaba. Una carta de amor para no sentirse tan sola. Una carta de regalo para su único desvelo. Una carta adornada de flores y corazones que siempre terminaba con el mismo estribillo: se despide de ti tu esposa, María Salomé Hinestrosa. Solo dejaba unos pocos pesos para no andar pelada el día de salida como llamaba a su día de descanso. Los domingos, el único espacio del que era dueña, se vestía con sus ropas de colores encendidos, peinaba su cabello cano con diminutas trenzas rematadas con cauchitos vistosos y después de perfumarse, salía temprano a encontrarse con su Adán de la única manera que podía hacerlo: a través de los ecos que sus amigas le traían desde su terruño natal.

2 thoughts on “Salomé

    • Sí, conozco la canción. Es muy triste, como es triste la vida de muchas mujeres en el mundo. Esta sociedad ha sido muy discriminadora con los seres humanos que no pertenecen a la minoría selecta que tiene el poder.

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