Una sociedad de mierda

A la prostitución llegan las mujeres, en su mayoría, impulsadas por las necesidades económicas o por la coacción que sobre ellas ejercen quienes tienen el poder de hacerlo. No es cierto que ellas elijan esa vida porque les gusta, eso hace parte de la justificación que da la sociedad para tolerar su existencia.

Esas explicaciones burdas y sin sentido que apelan al gusto de las mujeres por el sexo de igual manera que por la violencia (a las mujeres les gusta que las traten mal, que les peguen), no son más que mitos creados para justificar la explotación y opresión de las mujeres.

En ambos casos, el de la prostitución y la violencia, lo que hay detrás de ellos es la vulnerabilidad, el miedo y la falta de oportunidades para salir de ambas situaciones. Por supuesto que existe el masoquismo como una patología que afecta a muchos seres humanos, pero esa es otra razón que no puede convertirse en la explicación de la persistencia de los dos fenómenos.

Tanto la violencia como la prostitución son el resultado lógico de una sociedad que subordinó la mujer a la voluntad del hombre.

Ahora bien, no hay que confundir la prostitución con la promiscuidad. Hay mujeres promiscuas, sí, pero eso no las hace prostitutas y sin embargo a aquellas también las desprecia la sociedad, a tal punto que las llama despectivamente putas, sin serlo.

Y es que la sexualidad femenina ha sido valorada socialmente con un rasero bastante estricto y particular: a la mujer se le condena cualquier iniciativa sexual, se le exige el ejercicio de su sexualidad con un solo compañero, se le cuida con gran celo su virginidad, se le priva de su libertad sexual. No pasa así con la sexualidad masculina.

Aclaremos: las prostitutas son aquellas mujeres que venden un servicio sexual por dinero y en casos extremos de pobreza, por comida. Al menos la mayoría, lo repito, lo hace por necesidad, porque no encuentran otra manera de sobrevivir, no porque les “encante” el sexo.

Ya lo he dicho antes en otras columnas, el sexo es placentero pero cuando hay condiciones para que lo sea y la prostitución no genera precisamente tales condiciones, entre otras cosas, porque la mujer que se vende está sometida a los términos de quien la compra, está para satisfacer los deseos del cliente, no los propios.

Por supuesto que existen mujeres que llegan a la prostitución por otras razones, porque quieren dinero rápido y una manera de obtenerlo es venderse al mejor postor. Modelos y actrices famosas, “niñas bien”, se prostituyen para obtener más dinero, más comodidad, más lujo. Aunque gozan de un estatus económico bueno quieren vivir en la opulencia, en el mundo de fantasía que la cultura ha creado.

Pero ese no es caso de la mayoría de mujeres, sobre todo de las que proceden de países pobres como el nuestro en los que la miseria lanza a millones a la prostitución y en los que el turismo sexual es uno de sus principales atractivos, lo que no es más que la oferta de explotación sexual de seres humanos para el solaz de los visitantes.

Por supuesto, la competencia de este lucrativo negocio ha llevado a que se ofrezcan paquetes cada vez más “completos” de diversión, lo que incluye además de sitios hermosos, droga, rumba y sexo. Por eso no resulta extraño a pesar de lo aberrante, que haya surgido una nueva manera de entretenimiento sexual llamado el “tour de la violación”.

En la búsqueda de lo exótico, fantástico e inimaginable para atraer a turistas extranjeros, se ha creado una pervertida y demoledora forma de ofrecer sexo: drogar a jóvenes sometidas a la prostitución, desde los 12 años en adelante, administrarles sustancias usadas para avivar en los animales el deseo de reproducción, y soltarlas en la madrugada en campo abierto para que los turistas salgan a perseguirlas y a accederlas sexualmente incluso entre varios.

Esta práctica que al parecer está siendo realizada en Cartagena por turistas israelíes principalmente, utiliza jovencitas prostituidas, las cuales son engañadas para lograr reunirlas en un sitio y prepararlas, sin que ellas lo sepan, para el tour.

El hecho además de escabroso, denigrante, infame, vejatorio, cruel al extremo, es una muestra de la degradación de la mujer en la sociedad, es una prueba fehaciente de que en esta cultura patriarcal, la mujer es solo un objeto a pesar de todos los discursos que lo niegan.

Lo peor de todo es que esas niñas y adolescentes lanzadas a la prostitución no le importan a nadie porque pertenecen a los sectores más deprimidos de la sociedad; hacen parte de los ninguneados, del ejército de reserva para la explotación; son la cloaca de una sociedad a la que no le duele que millones de seres en el mundo se les trate como mierda.

Una sociedad que permite se negocie con la necesidad y el daño de los más débiles, con el dolor ajeno, es no solo una sociedad asquerosa sino inviable.

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