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Después de tu partida la puerta jamás se volvió a abrir.

Tu mirada de hierro me congeló el corazón, pero cuando desempacaste tu sonrisa, se derritió por completo.

Mi día se hizo noche cuando me dijiste adiós.

Tu abrazo primero, pleno y sin tiempo, fue el mejor regalo que mediste tantos días de tu vida y de la mía.

Entendí lo que era estar enteramente rota cuando regresaste después de años de ausencia y me devolviste el único libro que te había regalado con una pequeña dedicatoria: un poema de amor hecho para ti.

 

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